Hace un par de días, a través de mi cuenta de Twitter @mjmolano, compartí una idea. Abolir el servicio social, de cualquier carrera, y sustituirlo por una pasantía profesional pagada. El comentario es mi trino más popular. Ha tenido más respuestas y comentarios que el número de seguidores que tengo en la cuenta.
Mi comentario tuvo respuestas positivas, pero también gente enojada. La narrativa (que según me cuentan fue instaurada desde los gobiernos posrevolucionarios) es que “el profesional tiene que retribuir a la sociedad algo de lo que ésta le dio”. Yo difiero. Aun si fue a una universidad pública, alguien pagó el costo de oportunidad de esa educación, con impuestos. El salario para esa persona, si se hubiera empleado en cualquier cosa que requiera educación preparatoria o técnica, en lugar de estudiar una carrera profesional, no es cero. Además, en la educación técnica también les requieren servicio social. En la óptica de este columnista, el servicio voluntario es loable, pero cuando te obligan a hacerlo, y sin remuneración, es coerción. Es esclavitud, y esa está abolida desde las guerras de Independencia, aunque las reformas constitucionales recientes lo hayan borrado de nuestra Carta Magna.
Ciertamente, el servicio social tiene ‘trinando’ de coraje y en Twitter y cualquier medio que los escuche, a los profesionales médicos. El reciente asesinato del médico (o pasante de medicina) y practicante en servicio social de la Universidad Autónoma de Durango, Erick Andrade Ramírez, en el hospital del municipio de Pueblo Nuevo, Durango, es algo que ha indignado a la comunidad médica, y francamente, que debería indignar a todo el país. No es posible que el Estado no pueda garantizar la seguridad de un joven de 24 años que está cumpliendo con sus obligaciones legales para graduarse como médico. Ciertamente, esto es un problema que no tiene que ver con el servicio social; tiene que ver con la inseguridad en México. También es cierto que no podemos esperar que el sistema de salud se sostenga en profesionales jóvenes, sin experiencia, no pagados, que llegan a lugares precarios y no tienen los elementos para resolver los problemas de salud de la comunidad.
El perfil de morbilidad de los mexicanos cambió. Cuando el papá de mi madre mexicana, mi abuelo adoptivo, hacía su servicio social en Tequila, Jalisco, recomendaba lavado de manos y hervir el agua, porque en esos años (probablemente los 40 del siglo pasado) el problema prevalente de salud en Tequila eran enfermedades gastrointestinales causadas por parásitos. Un pasante de medicina, con poca supervisión (los médicos locales en pequeñas comunidades no son la octava maravilla), sin recursos, no va a poder atender a un paciente que llegue infartándose, o con un cuadro agravado de Covid. Esto causará frustración en el joven médico y en la comunidad, y es posible que eso resulte en casos de violencia.
Para ese problema hay varias soluciones; telemedicina, mejor planeación financiera en el sistema de salud, esquemas de aseguramiento médico robustos y seguridad pública en lugares como Pueblo Nuevo, Durango. Tema complejo, multifactorial, y donde intervienen muchas agencias del Estado y mucha gente que podría diseñar políticas públicas adecuadas.
Sin embargo, creo que el problema va más allá. Un pequeño contrato de esclavitud, por 480 horas, o 300, o las que sean; por tres meses, por seis o por un año, es una ventana para todo tipo de abusos.
A mí me tocó un gran servicio social. De hecho, al mismo tiempo que lo hacía, apareció un empleo para mí en la institución en donde trabajaba, mi primer empleo remunerado afuera del ámbito familiar. Sin embargo, mi experiencia, de niño fresa del ITAM, probablemente no es la de la mayoría de los mexicanos.
El servicio social se presta a todo tipo de abusos. No es posible que los médicos en servicio social, o pasantes, o practicantes, o como les llamen en el argot hospitalario, pasen 36 horas continuas trabajando sin dormir. Entiendo que la profesión médica es excepcionalmente demandante, pero creo que todos los trabajos, sin importar qué tan complejos sean, requieren reglas mínimas.
Las pasantías pagadas son mejor opción. Las mejores pasantías, que den más dinero y aprendizaje, probablemente tendrán más demanda. Eso ayuda a formar la meritocracia profesional. Que el Estado ponga a disposición esclavos de quienes organizan producción, es inhumano y antiliberal. No debemos permitirlo.