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Aguas

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Aguas

17/09/2020
Actualización 17/09/2020 - 14:03

"Donde no corre el agua, corre la sangre". Frase atribuida al Prof. Carlos Hank González .

En los años de la presidencia del licenciado Carlos Salinas de Gortari, cuentan que eso le dijo el profesor Hank al presidente Salinas para no hacer reformas sustanciales al sector agua en México.

Esta frase es parte de un gran mito popular: que las próximas guerras serán por el agua. No tiene que ser así, siempre y cuando haya mecanismos para manejar su escasez. Los mexicanos estamos dispuestos a pagar cientos, a veces miles de pesos mensuales por nuestra línea celular, pero no estamos dispuestos a pagar por el agua. Esta columna considera que el mercado puede ser el mejor mecanismo para resolver los problemas de escasez. ¿Por qué el mercado asigna adecuadamente recursos escasos, como el espectro radioeléctrico o el suelo, y no el agua?

El agua es de la nación, de acuerdo con el párrafo primero del artículo 27 constitucional. "... la cual ha tenido y tiene el derecho de transmitir el dominio de ellas a los particulares, constituyendo la propiedad privada". El párrafo sexto del 27 constitucional dice: "Toda persona tiene derecho al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible...".

Sin embargo, la tierra parece ser más privada que el agua. La nación somos todos; los dueños de una casa, solamente quienes aparecen en la escritura. El agua agrícola la concesiona el Estado (art. 82 de la Ley de Aguas Nacionales). El agua no es enajenable. Un agricultor no puede venderla a la ciudad o industria más cercana, si así le conviniera.

El precio del agua de consumo humano lo definen los congresos estatales, quienes, por razones políticas, raramente los suben. Los organismos de cuenca tienen una lógica muy extraña respecto a la apropiación y repartición. Donde beben dos beben tres, y así sucesivamente. Hemos explotado agua fósil para convertirla en agua superficial. Cada vez cavamos pozos más profundos. En consecuencia, el recurso que ya era escaso, lo es mucho más ahora.

El argumento hankiano orilla al sector a la pobreza. Es muy difícil cortarle el servicio a un consumidor urbano moroso, y es muy complicado hacer que un grupo de agricultores la aprovechen de manera mucho más eficiente.

El agua no se acaba. Lo que escasea es nuestra capacidad para limpiarla y devolverla a los ecosistemas o a los depósitos subterráneos, en condiciones similares a como la recibimos. La Ciudad de México, por ejemplo, necesita que le inyectemos agua al subsuelo. La infraestructura es escasa, y nuestras leyes prohíben transportarla de una cuenca a otra, cosa que la atmósfera hace de manera aleatoria pero muy eficiente. China hoy bombardea nubes con iones para provocar lluvias artificiales, con una tecnología llamada pluvicultura.

El Imco produce dos variables sobre agua en el índice de competitividad estatal, tanto urbana como agrícola. En el caso del agua agrícola, Chihuahua es el estado número dos a nivel nacional. El sector primario de Chihuahua factura 9.1 millones por metro cúbico de agua utilizada, contra 2.7 millones en Nuevo León, o 5.8 millones en Oaxaca.

Aún así, los agricultores de Delicias y otras zonas de Chihuahua están sujetos a los pagos de agua que tienen que hacerse a Estados Unidos, de acuerdo con el tratado de 1944. Dado que no hay más opciones para la región, los agricultores están dispuestos a defender el agua mediante la violencia.

En Israel convirtieron desierto en vergel haciendo inversiones en sistemas de riego por goteo. La empresa que desarrolló esa tecnología, Netafim, hoy es propiedad del consorcio mexicano Mexichem. Sin embargo, para hacer esas inversiones, el precio del agua tiene que ser suficiente para justificarlas. De otra forma, el esfuerzo de agricultores, empresas y personas estará en pagar lo menos posible por la mayor cantidad de líquido posible. Corrupción y activismo privarán por encima de tecnología y ciencia.

Estos problemas se acumulan en el tiempo, y la escasez se vuelve crónica. Por eso, México debe reformar los derechos de propiedad y los mecanismos de precio del agua. Tenemos que elevar la competitividad de uso del agua agrícola, e invertir en goteros y en sembrar nubes. Los tratados pueden renegociarse, y se debe dialogar con los agricultores. Si no hay un mercado para esa molécula simple, de dos hidrógenos y un oxígeno, Hank fue profeta: donde no corre el agua corre la sangre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.