¿Son las pequeñas empresas un problema?
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¿Son las pequeñas empresas un problema?

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¿Son las pequeñas empresas un problema?

10/07/2019

En cualquier país, la mayoría de las unidades económicas son de tamaño pequeño, definido en términos de empleados o de algún indicador monetario, como el valor de las ventas o los activos.

La elevada proporción de pequeñas empresas se observa, en diferente grado, tanto en las naciones de ingreso medio y alto, como en las de menor desarrollo. Asimismo, esta característica es propia de países con alto o bajo crecimiento económico.

La preponderancia de los establecimientos menores es un fenómeno natural en las economías de mercado. En este tipo de entorno, el avance ocurre como resultado de la inventiva de los particulares, la cual, además de tomar la forma de aumentos de inversión en proyectos en marcha, implica la aparición de un sinnúmero de iniciativas que buscan aprovechar las oportunidades de negocio.

Aunque gran parte de las innovaciones proviene de empresas establecidas, muchas propuestas nacen en nuevas firmas que compiten con las existentes.

Por lo general, las unidades económicas inician operaciones en pequeña escala y deben luchar, primero, por la supervivencia y, posteriormente, por la expansión. La competencia hace que muchas de ellas tengan una vida corta, al verse desplazadas por jugadores con ventajas de costos u ofertas más atractivas. Este proceso, consistente en una elevada creación y desaparición de empresas, y conocido como “destrucción creativa”, representa la base del progreso económico. Con los descubrimientos y los nuevos bienes y servicios, la población se beneficia significativamente.

Un aspecto admirable de este dinamismo estriba en que, a pesar de la elevada probabilidad de fracaso, muchas personas eligen emprender un negocio.

Debido a su tamaño y, con frecuencia, a su corta edad, las empresas pequeñas suelen ser menos productivas que las grandes, si bien existen notables excepciones. A nivel agregado, ello se refleja en el hecho de que su elevado número resulta en una absorción de la fuerza laboral superior a su contribución en el PIB.

México exhibe una distribución empresarial no muy diferente a la de otras naciones, con una gran participación de entidades pequeñas. Por ejemplo, las microempresas, definidas como unidades con diez empleados o menos, representan aproximadamente 95 por ciento del total, una proporción sólo ligeramente superior a la estimada para la Unión Europea.

Debido al menor nivel de desarrollo, irremediablemente la productividad promedio por trabajador en México es inferior a la de las economías avanzadas, lo cual se aplica, además, para los diferentes tamaños de empresa.

A pesar de lo anterior, algunos analistas han diagnosticado que el problema del estancamiento de la productividad en México se debe principalmente a una “excesiva” cantidad de empresas improductivas, las cuales, por lo general, son las pequeñas.

Como se argumenta que la distribución empresarial es resultado de políticas económicas inadecuadas, lo cual incluye la generación de informalidad, se propone corregir tal composición buscando desalentar a las empresas pequeñas.

Este razonamiento adolece de varias limitaciones, entre las que sobresalen cuatro. Primero, el argumento suena circular, al esgrimir que la productividad en México es baja porque las unidades económicas, especialmente las pequeñas, tienen productividad baja.

Segundo, la reflexión parece confundir los niveles con las tasas de crecimiento de la productividad. Mientras que las empresas pequeñas tienden a ser, en cualquier lado, menos productivas que las grandes, ello no implica que su abundancia sea la causa del bajo crecimiento de la productividad.

Tercero, aun si el problema fuera la distribución de los tamaños de empresas, su pretendida modificación a una estructura “ideal”, mediante ingeniería económica, requeriría un conocimiento de los responsables de las políticas públicas superior al del mercado, lo cual difícilmente sería alcanzable.

Cuarto, la informalidad podría explicarse como resultado de una selección adversa, en la cual las empresas menos productivas, que cuentan, por ejemplo, con niveles gerenciales más pobres, optan por la evasión de regulaciones para sobrevivir. Desde esa óptica, la informalidad se reduce con el desarrollo económico.

Las causas del estancamiento de la productividad no se encuentran en la estructura empresarial sino en factores institucionales que inhiben la inversión en capital físico y humano, así como la adopción de nuevas tecnologías. Entre otros, estos elementos incluyen el débil Estado de derecho, la falta de seguridad pública, así como las regulaciones y prohibiciones para participar en actividades económicas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.