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Un ejemplo

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Un ejemplo

10/08/2020

Como usted sabe, la crisis económica originada por la pandemia tiene la particularidad de asestar simultáneamente un choque de oferta y uno de demanda. En eso, es diferente de muchas otras crisis que hemos conocido en el pasado. Para comprender mejor lo que esto significa, permítame utilizar el ejemplo de las escuelas, que hoy enfrentan una situación muy complicada.

Una escuela ofrece al menos cuatro tipos de servicios a sus estudiantes: educación, instalaciones, conexiones y marca. Decimos educación, pero mientras más avanzado es el nivel de estudios, se trata más de instrucción, aunque no siempre se hace la diferencia entre ambas. Este servicio tiene una calidad diferente por escuela, que no es fácil medir. En instalaciones, hay desde los salones de clase hasta las canchas deportivas, pasando por auditorio, cómputo y otras cosas. Las conexiones (ahora le llaman networking) son un elemento determinante para muchas familias, que apuestan más a eso que a la educación en sí misma, y finalmente la marca, que es una señal al mercado de la calidad potencial del estudiante. Valen diferente distintas escuelas, colegios o universidades para diferentes públicos.

Este conjunto de servicios se ofrece contra un precio, que es pagado por el estudiante o su familia (o el gobierno, si es 'educación pública'). La educación es un bien de los que antes se llamaban 'superiores', lo que significa que las personas gastan proporcionalmente más en ellas conforme su ingreso crece. Por lo mismo, en una economía que se contrae, éste será uno de los bienes cuya demanda caerá más rápidamente.

La pandemia no permite tener clases presenciales en muchas partes del mundo, y en algunas se permite con un distanciamiento de por medio (complicado de aplicar en la vida real). Esto significa que una parte de los servicios ofrecidos no puede otorgarse, aunque se quiera. Esto golpea especialmente las instalaciones, un poco menos a las conexiones, todavía menos a la educación, y tal vez no se note en la marca. Sin embargo, el costo para la escuela no se reduce, sino al contrario. Las instalaciones siguen ahí, y tienen un costo que no baja. Más aún, hay que ampliarlas, ofreciendo una plataforma remota que tiene un costo. Mantener la calidad de la educación exige un esfuerzo adicional de los maestros, que además requieren preparación especial, adquirir software y tal vez incluso hardware, gastar en conexión a internet y mayor consumo de electricidad. En suma: el costo para la escuela es mayor con la pandemia, aunque una parte de este costo se traslade a los maestros.

Sin embargo, los servicios recibidos por los estudiantes se han reducido, como veíamos, de forma que el precio anterior les parece elevado, ya no digamos lo que pensarían de un incremento. Por otra parte, los estudiantes y sus familias tienen menos ingresos, y habrá un intento natural a reducir el gasto en educación.

Observe usted el golpe doble: los estudiantes piden pagar menos, porque reciben menos servicios; las escuelas quisieran cobrar más, porque sus costos se han incrementado; los maestros tienen la amenaza de reducción de ingreso y al mismo tiempo la presión de un mayor esfuerzo para adaptarse a la nueva tecnología. En todas partes se experimentan soluciones: reducción de colegiaturas, programas especiales para los maestros, pero al final no hay mucho qué hacer, salvo distribuir la pérdida.

Porque eso es lo que ocurre: una pérdida en el sistema completo. Ya sea que se cobre menos, o se pague menos a los maestros, o se pierda parte de los servicios, el resultado final es: menos valor agregado en los servicios educativos. Eso es exactamente lo que mide el PIB. Note ahora que cualquier decisión que se tome tendrá un efecto para todo el ciclo escolar, que no podrá ser normal hasta, al menos, el verano próximo. No sé si esto le ayude a imaginar mejor lo que estamos enfrentando en todos los sectores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.