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Regímenes

14/07/2020
Actualización 14/07/2020 - 11:16

Creo que podemos entender mejor lo que hoy vivimos si dividimos nuestra historia en cuatro épocas que podemos identificar con regímenes políticos distintos. El primero inicia con la Independencia, o más claramente con el gobierno de 1824, porque todavía Agustín I intentó mantener las instituciones previas, pero con él como soberano. Incapaces de llegar a un acuerdo acerca de cómo gobernarnos, tardamos más de cuarenta años en establecer el primer gobierno realmente nacional, una vez expulsados los franceses y fusilado Maximiliano.

El régimen Oaxaqueño-Sonorense, según yo lo veo, mantiene esencialmente las mismas instituciones, aún cuando la Constitución del 17 incorpora ideas sociales en un marco liberal proveniente de la Constitución del 57 y la hace contradictoria. No tenía mucha importancia, porque ni los oaxaqueños (Juárez y Díaz) ni los Sonorenses (Obregón y Calles) tenían mucho interés en el documento. Lo que priva es un sistema de hombres fuertes, subordinados al caudillo, empresas asociadas o permitidas por los políticos, una población esencialmente rural, producción primaria, y un proceso de industrialización vía sustitución de importaciones (como, entre otros, demostró Graciela Márquez, hoy secretaria de economía).

Aunque la Revolución que celebramos ocurre dentro de ese periodo, en realidad el régimen de la Revolución es posterior, creación de Lázaro Cárdenas. Con él, el PNR se convierte en un partido corporativo, conformado por sectores funcionales, se subordina al empresariado, y se establece el nacionalismo económico. El caudillo deja de existir para ser sustituido por el presidente, cuyo poder deriva de ese sistema corporativo, y lo limita sólo en la extensión del mandato. La gran concentración de poder eventualmente coincide con las limitaciones mentales y con un entorno externo desfavorable en los años setenta. La crisis final de ese régimen inicia en 1982, pero dura casi toda la década.

El régimen democrático realmente inicia en 1996, aunque los dolores del parto pueden fecharse desde 1988. En 1997, el presidente deja de tener poderes omnímodos, tiene enfrente una Corte autónoma, un Banco Central independiente, un Legislativo sin mayoría de su partido, y poco a poco, gobernadores que no se subordinan.

Observe usted que, con la salvedad del primer periodo, en todos los demás hay un proceso de construcción institucional que reemplaza las reglas no deseadas por quienes tienen el poder. Juárez logra imponer su Constitución (o más claramente, el sistema descrito arriba), Cárdenas hace realidad la de 1917, la clase política en pleno reconstruye el marco jurídico en la década de los noventa. En el primero, sin embargo, se destruye lo anterior sin acuerdo acerca del futuro, y desde 1828 hasta 1858 no hay presidente que logre cumplir su periodo completo, ni mucho menos gobernar.

No sé exactamente en qué pensaban los promotores de la cuarta transformación, pero imagino que con este breve (y por obligación, esquemático) recuento, resulta evidente lo que han logrado. Sin la crisis global de la pandemia, el proceso de destrucción pudo haber llevado años y ser imperceptible para la sociedad, como las ranas que hierven sin darse cuenta cómo se va calentando el agua. La crisis aceleró este proceso, y en lugar de un deterioro paulatino tenemos un derrumbe acelerado.

Más allá de la coprolalia matutina (ahora también vespertina), el país se nos ha ido entre las manos, como temía De la Madrid hace casi cuarenta años. No hablo a futuro. En este momento, no tenemos ya instituciones sobre las cuales funcionar. Sobrarán los que desprecien estas palabras, y aduzcan ristras de ejemplos, desde la Corte hasta el Banxico, desde el INE a los gobiernos estatales. Yo pregunto, ¿de verdad? ¿No es sólo la inercia lo que nos hace pensar eso?

Antes de quitar los pocos alfileres que quedan, pensemos desde ya en la reconstrucción. Seguimos mañana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.