Religión y desarrollo económico
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Religión y desarrollo económico

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Religión y desarrollo económico

26/12/2018
Actualización 26/12/2018 - 16:34

Por mucho tiempo, los estudiosos de las ciencias sociales han buscado indagar la relación entre la religiosidad y la economía.

Ese interés es natural ya que, al ser un componente esencial de la cultura, es esperable que la religión influya en el desempeño económico. A su vez, al aumentar el acceso a los bienes y servicios, el desarrollo puede modificar las actitudes religiosas.

De ahí que la causalidad entre la religión y el progreso pueda, en principio, ocurrir en ambas direcciones. Entre las teorías postuladas a lo largo de los años, han predominado dos que corresponden a los ángulos mencionados.

En el primer sentido, hace casi un siglo, Max Weber, uno de los padres de la sociología, señaló que la Revolución Industrial había surgido gracias al espíritu de la Reforma Protestante, la cual había infundido rasgos como el ahorro, el espíritu de trabajo, la honestidad y la tolerancia.

En el segundo sentido, el mismo Weber y otros pensadores postularon que, con el avance económico, la religiosidad tiende a declinar y el papel social de las iglesias disminuye. Esta hipótesis, conocida como “secularización”, con frecuencia se ha inspirado en la aparente asociación negativa a nivel internacional entre la religiosidad media y el ingreso por habitante.

Las explicaciones aducidas en esta segunda vertiente han sido muy diversas, incluyendo la caracterización de la religión como reducto de ignorancia o de temores y ansiedades irracionales, supuestamente más comunes en las sociedades agrarias y primitivas.

Por décadas, las conjeturas en ambos sentidos fueron elaboradas por especialistas de distintas disciplinas, al tiempo que los economistas se mantuvieron mayoritariamente al margen.

Una notable excepción durante el presente milenio han sido los trabajos empíricos del economista Robert J. Barro y su esposa, la filósofa Rachel McCleary (referidos en adelante como BM) sobre las hipótesis mencionadas.

En primer lugar, para evaluar el impacto de la religión sobre el desarrollo, estos autores utilizaron datos noexperimentales sobre la asistencia a la iglesia, así como las creencias sobre la vida después de la muerte y, en especial, el cielo y el infierno.

Así, para un conjunto amplio de países y promedios de tres décadas del siglo pasado, BM estimaron cómo el aumento del PIB por habitante puede explicarse con estos indicadores, además de las variables económicas, de política gubernamental y de ambiente de negocios, típicamente utilizadas en estudios sobre crecimiento.

Su análisis reveló que el aumento del ingreso por habitante es influido positivamente por las creencias, en especial las referidas al infierno, y negativamente por la asistencia a la iglesia.

Según los autores, las creencias podrían estar ejerciendo un efecto positivo al impulsar cualidades que apoyan la productividad, al estilo de las mencionadas por Weber.

Por su parte, el impacto negativo de la asistencia a la iglesia provendría de la utilización de recursos y tiempo que podrían dedicarse a actividades productivas. Sin embargo, ello no significa que el efecto neto de tales actividades sea adverso. En la medida en que éstas aviven las creencias, su impacto neto podría ser favorable.

En segundo lugar, para analizar la relación inversa, BM buscaron cuantificar cómo las referidas mediciones de religiosidad pueden explicarse por aumentos del PIB per cápita. En ese ejercicio, el mayor nivel de desarrollo tiende a disminuir la religiosidad, lo que parece confirmar la hipótesis de la secularización.

Con el propósito de identificar posibles explicaciones, además del ingreso por habitante, en una segunda estimación añadieron cinco dimensiones comúnmente asociadas con el desarrollo: educación, urbanización, esperanza de vida, fracción poblacional con 65 años o más, y proporción con menos de 15 años.

Los efectos de estas variables sobre la religiosidad resultaron variados, destacando de manera negativa la urbanización y positiva la educación. Con estos y otros cómputos, BM infieren que la secularización no ocurre porque la adhesión religiosa refleje primordialmente ignorancia.

Además, una vez que se toman en cuenta los indicadores complementarios del desarrollo, el impacto del PIB por habitante sobre la religiosidad se torna insignificante. Ello sugiere que la aparente secularización no ocurre por el mayor nivel de ingreso.

En suma, las creencias religiosas pueden contribuir potentemente al desarrollo. Si bien éste tiende a coincidir con un declive en la religiosidad, ello no obedece a que la gente sea más rica. La religiosidad y la fortuna no están reñidas.

Exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía mexicana para desencantados (FCE 2006).

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.