Utopías, siempre utopías
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Utopías, siempre utopías

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Utopías, siempre utopías

22/06/2020
Actualización 22/06/2020 - 13:18

Los seres humanos no están hechos para vivir en grupos demasiado grandes. Cuando se vive en grupo y se colabora para conseguir comida y defenderse, se corre el riesgo de que alguno no haga su parte, pero coseche de lo que hacen los demás. Un gorrón o, como le dicen en inglés, free rider. Peor todavía puede existir un miembro del grupo que no sólo no coopera, sino que extrae recursos de los demás, un matón o bully. Identificar al gorrón y al matón se convierte en algo determinante para que el grupo sobreviva.

Pero nuestra capacidad de recordar nuestra historia común con otras personas, necesaria para ello, es limitada. Se ha estimado que el límite es de 150 personas, pero es más frecuente que esté por debajo de cien.

Es por eso que la mayor parte de nuestra historia como especie, tal vez de 300 mil años, la pasamos viviendo en grupos muy pequeños, y fue sólo hace 15 mil que empezamos a vivir en grupos un poco mayores, que se establecieron en un lugar fijo, observaron el ciclo de vida de plantas y animales, y hace cosa de 12 mil años empezaron a domesticarlos. Los grupos humanos fueron creciendo, haciendo uso de una solución muy especial al problema del gorrón y el matón: la invención de entes sobrenaturales que vigilaban y castigaban. A eso llamamos religión. Hasta hace 500 años, todas nuestras sociedades dependieron de esos cuentos para existir.

En estos últimos cinco siglos, 0.15 por ciento de nuestra existencia, hemos intentado construir algo diferente: grandes grupos que viven juntos sin depender de una narración sobrenatural. El problema con esto es que elimina la sensación de consuelo y trascendencia, y por lo mismo nos causa angustia. Aunque esa angustia es diferente para cada persona, llega un momento en que ha crecido tanto que la sociedad entera deja de creer en lo conocido, y busca el regreso a la comunidad.

Las utopías son esos intentos de construir una comunidad con miles o millones de individuos. Es algo imposible, y por eso se llaman utopías, no tienen posibilidad de existir. Sin embargo, insistimos en ellas. La comunidad imaginaria se construye alrededor de ideas religiosas (como en el siglo XVI), del regreso a la naturaleza y el buen salvaje (como en el siglo XVIII), del Estado (como en el siglo XX), o de grupos definidos por características de identidad, como está ocurriendo hoy.

La comunidad se define en contra del resto del mundo (tiene la religión verdadera, la clase social adecuada o el color de piel correcto). Se consolida construyendo mantras y rituales, comportamientos y vestimentas. Bajo ciertas condiciones, es posible que funcione unos años, pero pronto enfrenta un problema grave: la pobreza. En una comunidad “cada quien aporta según su capacidad y recibe según su necesidad”, de forma que se suprime el intercambio, que es la fuente única de generación de riqueza. Sin intercambio, ni el trabajo ni la producción tienen sentido. La comunidad trae consigo pobreza, y conforme los miembros dudan del éxito de la utopía, se acompaña de autoritarismo.

Todas las utopías que hemos creado los humanos, y las que logremos crear en el futuro, tendrán exactamente el mismo fin: pobreza, violencia y autoritarismo. Podemos construir sociedades de individuos con mecanismos que impidan abusos, que fomenten la justicia, que impulsen el desarrollo de sus miembros. Pero no podemos construir comunidades que funcionen, a menos que las mantengamos en esos cien miembros que podemos recordar.

En noviembre pasado comentamos estas mismas ideas, pero los estallidos de violencia e ignorancia con motivo del asesinato de George Floyd me convencieron de repetirlas. Y ampliarlas un poco en próximos días, si la coyuntura lo permite.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.