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La victoria fúnebre del neoliberalismo

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La victoria fúnebre del neoliberalismo

11/01/2021

Hace unos 30 años, los ideólogos del nuevo liberalismo económico festejaban su gran victoria sobre el Estado. Habían demolido por fin sus amplias estructuras de base. Habían liquidado los grandes gastos sociales y las instituciones que los soportaban. Así lo presumieron. Era su triunfo. Su concepción no estaba materializada en todos los rincones del planeta, pero sí en casi todo el mundo occidental. Lo público era desplazado por lo privado. El lugar de lo social lo ocupaba el individuo. En vez de responsabilidad gubernamental, responsabilidad particular. En vez de solidaridad, competencia. Habían ganado la batalla económica, pero también política, social, ideológica y cultural.

Le doblaron la mano a los gobiernos “populistas” de los países periféricos. Tumbaron los regímenes de Europa del Este. Diluyeron el Estado de bienestar de Europa occidental. Empoderaron a los organismos financieros internacionales. En fin, hasta decretaron el fin de la historia.

Pero ahora, en la parte más negra de la pandemia del Covid-19 vivida hasta el momento, su gran victoria se convierte en su gran fracaso.

En el mundo occidental de nuestros días, gravemente afectado por los contagios, se difunden aceleradamente dos percepciones: hay algo que obstruye las cosas y hay algo que está faltando.

Lo obstruye todo el individuo egoísta, personaje prototípico del neoliberalismo, a quien le dicen que no haga grandes reuniones familiares y de todas formas las hace; a quien le dicen que no haga fiestas y las realiza hasta clandestinamente. Eso obstruye, eso dificulta todo en la lucha contra el contagio.

Pero sobre todo se multiplica la sensación de que está faltando algo, y ese algo es el Estado.

Cierto, el nuevo liberalismo no sólo no acabó, sino que hasta estimuló las estructuras de poder político-económico del Estado en las altas esferas, la metástasis de órganos autónomos onerosos, con sus presupuestos triple A; sus funcionarios VIP y sus poderosos intereses.

Pero lo que está faltando, la ausencia que se siente cada vez más es la del Estado social. Los servicios públicos se secaron, se encogieron, se inutilizaron, se mercantilizaron o de plano desaparecieron. Esa es la ausencia que se siente más fuerte cada día.

El neoliberalismo terminó con el primer nivel de atención del sistema de salud pública.

No hay medicina comunitaria. No hay pisos básicos de salud universal preventiva. No hay médicos familiares. No hay médicos en tu casa.

El individuo es tan libre como desamparado. Es libre de hacer fiestotas, pero si se contagia no hay institución pública suficiente que acuda oficiosamente en su auxilio para evitar que enferme o para salvar su vida. Es la macabra victoria del individualismo neoliberal sobre el Estado social.

Acaso aquí encontramos una gran diferencia entre dos categorías civilizatorias: Oriente y Occidente, que explica el escaso número de muertes en una y el altísimo número en otra.

Es la diferencia entre China y Estados Unidos. Pero también entre Cuba y México.

¿Cómo es que un país como Cuba, con una economía mucho más pequeña que la de México puede tener muchos menos contagios y fallecimientos?

Porque en ese país hay un sistema de salud pública con un enorme primer nivel. Y acá los gobiernos neoliberales acabaron con el primer nivel de salud. Allá hay un médico de familia de un sector público gratuito y de calidad. Acá el primer nivel de salud son los consultorios del Doctor Simi y las Farmacias del Ahorro. Allá llega un trabajador de la salud a tocar tu puerta para decirte que estuviste en contacto con una persona contagiada. Acá buscas a un médico cuando te das cuenta de que estás contagiado.

México tiene en el sector público de salud todo un reto. Debe aprovechar la crisis para reconstruir su primer nivel de atención. Ese es el Estado que debe crecer, no el de los órganos autónomos que se hicieron para repartir el pastel de la riqueza nacional entre consorcios trasnacionales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.