Dinero bueno al malo
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Dinero bueno al malo

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Dinero bueno al malo

22/07/2020
Actualización 22/07/2020 - 14:05

"Debes saber qué tienes, y por qué lo tienes". - Peter Lynch, inversionista . Manuel J. Molano

El 3 de noviembre de 2018, en medio de la cancelación del NAIM-Texcoco, la periodista Adela Micha entrevistó al titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), Javier Jiménez Espriú. En esa plática, el funcionario dijo que los costos de mantenimiento del NAIM-Texcoco serían muy altos, y continuar la obra significaba "echarle dinero bueno al malo".

Los números del secretario para este dicho nunca se hicieron públicos. Dudo que fueran correctos. Sin embargo, la noción de que hay negocios que no se pueden rescatar es, valga la redundancia, bastante rescatable. Cuando la discusión es de números, no hay necedades, y siempre sale el error de enfoque, o aritmético, o el mejor modelo financiero que cierra la discusión. La economía, ese oficio menor que el presidente dice despreciar, es finalmente el descarte entre opciones indeseables, para eliminar la menos mala relativa a otras opciones.

En estos días en que se revela que a un número de hectáreas necesarias para construir Santa Lucía les salió dueño, me acordé de otra entrevista que tuvimos con él y algunas colegas del Imco en 2018. Un hombre amabilísimo. Sin embargo, los argumentos para cancelar Texcoco eran como del mundo al revés. Que México no necesitaba otro aeropuerto, que ningún país se deshacía de un aeropuerto para construir otro, que había que apostarle a la descentralización de la Ciudad de México, pero a la vez que el Benito Juárez podría ser un aeropuerto central como el de la City of London, que a juicio de Ferrando, el director del Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México, es un aeropuerto ideal. Al final, insistieron en que la obra estaba plagada de corrupción. Jamás nos dijo que era echarle dinero bueno al malo, como se lo dijo a Adela. (paréntesis musical).

Me dio coraje que anduvieran renunciando a ese hombre gentil, quien nos recibió en sus oficinas del sur de la CDMX. Me dio la impresión de ser alguien bueno, que le estaba robando tiempo a sus nietos para atender un encargo presidencial. También me dio rabia que el refrán sobre el dinero bueno y malo no permeara en el gobierno. Muchos analistas de respeto -Enrique Cárdenas, Raúl Feliz, Leo Zuckermann- lo usaron para hablar de Pemex en los últimos dos años. Aún si los papás de López Obrador o del agrónomo Romero Oropeza nunca lo dijeron, lo podrían haber visto en tele. Si esa hubiera sido la óptica para analizar a la empresa, ya la habrían cerrado.

Esta semana tuvimos la novedad de que Pemex se amparó para no revelar inventarios. Es bueno que Pemex pueda ampararse para resguardar un patrimonio público. Es vergonzoso que lo haga a la menor provocación y para ocultar un dato financiero clave. Sin embargo, con más ingenio que imaginación, podemos tratar de reconstruir ese dato.

Su inventario de petróleo extraído debe ser muy pequeño. Lo que esté en camino a entregarse a algún cliente. Su inventario de petróleo debajo de la tierra (las reservas, pues) debe ser igual a cero. Ese activo no es de Pemex, ni de su sindicato. La reforma energética que tanto critica el presidente López Obrador se aseguró de que las reservas fueran de la nación, no de la empresa; por eso se creó una Comisión Nacional de Hidrocarburos autónoma, para que administrara ese patrimonio público.

Los inventarios de combustibles y refinados seguramente preocupan allá adentro, porque los números no encajan por ningún lado. ¿Bajó el robo de combustibles o no? Si fue el caso, ¿dónde están esos inventarios o el producto de la venta? ¿En qué regiones y gasolineras se absorbió el excedente recuperado?

Revelar los inventarios implica sacar a flote mucha más información sobre la quiebra del negocio. Implica que los tenedores de bonos en México y en el extranjero sepan con certeza que la empresa está en serias dificultades para pagar sus obligaciones de corto plazo, y no se diga para darle la vuelta a su deuda de largo plazo. Se convirtió en una certificadora de reservas de dudosa calidad 1P, no en una productora de petróleo. El futuro la alcanzó, y ahí están los resultados.

Dinero bueno al malo. El gobierno tendrá que asumir la deuda de nuestra petrolera quebrada. Los bisabuelos que financiaron la indemnización de la expropiación de 1938 se avergonzarían de saber que sus descendientes van a tener que pagar deudas de una empresa pública en un sector en el cual, según Rockefeller, era imposible quebrar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.