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Aquí y allá

16/07/2019
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

El verano para muchas personas es tiempo de vacaciones, los estudiantes tienen un periodo fuera de los salones de clases, los maestros retoman fuerza y paciencia para el siguiente curso, y los padres de familia se las ingenian para mantener ocupados a los pequeños y no tan pequeños.

En lo taurino, España entra en su punto álgido de la Temporada, se torea casi todos los días en plazas de pueblo, de segunda y tercera categoría, no por calidad, sino por el aforo, así se califican las plazas de toros. Están también las ferias de primera, las citas que quitan el sueño, donde hay que triunfar sí o sí, como es el caso de Pamplona, Valencia y Santander en el mes de julio.

Pamplona es única, feria importante que atrae la atención mundial por celebrar la alegría de vivir una fiesta de siete días por sus calles, venerando al toro desde los encierros, corridas, gastronomía, vino y música. En la plaza de toros se vive una corrida extraña, los profesionales a lo suyo, a lidiar seis toros, por lo general lo más grande de las casas ganaderas; toros que fueron corridos en el vertiginoso encierro, este 2019, prácticamente ninguno de más de tres minutos. El público, digamos 80 por ciento a la fiesta y el resto a vivir las emociones del toreo dentro de un entorno de cánticos, vino y algarabía que por momentos puede incluso faltar a la liturgia de otras plazas, pero cada feria es el reflejo de su gente y Pamplona es lo que es y no hay que cambiarle nada en absoluto. Los toreros dan la cara, está la televisión y lo que pasa ahí importa, y mucho.

Valencia es una feria nivelada entre el torismo y el torerismo, equilibrio que brinda año con año buenas tardes de toros en esta plaza de primera.

Santander es un lujo, como lo es el magnífico puerto cántabro, una joya del norte de España; es un lujo el clima, la gastronomía, el buen gusto en la confección de los carteles, la gente, sus ganas de pasarlo bien ante toreros que vienen muy embalados, y un toro de correctas hechuras que por lo general embiste.

En agosto, una de las citas donde se combinan factores vitales en el público, la seriedad y el rigor argumentado con el conocimiento y respeto, me refiero a Bilbao, que ha presentado muy buenos carteles y de la cual en su momento escribiremos.

Entre feria y feria están los pueblos, compromisos de menor relumbrón donde el peligro está en que no deja de salir el toro y los diestros llegan con tanto sitio que los abusos se pagan con sangre y a veces con la vida misma.

Francia no se queda atrás, las ferias toristas muestran un concepto particular del toro que brinda oportunidad a toreros quizá olvidados en otras latitudes; la cultura y seriedad de los galos en su forma de entender la tauromaquia, hace de los festejos veraniegos en Francia un punto de atención máxima en esta época del año.

En México la actividad en el calendario taurino es muy distinta, el verano es prácticamente una pausa larga y tediosa, agónica para el aficionado que espera con ansias poder asistir a su espectáculo favorito. Los toreros, algunos incluso toman vacaciones, viajan y comienzan a preparar la segunda parte del año, que es cuando las cosas se calientan.

Julio será de novilladas, Tijuana, Arroyo y la Plaza México serán el escaparate para que los noveles sueñen y lo intenten. Tauromaquia en estado puro, el principal motor para los novilleros será la ilusión, deberán suplir el poco rodaje con el deseo infinito de triunfar y mostrarse. Necesitamos pronto un chaval que a todos ilusione, y si son dos o tres o cinco, mejor. El aficionado en la plaza será el mejor sinodal de estos sueños. Vayamos a la plaza, gocemos de su entrega, vivamos sus miedos y disfrutemos de las novilladas.

Las corridas llegan en agosto, Teziutlán y Huamantla son las ferias a seguir para en septiembre gozar del mes quizá más taurino en México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.