Utopías y tragedias
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Utopías y tragedias

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Utopías y tragedias

13/11/2019
Actualización 13/11/2019 - 3:29

Los seres humanos somos animales sociales. Necesitamos pertenecer a un grupo (o a varios). Las formas de relación que podemos tener entre nosotros pueden clasificarse en cuatro grupos, como lo ha hecho Alan Fiske.

Podemos tener relaciones de comunidad, en las que cada quien aporta y toma, según puede y necesita. Es lo que tenemos al interior de la familia o con amigos cercanos. Podemos establecer relaciones de igualdad, donde cada uno tiene derecho exactamente a lo mismo, como ocurre cuando votamos: una persona, un voto. Podemos relacionarnos mediante el intercambio, que exige un acuerdo entre las dos partes. Finalmente, podemos tener relaciones de autoridad, donde uno manda y otros obedecen.

Diversos ámbitos de la vida social son compatibles con estas cuatro formas de relación. Más aún, en distintos momentos de la historia, las esferas sobre las cuales rigen las formas de relación pueden ser diferentes. Por ejemplo, la idea de que todos tenemos derecho a educación y salud es algo muy reciente.

Sin embargo, cuando intentamos imponer un cierto tipo de relación de forma arbitraria, podemos tener problemas serios. Por ejemplo, si a usted lo invitan a cenar, es posible que lleve una botella de vino o una canasta de fruta, y será bien recibido. Si, en cambio, decide llevar 500 pesos, que son el equivalente al vino o a la fruta, no le auguro mucho éxito. Pagar por una relación que debía ser de comunidad es un insulto. Y lo mismo ocurre cuando queremos convertir una relación de igualdad, como el voto, en una de intercambio, vía el clientelismo. Son cosas que no deben pasar, y que moralmente son reprobables.

Sin embargo, es frecuente que intentemos sustituir las relaciones de intercambio (el mercado) por la comunidad (de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad, reza la frase de Pablo, después adoptada por el comunismo). Esta invasión de esferas de relación es un problema doble. Por un lado, impide la generación de riqueza; por otro, al no funcionar, pronto se transforma en un asunto de autoridad.

La riqueza, a diferencia de lo que muchos creen, no se crea mediante el trabajo o la producción, sino mediante el intercambio. Cuando las relaciones de intercambio ocurren sin estorbos y limitaciones, el que compra obtiene algo que para él vale más que el dinero que está pagando (si no, no compraría), mientras que la que vende obtiene más dinero de lo que para ella vale la cosa que vende (si no, no vendería). Es decir, ambos terminan mejor después del intercambio. Ahí es donde el trabajo y la producción tienen sentido, cuando alguien está dispuesto a comprar.

Si una sociedad decide terminar con las relaciones de intercambio, para convertirlas en relaciones de comunidad, la generación de riqueza desaparece. Usted no obtiene más de lo que tenía. Muy rápidamente, la sociedad empieza a vivir en pobreza y, por lo mismo, en descontento.

Cuando eso ocurre, quien impuso las relaciones de comunidad no tiene más remedio que transformarlas en relaciones de autoridad. Las personas tienen que aceptar lo que se les ofrece, y no hay más. Por eso las comunidades religiosas, cuando crecen, terminan siendo sistemas profundamente autoritarios, y lo mismo los intentos comunistas (todos). Y por eso los populistas no tienen más remedio que convertirse en dictadores.

Este fenómeno no ocurrió sólo con el comunismo. Ha ocurrido con todos los intentos comunitaristas que se han impulsado en la historia. Y ocurrirá con todos los que se experimenten en el futuro. Como lo decíamos ayer, es una fatalidad biológica: no estamos hechos para vivir en comunidades de más de un centenar de personas. Seguimos con esto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.