'Contribuyes, cuando ves que la gente se estremece'
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

'Contribuyes, cuando ves que la gente se estremece'

COMPARTIR

···

'Contribuyes, cuando ves que la gente se estremece'

08/11/2019

Horacio Franco nació en un hospital que se ha convertido en una iglesia católica coreana. Es el hijo menor de sus padres y, como tal, fue sobreprotegido. “Fui un niño muy faldero, que todo lo decía cantando”.

El desmesurado resguardo acabó cuando su padre, cantinero en La Montañesa, cayó en el desempleo, en 1970. Su madre se vio obligada a dejar la casa para trabajar y el séptimo de sus hijos creció solo. Niño mimado y tímido, Franco se escondió tras los libros, en los que halló la cultura egipcia. “Me cautivó, y me tomaron de las manos también las culturas griega y romana; después la historia y las religiones”.

Su infancia transcurría en torno a Egipto hasta que en la secundaria tuvo entre los dedos la primera flauta Yamaha. A los cuatro años, cuando su familia comía en el restaurante Don Ciprián, en Ermita Iztapalapa, Franco se apoderaba del piano. Las teclas revelaron su habilidad nata, lo que confirmó la flauta. “Sacaba las canciones y las piezas de oído. Era muy fácil”.

A los once, Franco tuvo “una infatuación maravillosa con Mozart, al oírle la sonata facile, la K. 545. Y también supe que me gustaban los hombres. Salí del clóset al salir del útero”, cuenta.

Quiso ser pianista pero su madre se carcajeó cuando se lo hizo saber. “Si en esta casa apenas hay para comer…”, le dijo. Además, pensaba, como su padre, que el piano no era una carrera.

“Calladito”, Franco hizo una colección de discos de música clásica que compraba en el supermercado, “remasterizaciones bastantes buenas”, y no se despegaba de la LXM y radio UNAM. Nunca volvió a escuchar otro tipo de música, lo que lo aisló en la escuela. “Era el más odiado y repudiado por mis compañeros”.

Antes de terminar la secundaria, a espaldas de sus padres, estaba estudiando en el Conservatorio Nacional de Música. Ahí, sin embargo, la flauta de pico era un instrumento despreciado, no se consideraba “serio”. Franco acabó estudiando violín, porque el fagot y la viola estaban casi tan fuera de su presupuesto como el piano. “Las clases eran muy traumáticas”, recuerda. Su maestro, entonces director de la Orquesta de Cámara del Conservatorio, le permitió tocar de solista por primera vez. El 12 de abril del 1978 interpretó el concierto en la menor de Vivaldi para flauta de pico y acompañamiento instrumental de Vivaldi, y lo celebra tocándolo cada cinco años en Bellas Artes, hasta la fecha.

Poco después, Franco abandonó la Prepa 5 de la UNAM para meterse de lleno en el Conservatorio, donde era autodidacta. “Me conflictuaba porque la música clásica no puede estudiarse así nada más; requiere de una instrucción, de una metodología absolutamente sólida, impecable”.

Su admiración por Frans Brüggen lo llevó a Holanda. Tenía ahorros de su sueldo como maestro, vocación que ejerce desde los 16 años. Después de tres años de estudios, obtuvo el grado de solista cum laude en el Conservatorio de Ámsterdam.

Hitler impuso la flauta en la década de los 30 como elemento escolar. Fue implementada como método pedagógico con éxito tanto en Alemania como en Japón, y en algunos otros países de Europa. En México fracasó, precisamente, por la falta de metodología, explica el músico. La flauta fue un instrumento escolar hasta que Franco lo promovió como instrumento profesional a su regreso, en 1985.

-¿Por qué volviste?

-Porque en Holanda levantas una piedra y en lugar de que salga una araña, sale un flautista de pico o un contratenor sin trabajo. Había en fila 37 flautistas holandeses antes que yo, buscando trabajo.

De regreso, sin mayor problema, Franco recuperó su lugar en la Nacional de Música y el Conservatorio. Los conciertos comenzaron a sucederse y trazó su carrera. Gracias a Ofrenda, de Mario Lavista, que se estrenó en mayo de 1987, decenas de compositores mexicanos y extranjeros escribieron obras para Franco, que multiplicó sus contratos y sus presentaciones en Estados Unidos y Europa.

Afirma el músico, quien se somete a entrenamientos físicos inclementes, propios de atletas de alto rendimiento (como es evidente en su musculatura), que nunca deseó dejar México. “En Europa todo está muy hecho; es hasta decadente”, dice, y en Estados Unidos el público de la música clásica es “de pelo gris, de clase alta, intelectual. Yo amo la dinámica de México, con esa juventud sin oportunidades que se conmueve enormemente con la música”.

Sigue: “Nada como tocar en comunidades indígenas, tocar en secundarias en zonas muy pobres. Cuándo vas a Iztapalapa, a las colonias más rudas, y observas cómo se estremece la gente, sientes que estás contribuyendo, y para mí, el hecho de contribuir a mi país es trascendental. No quiero ser una adicto al poder que da el dinero ni al dinero que da el poder”.

Recientemente, el multipremiado flautista dirigió la Orquesta Sinfónica del Estado de México. A estas alturas de su trayectoria, sostiene Franco, es más y más selectivo: “Sólo hago las obras que me gustan. Hace poco dirigí una obra de Schubert. Ha sido uno de mis más felices momentos. Quiero hacer un ciclo con todas las sinfonías de Schubert, quiero dirigir una de Mozart y quiero seguir enseñando”.

Horacio Franco es un hombre disciplinado. Ayuna, sólo come alimentos orgánicos y no bebe una sola gota de alcohol (es alérgico; cuenta que alguna vez se emborrachó con una gelatina de anís). Va al gimnasio cinco veces por semana y todos los días se levanta a las cinco de la mañana para estudiar. Ensaya a diario. Le pregunto qué hace con su tiempo libre y me responde: “¿Cuál?”

Desde 1993 dirige e interpreta música barroca. Entre sus planes está impulsar este tipo de música. También tiene puesta la mira en la dirección: “Por ahora, no soy más que un pobre director sin orquesta”, lamenta.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.