'No he explotado mis capacidades al 100%, apunto más arriba'
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'No he explotado mis capacidades al 100%, apunto más arriba'

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'No he explotado mis capacidades al 100%, apunto más arriba'

11/01/2019
Actualización 11/01/2019 - 7:53

Tenoch Huerta nació en el hospital Magdalena de las Salinas, pero creció en el Estado de México, entre Ecatepec y Coacalco. Su padre compró a crédito una casita de dos pisos con patio y cochera para tres carros, aunque la familia sólo tenía uno. A los Huerta se les estaba cumpliendo el sueño de la clase media-baja que empieza a irse para arriba, hasta que los alcanzó la crisis de 1982. “Y todo se fue a la mierda”, cuenta el actor de Nesio, su tercer largometraje y el primero con el que fue nominado para un Ariel.

El fraccionamiento de fantasía se pauperizó y acabó convirtiéndose en una colonia popular. Después del temblor de 1985, habitantes de la Doctores, la Guerrero, Tepito y otras zonas afectadas recibieron créditos ahí mismo y decayó el nivel de vida. “Había gente que no pagaba sus cuotas o que cerraba la calle para armar toquines, así que el asunto se puso más chacalón”. De niño, Tenoch supo que llegaron a matar a alguno de los vecinos a golpes. “Era raro”, porque si bien se trataba de un fraccionamiento, prevalecían códigos y costumbres de barrio. “Se peleaban los de una cuadra contra los de la otra. Varios chavos de mi generación acabaron de secuestradores o vendedores de droga para mantener el nivel de vida”.

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Tenoch Huerta, actor.Ilustración Alejandro Gómez

Huerta estudió periodismo en la ENEP-Aragón. Había cursado un taller de actuación con María Elena Saldaña, que vivía en el mismo fraccionamiento mexiquense. Le caían pesados sus compañeros, y unos meses después lo dejó para volver al futbol americano, deporte que practicó desde niño hasta que se dislocó un hombro, en sus veintes. Jugó en cinco equipos, entre ellos los Perros Negros y los Pumas, en Zacatlán. Luego vino la huelga de 1999.

Por aquel tiempo estaba de moda el taller actoral de Luis Felipe Tovar, en el que fue becado. Ahí conoció a Carlos Torrestorija, quién, asegura Huerta, lo formó como actor. Durante los primeros seis meses, Torrestorija lo obligó a repetir el mismo monólogo una y otra vez, que interrumpía casi siempre en las líneas iniciales. “Corte”, escuchaba Huerta, y se detenía, frustrado.

Al terminar la licenciatura hizo un par de cortometrajes. Deseaba convertirse en reportero de divulgación científica o en camarógrafo documental. Hizo de extra en varios cortos de estudiantes de cine, casi por diversión, sin paga. Fue reportero en ABC Radio y asistente, camarógrafo y editor en un canal de deporte amateur. También manejó cámaras en TV Azteca. En los castings en los que participó hasta entonces, había resultado “demasiado moreno, demasiado alto, o no tan moreno, o no tan alto”, hasta que quedó para Déficit, película dirigida por Gael García Bernal. Casi al mismo tiempo, protagonizó su primera obra de teatro, en la Sala Xavier Villaurrutia. En ese primer año, filmó cinco películas.

Huerta ama la actuación, pero no lo que ocurre fuera del espacio entre la acción y el corte. “Entre diálogos estoy en el Nirvana, como lo estaba entre el primer y el último pitazo de un juego de futbol americano. En ese lapso, me siento pleno, ponente, intenso, feliz. Pero me di cuenta de que si no caminaba en la alfombra roja, las chambas chidas no iban a llegar”.

Recuerda el actor de Casi divas, Sin nombre y El infierno: “Torrestorrija me decía: ‘Tú nunca la vas a armar, jamás en tu vida. No eres bonito de telenovela, no estás mamado, no eres güerito ni argentino, cubano o venezolano; no estudiaste en el Colegio Madrid ni en el Vives. No estudiaste en una escuela de actuación siquiera, no tienes ningún amigo en el medio, no tienes a ningún familiar en el medio, eres un pinche naco de Ecatepec. No tienes nada’”.

-¿Te decía eso para provocarte?

-No, me lo decía desde el corazón. Él, que fue atleta, me motivaba para que fuera más rápido y más fuerte que todos, para que estudiara, cuidara mi cuerpo, mi mente, y mis emociones, para que me llevara a mí mismo al límite, sin detenerme, mirando siempre adelante. Y le chingué y entendí que todas mis desventajas se volvieron a mi favor; cuando entré a hacer cine, las películas ya no se trababan de güeritos, se trataban de jodidos, de rateros y de malandrines, de morenos, pues. Yo sí me sabía el barrio. A mí sí me han puesto un cuete en la cabeza y lo que yo tengo es la misma cara de millones de cabrones que se meten todos los pinches días al Metro Pantitlán. Aquello se convirtió en mi gran ventaja.

-Y aquello te permitió llegar…

-No, no he llegado-, me interrumpe. Porque estoy apuntando mucho más arriba. No he explotado ni de cerca el cien por ciento de mis capacidades, no he llegado ni a la mitad del camino, así que no tengo tiempo para descansar todavía. La primera vez que me subí a un avión y salí de México fue para viajar a Cannes, después de Déficit. Estaba observando los acantilados en la noche, en un lugar superexclusivo en pleno Mediterráneo, y pensé: “De Ecatepec para el mundo, putos”. Pero eso fue sólo el comienzo. Después llegó Días de gracia (su primer papel protagónico en un largometraje, para el cual ingresó de incognito a la Academia de Policía hasta graduarse del curso regular y como elemento de fuerzas especiales).

Días de gracia fue ovacionada en Cannes. Por ella ganó el Ariel a la mejor actuación masculina. “En el momento en que agarré el Ariel, dejé de necesitarlo. Ahora quiero trabajar en Estados Unidos, ganarme un Oscar, un Golden Globe, yo qué sé. El reconocimiento es importante y Narcos (en cuya última temporada hace el papel de Rafael Caro Quintero) me está abriendo la puerta para algo nuevo que, estoy seguro, esta vez será diferente”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.