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26/06/2020
Actualización 26/06/2020 - 12:08

Hoy, usted ya habrá visto el dato del IGAE de abril y tal vez también la balanza comercial de mayo. Confirmará usted que estamos en la crisis económica más seria en un siglo. Al escribir esto, yo no tengo esa información, pero sí el detalle que nos ofrecen las encuestas de comercio y servicios que el Inegi publica mensualmente. Puedo deducir de ellas que el dato de IGAE que usted ha visto hoy trae una contracción de 22 o 23 por ciento, e incluso estimar rangos para varias de las actividades de servicios, pero no tiene mucha utilidad hacerlo. Prefiero darle algunas cifras que no se ven en el IGAE, y que sí pueden servir de algo.

Por el lado del comercio, las caídas en ingresos y gastos son de -20 por ciento en mayoreo y de -24 por ciento en menudeo, para el mes de abril. Ya en marzo había una pequeña caída en menudeo que no se había registrado antes. En mayoreo, las caídas tienen meses. Creo que debemos ser claros en que la contracción de la actividad económica de abril, mayo y junio no es atribuible, en su gran mayoría, al gobierno. Es una crisis global, producto de la necesidad de reducir contacto debido a la pandemia. Es cierto que hubo países que restringieron menos el movimiento, porque actuaron muy rápido y con los procedimientos adecuados, como Corea del Sur, Taiwan, Singapur o Japón, pero en Europa y América, lo más frecuente no fue eso. Digamos que aquí se hizo lo mismo que en el resto de occidente, y eso no necesariamente debemos achacarlo al gobierno.

Sin embargo, el punto de arranque de la caída sí es culpa de López Obrador. Durante 2019 la actividad económica en México se fue reduciendo, y no poco. Sin los errores del primer año de gobierno, hoy tendríamos 5 por ciento más actividad en comercio al mayoreo, y 6 por ciento más en comercio al menudeo.

La caída de la economía, iniciada con la cancelación del aeropuerto, y hasta febrero pasado, tiene un costo en todos los servicios. En comunicaciones y transportes es de 1.5 por ciento, en servicios inmobiliarios, de 2.7 por ciento; en servicios profesionales, de 4.6 por ciento; en educación y salud, de 2.7 por ciento; en esparcimiento, de 14 por ciento, y en turismo de 2 por ciento.

Dicho de otra forma, todas estas actividades pudieron haber iniciado la caída propia de la pandemia en una mejor situación, con lo que su situación actual sería claramente menos mala. Entonces, si bien es cierto que el confinamiento tiene un costo, éste no ocurre de forma aislada. La preparación cuenta, y la nuestra no existió.

Ahora bien, la recuperación posterior al confinamiento también puede ser diferente, dependiendo de lo que se haga o deje de hacer. Como ya hemos comentado en otras ocasiones, prácticamente todos los gobiernos de los países occidentales arrancaron programas de contención para impedir una caída demasiado profunda, y están ahora moviéndose hacia programas de recuperación. Nosotros no hicimos ninguno de los dos. Se dejó pasar el golpe completo, con lo que las empresas han sido las que han recibido todo el impacto. Muchas han hecho esfuerzos por mantener su planta laboral, o por lograr acuerdos con acreedores, pero no todas tienen éxito. La quiebra de una empresa significa sueldos que ya no se pagarán, deudas que no podrán cubrirse, y la onda expansiva será muy difícil de detener. Aunque la crisis sea global, el mal punto de arranque y el peor proceso de salida sí son atribuibles a un gobierno deficiente.

Eso será evidente a partir de julio, cuando otros países empiecen a mostrar cifras positivas, y nosotros no podamos hacerlo. Acá seguiremos con decálogos y mentiras mañaneras.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.