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Se insiste

30/07/2019
Actualización 30/07/2019 - 8:45

Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México, se ha tomado en serio el tema de identificar cuándo hay una recesión. Ha promovido la creación de un comité para identificar este fenómeno, y fechar con claridad el inicio y el fin de los ciclos económicos. Es una excelente idea, y espero que pronto nos acostumbremos a esperar los boletines de ese comité y a no estar adivinando si hay o no recesión en México.

Como Heath ha insistido, la definición que utiliza la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos (NBER, por sus siglas en inglés), indica que “una recesión es una declinación significativa en la actividad económica a través de la economía, que dura más de unos pocos meses, y es normalmente visible en el PIB real, el ingreso real, empleo, actividad industrial y ventas al mayoreo y menudeo”. En México, por ejemplo, en los últimos meses hemos tenido una declinación en todos esos indicadores, pero no todos están en cifras negativas. Por lo mismo, puede argumentarse que hay desaceleración y no recesión. Y para eso exactamente sirve un comité de expertos. Enhorabuena.

Ahora bien, lo que hoy ocurre en México creo que puede tener otro nombre: descomposición. Ayer lo propuse, y explico por qué.

Durante los últimos nueve meses, la economía ha mostrado una caída constante, pero no al mismo ritmo en todos sus componentes. Hay sectores que muestran crecimiento en casi todos los meses, como los servicios financieros, inmobiliarios y de seguros, las manufacturas, los servicios de apoyo, o todo el sector terciario. El empleo ha caído en dos meses únicamente, diciembre y junio. Del otro lado del espectro, ventas al mayoreo y electricidad, gas y agua han caído en seis ocasiones, construcción en siete, y minería todo el tiempo.

Lo más interesante es que tenemos una contracción realmente seria en inversión, mientras que el gasto de gobierno y el consumo resisten, y exportaciones siguen funcionando. El resultado es un superávit comercial realmente impresionante, que no se había visto nunca. Gracias a ese comportamiento del sector externo, el PIB (cuyo dato adelantado se publica mañana) no cae tanto. Como ocurrió en el primer trimestre, es posible que tengamos un dato negativo en comparación con el trimestre anterior, pero positivo en crecimiento anual. En cualquier caso, serán unas décimas de punto porcentual en cualquier dirección.

En consecuencia, el valor agregado total de la economía, que eso es el PIB, estará estancado en el primer semestre del año, será más o menos igual al del primer semestre de 2018. A su interior, sin embargo, habrá cambiado de forma importante. Consumo privado y gasto público siguen más o menos igual (67 y 12 por ciento del PIB, respectivamente), pero inversión ha perdido un punto de participación, pasando de 20.5 a 19.5 por ciento del PIB. Ese punto faltante lo está cubriendo el sector externo, que ha pasado de un déficit de -0.6 por ciento a un superávit de 0.5 por ciento del PIB.

La caída de la inversión implica un menor crecimiento en el futuro, mientras que la aparición de un superávit comercial significa un menor nivel de bienestar de los mexicanos en general. Cuando tuvimos que colgarnos del mercado global, a inicios de los ochenta, lo hicimos precisamente porque la inversión se desplomó. Es decir, que lo que estamos logrando hoy es regresar a la crisis más seria que ha tenido México, la vivida entre 1982 y 1988 (afortunadamente, hoy sin inflación acelerada). Todo lo que se construyó después, para recuperar al país, se está perdiendo. En los términos del Presidente: se puede destruir el desarrollo con crecimiento cero, claro que sí.

No creo que haya otra palabra que describa mejor la situación actual: descomposición.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.