Soluciones razonables
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Soluciones razonables

23/06/2020
Actualización 23/06/2020 - 11:32

El día de ayer, López Obrador volvió a criticar al INE, en su opinión un organismo muy costoso. Ya lo había hecho en otras ocasiones, pero en el contexto de recortes presupuestales, liquidación de fideicomisos y órganos autónomos, la queja es más preocupante.

No está de más recordar que López Obrador sólo ha reconocido elecciones en las que ha ganado. Cuando pierde, siempre alega fraude, e incluso en 2006 logró construir un mito que sus seguidores creen a pie juntillas, aunque jamás haya ofrecido prueba alguna de sus dichos. No se quejó de la elección de 2000, cuando ganó la jefatura de gobierno del DF, aunque uno de los candidatos compitió sin estar calificado para ello, por no cumplir el requisito de residencia: él mismo. Tampoco le pareció extraño que los votos por él fuesen notoriamente más copiosos que los obtenidos por su alianza para asambleístas y delegados, como entonces se llamaban.

López Obrador jamás ha sido un demócrata, sino un populista. Ahora les ha dado por llamar a estos líderes 'demócratas iliberales', porque les gustan los votos, pero no las reglas. De ahí su proclividad a votaciones a mano alzada, o a consultas sin padrón ni vigilancia. Lo que le gusta es la aclamación, el poder, no el cumplimiento de leyes y reglas, que siempre le han parecido estorbosas.

Como en muchas ocasiones (todas, con la excepción de 2018), no cuenta con la mayoría de los votantes. Su caída en popularidad es consistente, y ya está por debajo de la mitad. Puesto que no existe un polo opositor que concentre a todos los que no lo quieren, le gustaría que la elección de 2021 fuese acerca de él. Sabe que sin su nombre en la boleta, su coalición no tendrá fácil el triunfo. Hace un par de semanas volvió a intentar que se unificara la revocación de mandato con la elección intermedia, pero ya no puede modificarse la ley. Tratará de hacerlo de forma indirecta, y por eso ha iniciado ya su campaña, que incluye, de ser posible, la desaparición del INE, o al menos su descalificación.

Incluso anunció ayer que será guardián de las elecciones, una declaración que habría sido inaceptable para cualquiera de los últimos cuatro presidentes. Lo es también en su caso, salvo para sus fanáticos seguidores.

Hace unos días comentamos que su triunfo fue abrumador, legítimo y democrático, pero su gobierno es un fracaso también abrumador. En democracia, esto se corrige votando por otras personas y organizaciones políticas. Pero si la democracia deja de funcionar, entonces terminan las soluciones razonables.

Durante la mayor parte del siglo XX, México fue gobernado por un partido que realizaba elecciones regularmente, pero rara vez perdía una posición. Una combinación de recursos públicos, alianzas extralegales y control de los votos impedía que la población pudiera decidir quién debía gobernarlos. Terminar con ese sistema nos costó un cuarto de siglo. En pocos meses, parece que ese sistema autoritario regresa. Por eso los recursos públicos utilizados mediante becas y 'censo del bienestar'; por eso las alianzas extralegales (con CNTE-SNTE, por ejemplo); por eso el ofrecimiento de ser el guardián del voto y por eso el ataque creciente al INE.

Nunca, desde que dejamos atrás ese sistema autoritario, una reforma electoral ha provenido del gobierno. Incluso la reforma de 1996, determinante para la democracia, fue producto de la negociación y respondió a las propuestas de la oposición. López Obrador participó en ese proceso.

Si las reglas cambian para favorecer al grupo que hoy está en el poder, si se debilita al INE o se usan recursos públicos, entonces habrá terminado la posibilidad de tener soluciones razonables.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.