Reglas y narrativa
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Reglas y narrativa

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Reglas y narrativa

14/08/2019

Entre economistas, existe el (casi) consenso de que las economías que son exitosas lo son porque tienen reglas adecuadas. El libro popular más conocido al respecto es el de Acemoglu y Robinson Por qué Fracasan los Países, cuyo primer capítulo es la comparación de dos Nogales, Sonora y Arizona. Con esa imagen, Acemoglu y Robinson convencen de que la diferencia en las reglas de los dos países es lo que explica su diferencia en desempeño: no la geografía ni las personas, ni nada más.

Los autores consideran que hay dos tipos de reglas que pueden aplicarse en una sociedad. Les llaman instituciones constructivas y extractivas. Las primeras facilitan el funcionamiento del mercado, limitando lo que sea necesario, mientras las segundas sirven para extraer rentas de la población, y no para que el mercado funcione. Para los economistas, una renta es un dinero que alguien recibe sin habérselo ganado. Una lista breve de esas instituciones extractivas lo hará más claro: corrupción, tráfico de influencias, información privilegiada, transferencias a sindicatos, etcétera.

La idea original de cómo estas reglas determinan el funcionamiento de la economía es de Douglass North, que elabora sobre ideas previas (de inicios de siglo) que no eran muy claras. Tampoco las de North lo son, y por eso el libro de Acemoglu y Robinson ha sido tan exitoso: sí logran construir un modelo explicativo razonable. Salvo por una cosa: ¿de dónde salen esas reglas? ¿Por qué unos países las pueden construir y otros no? Para avanzar en esta pregunta, escribí hace algunos años un libro llamado El Fin de la Confusión, en el que propongo algunas ideas (tomadas de otros autores), y en una segunda parte las pongo a prueba con la historia de todos los países que tienen una economía exitosa, y la de aquéllos que, pudiendo serlo, no lo han logrado.

La idea no es tan complicada. En su obra magna Orígenes del Orden Político, Francis Fukuyama concluye que todos los países que funcionan bien tienen un Estado fuerte, limitado por la ley, que responde a sus ciudadanos. Por otra parte, Deirdre McCloskey sugiere que la gran diferencia entre el éxito y el fracaso es si se apoya la creación de riqueza o el mantenimiento de privilegios.

Es decir: si la narrativa sobre la que la nación se identifica enfatiza los privilegios, no será posible limitar al Estado mediante la ley ni responder a los ciudadanos. Si ese Estado es fuerte, podrá construir reglas extractivas, y mantendrá a la economía en malas condiciones, pero aportando rentas para el grupo dominante. Si no es fuerte, entonces habrá diferentes grupos que construirán sus propias reglas extractivas para financiarse.

No sé si ya se imaginó usted a América Latina, o necesita más ayuda. Los países latinoamericanos suelen tener gobiernos débiles, salvo cuando son totalmente autoritarios (nada en medio). En el primer caso, proliferan los grupos rentistas, sean terratenientes, líderes locales, líderes obreros, crimen organizado, la Iglesia. Cada uno de ellos extrae rentas de la población, que vive en la miseria. Cuando hay un gobierno autoritario, subordina a todos esos grupos (algunos son absorbidos, otros destruidos), pero las rentas continúan.

El eje fundamental detrás del fracaso es que los privilegios son un valor fundamental entre latinoamericanos. Y no crea que por privilegios me refiero a un pequeño grupo, sino a una forma de vida. Cada uno se cree con derecho a “leyes privadas”, que eso es lo que significa privilegio. El que controla la calle para acomodar autos, la que hace fiestas en su departamento, el que tiene el poder del sello en una oficina pública, la que atiende la recepción.

Nuestra incapacidad de considerarnos todos iguales es lo que está detrás de nuestro fracaso. Es ese carácter antiliberal el gran problema latinoamericano. No es de izquierdas o derechas, pues.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.