De sueños y brujas
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De sueños y brujas

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De sueños y brujas

17/10/2019

Caprichos, aspiraciones, pánico… ¿De qué están hechos los sueños? Psicólogos y neurólogos dicen que de lo vivido durante el día. Sin embargo, la incandescencia de algunos actos oníricos nos hace dudar, sobre todo si su viveza resulta terrorífica.

Hay sueños que es imposible no pensarlos como algo más que fantasía, aquellos que se vuelven extraordinarios por la sobrecarga de lucidez y realismo sensorial. La ciencia llama a estos episodios sueños vívidos y a veces dan origen a magníficas creaciones, se dice que en un sueño Alexander Pushkin concibió varios poemas, de hecho, algunos de sus biógrafos coinciden en que los escribió dormido, y Nikolái Rimski-Kórsakov confesó haber soñado las melodías de La doncella de nieve. Sin embargo, en otras ocasiones de ellos emergen algunos terrores como Frankenstein de Mary Shelly, El monje negro de Antón Chéjov o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson.

Antiguamente a los sueños se les relacionaba con la magia, la profecía y lo divino, a las pesadillas no se les atribuían causas físicas, como la fiebre o la indigestión, ni psicológicas como el estrés, pues se les consideraba obra de seres oscuros (solían prevenirlas o aliviarlas con amuletos e invocaciones de seres míticos que devoran los malos sueños). Aun no pocas culturas, entre ellas la nahua en Mesoamérica y la guajira en el Caribe, consideran que los sueños son un tránsito colectivo por espacios en los que compartimos momentos con seres reales –como la pareja que figura García Márquez en su relato Ojos de perro Azul– Entonces, ¿quién nos acompaña en las pesadillas?

Soñar es un estado paradójico, el cuerpo queda en parálisis mientras el cerebro está en su faceta más activa, la ciencia ha revelado que cumple funciones reparadoras y benéficas para mente y cuerpo, sin embargo, salvo en casos postraumáticos, poco explica sobre cómo engendra pesadillas, muchas veces habitadas por entidades oscuras, como las brujas. Yo sueño con la misma bruja desde pequeña, viste de rojo, tiene el cabello largo y negro, es joven y de rostro afilado, irrumpe siempre disfrazada de alguna conocida para abrazarme y contarme al oído cosas que nunca recuerdo, mientras habla prende el lugar en llamas y siento arder todos mis sentidos.

Casi no hablo de mi pesadilla, temo que sea una manera de invocarla; tampoco lo hago porque me angustia conocer brujas ajenas más aterradoras, como la de mi amiga Nora, quien me contó hace poco que a ella la visita una anciana que intenta llevársela, tiene largos y huesudos dedos, cuyas uñas están resquebrajadas y sucias; viste de negro, de largo, sin mayor accesorio que un gastado pañuelo que le encapucha la cabeza, por el hueco que deja la tela salen unos resecos cabellos blancos que flanquean un rostro que Nora no ha podido ver por completo, a veces vislumbra apenas las arrugas del ceño, en otras ocasiones, una pista de luz le revela a la velocidad de un destello, el rictus escabroso, cadavérico. La mujer se aparece en el entresueño, Nora sabe que se acerca porque la atmósfera se torna opaca y fría, sabe que llegó a la habitación por el sonido, porque no camina, flota; la vieja arrastra un enorme montón de hojas y ramas secas que salen por debajo de su roída falda, en lugar de pasos, escucha el lastimoso avanzar de ese follaje reseco, muerto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.