México se quema (II)
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México se quema (II)

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México se quema (II)

21/05/2019

Amanece en la Meseta Purépecha, una región boscosa y montañosa ubicada en Michoacán. Con la llegada de la mañana, el vivero forestal comunal de San Francisco se llena de actividad. Sus instalaciones han permitido el nacimiento de cientos de miles, quizás millones de pinos de la región. Se llevan a cabo todo tipo de labores. Los jóvenes desgranan con agilidad las piñas de coníferas y recolectan las semillas que posteriormente serán germinadas. Otras personas se encargan del riego de los retoños. Finalmente, hay quienes se dedican a distribuir entre la comunidad aquellas plantas que ya tienen la fortaleza para sembrarse en las montañas.

Esta esperanzadora postal de organización comunal y ecológica contrasta con lo que podríamos habernos encontrado en el mismo sitio ocho años atrás, en donde el fuego, la explotación y el miedo habían secuestrado el futuro de la región.

En este municipio de 16 mil habitantes, para 2011 cerca del 70 por ciento del territorio del bosque había sido arrasado por los talamontes e incendios forestales. El crimen organizado había generado una cadena extractiva que incluía transportistas, políticos, aserraderos así como industrias muebleras. Los habitantes de la región, la mayoría de ellos de origen indígena purépecha, veían con profunda preocupación la devastación ambiental.

Después de que las mujeres de la localidad intentaron, sin éxito, evitar la tala en las cercanías del manantial La Cofradía, ellas decidieron convocar al pueblo para iniciar una rebelión por sus bosques y su paz. Desde la madrugada del 15 de abril de 2011 este pueblo logró expulsar al crimen organizado e instalar una administración a través del Concejo Mayor de Gobierno Comunal, integrado por doce personas conocidas como “Keris”, las cuales son electas en asambleas.

Pero el reto apenas había iniciado. Voltear a ver el monte era ver la devastación ambiental. Para hacer frente a esta contingencia que había generado la tala ilegal y los incendios decidieron iniciar con un ambicioso proyecto de reforestación. El trabajo parecía infinito pero pusieron manos a la obra. Abrieron brechas cortafuego, limpiaron las barrancas, construyeron represas, reactivaron el aserradero comunitario (que sólo puede ser utilizado con árboles enfermos o en estado crítico), recolectaron semillas y reforestaron sin descanso.

Al final, su objetivo lo han logrado con creces. Hasta la fecha han plantado con éxito más de un millón y medio de pinos, lo que significan tres mil 500 hectáreas recuperadas.

Los beneficios para la comunidad son muy claros: se ha reactivado la economía alrededor de los servicios ambientales y de protección del bosque. También se ha preservado el agua, flora y fauna de la comunidad. Finalmente, otro de los beneficios de esta gestión participativa forestal ha sido la unión de los pobladores. Por si fuera poco, los beneficios del trabajo en Cherán alcanzan a otras localidades, pues la recarga de agua ya es visible en los ríos Cuapitzio, Duero y del Lago de Pátzcuaro.

Esta historia de éxito contra la depredación de los bosques, por la rapacidad del humano o por los incendios, nos muestra varios elementos exitosos que podríamos retomar para lograr una gestión forestal sostenible.

En primer lugar se vuelve fundamental el respeto de las leyes y vedas relativas a bosques, selvas, manglares y zonas naturales protegidas. En la columna pasada señalé la ausencia casi total de carpetas de investigación por quemas intencionales. Cherán hizo valer las leyes de su municipio y logró combatir a aquellos que se beneficiaban de la explotación desmedida.

Fue relevante entender el valor de un medio ambiente sano. En esta discusión el dinero pasa a segundo plano. Sin agua, sin aire limpio, sin plantas, este país camina directo al cataclismo. Por eso se vuelve fundamental reflexionar sobre nuestros hábitos de consumo y exigir medidas gubernamentales que verdaderamente protejan, restauren y gestionen responsablemente.

La participación decidida de la comunidad fue otro elemento de éxito, pues esta se volvió la primera capa social involucrada en el cuidado forestal. También fue decisivo el reconocimiento de los servicios ambientales que brinda el bosque y, por lo tanto, de la importancia de invertir recursos de todos los niveles de gobierno para ofrecer trabajo y remuneración a quienes le protegen. En ese sentido, los recortes actuales en la materia son inaceptables y deben revertirse.

En resumen, el ejemplo de Cherán echa luz sobre cinco acciones necesarias para la conservación de nuestros bosques: la recuperación del Estado de derecho, la recomprensión del valor de un medio ambiente sano, la gestión con la comunidad, el reconocimiento de los servicios ambientales y la inversión de distintos actores de la sociedad.

Cherán llevó la protección de los bosques a la protección de la vida. Construyeron nuevo modelo de gobernanza a partir de acciones radicales que, basadas un esfuerzo colectivo y representativo, lograron construir un cambio. Los que vengan no serán sencillos, pero nuestro planeta exige medidas igual de decididas, radicales e innovadoras para lograr construir las condiciones mínimas de salud y equilibrio, de lo contrario sólo habrá pequeños cambios que quedarán en lo simbólico o como letra muerta en nuevas reglamentaciones.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.