Qué necesidad tenemos de estar viviendo todo esto
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Qué necesidad tenemos de estar viviendo todo esto

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Qué necesidad tenemos de estar viviendo todo esto

16/09/2020

El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.

No son diplomáticas, políticas o comunicólogas. Son mujeres enojadas, abusadas, con rabia y llanto que exigen se termine la violencia sistemática que viven millones de mexicanas; y también que se haga algo con la poca justicia que ofrecen quienes manejan las instituciones del Estado mexicano, que ven indiferentes su sufrimiento, las menosprecian o incluso se burlan.

No son mujeres que van a complacer con frases “bien pensadas” a quienes buscamos entrevistarlas, ni mucho menos condescendientes con las autoridades. Sus voces son de desafío y sus miradas de hartazgo, ambas dispuestas a reiniciar una lucha con la promesa de que no habrá vuelta atrás hasta que se cumplan sus demandas, sintetizadas en una palabra: justicia. Justicia por las asesinadas, desaparecidas, golpeadas o violadas durante décadas.

En la pared frontal del antiguo edificio que ocupaba la decorativa y ausente, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en la calle de Cuba, en el Centro Histórico, el “Frente Nacional Ni Una Menos” comenzó a tapizar de fotos de mujeres (y hombres) desaparecidas y asesinadas, o víctimas de violencia física, sexual o institucional. Todas y todos son jóvenes, y a su lado frases que exigen justicia.

“Ayúdanos a encontrar a Jael Montserrat Uribe Palmeros”. “Justicia para Isis Alejandra”. “Justicia para Lya”. “Ayúdanos a encontrar a Jesús Armando Reyes Escobar”. “RJRM sufrió de abuso sexual en 2017, tenía sólo 7 años”. “#niunaChuymenos. Feminicidio en Gustavo A. Madero, a María de Jesús Jaimes”. “Justicia para Alán”… y de esta forma se arma un interminable rompecabezas de dolor.

Más de 80 mujeres provenientes de Chiapas, Guerrero, Chihuahua, Durango, Jalisco, Oaxaca y Estado de México se alojan en esa “casa de refugio” arrebatada por el Frente Nacional a la CNDH. En ella habitan mujeres, niños y niñas que han sufrido algún tipo de violencia o violación a sus derechos humanos; además, se encuentran colectivas y organizaciones de mujeres feministas apartidistas que prometen luchar “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Platiqué con, Edith Olivares, jefa de la Unidad de Derechos Humanos de Amnistía Internacional, quien visitaba a las mujeres en su nueva sede. Durante varios meses, además de acompañarlas en sus exigencias, ha vigilado protestas en todo el país para verificar sean respetados los derechos humanos de las manifestantes.

Me dice, que ha observado, “con muchísima preocupación la actuación del Estado; de diferentes corporaciones policiales, municipales y estatales, e incluso de la Guardia Nacional… quienes están repeliendo las protestas con uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias, en algunos casos violencia sexual o diversos actos que violan los derechos de las mujeres...”.

Olivares asegura que, “el problema principal está en el acceso a la justicia para las mujeres”, y es categórica al señalar que, “en todas las entidades federativas hay una ruptura en la confianza en el Estado, porque no hay acceso a la justicia”. Al respecto concluye que ante el “incremento de la violencia en México, las mujeres estamos llegando a un punto de no retorno, de que ya no estamos dispuestas a esperar más”.

Karla Daniela García Tello fue de las primeras mujeres en llegar al edificio ocupado. Ella le teme a su esposo, a quien acusa de golpearla y sigue libre. Afirma que hay carpetas de investigación abiertas, pero las autoridades de la CDMX no le han dado seguimiento a pesar de que ya se reunió con la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, y la procuradora, Ernestina Godoy. Desde 2008 inició la violencia familiar, cuando tenía un embarazo de alto riesgo. Su esposo se burla de ella, porque asegura que ninguna institución del Estado mexicano nunca le responderá. Por ello, espera que con la suma de todas las voces encuentren el camino para obtener justicia.

Keith, llegó de Texcoco, Estado de México, entidad con más feminicidios en el país. Recrimina a la fiscalía del Estado por reprimir a sus compañeras que fueron “brutalmente atacadas” la madrugada del pasado 11 de septiembre mientras tomaban la sede de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos en Ecatepec. Asegura que golpearon a mujeres embarazadas y niños. Incluso, que varias mujeres fueron desaparecidas durante horas.

Por ello, las feministas están convencidas de que la toma de esas instalaciones fue una forma de sobrevivencia, ya que ese municipio es uno de los más violentos hacia las mujeres en México. Al respecto, Keith responde que los canales de comunicación con las instancias del gobierno son muy escasos, y agrega, que rechazarán cualquier negociación si son ellos quienes buscan imponer sus condiciones. Asegura que es irónico que se llame “Comisión Nacional de los Derechos Humanos” cuando no resuelven nada en esa materia, por lo que asegura, esa institución ya es “inservible”.

El señor, Gerardo Ríos Castellanos, llegó el lunes por la mañana al edificio ocupado en la calle de Cuba. Lo hizo con una manta que fue sostenida por dos mujeres durante varios minutos para que los asistentes pudiéramos entender su caso. En ella se observaba la imagen de su hija Elideth, asesinada el pasado 22 de junio a manos de su novio.

El señor Ríos acusa a las autoridades del municipio de Nezahualcóyotl, en el Estado de México, de omisión y colusión, ya que se tardaron hasta dos meses en otorgar la orden de aprensión, pero cuando finalmente lo hicieron, estaba mal hecha por lo que el inculpado sigue libre. Antes de la muerte, su padre asegura que Elideth fue drogada. Desesperado, espera que alguna autoridad retome sus denuncias.

Los testimonios son innumerables al igual que las voces que salen desde las puertas de ese edificio en la calle de Cuba. Gritos de solidaridad cruda: “si matan a una, respondemos todas”. O gritos de hartazgo: “en qué país estamos viviendo”. Y unánimes, coinciden en que “ya no habrá vuelta atrás”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.