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#SíALosNiñosEnLosToros

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#SíALosNiñosEnLosToros

18/08/2020
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

La niñez tiene tanto por enseñarnos: la pureza de sentimientos, la sonrisa a cambio de otra sonrisa, la ilusión de un futuro posible bajo la óptica de su manera de ver la vida, con sencillez, con bondad, con alegría.

Siempre que un niño pierde la inocencia, hay un maldito adulto detrás. La maldad y falta de sentimientos buenos hacia el prójimo, los intereses y la mezquindad, así como la avaricia, son los peores consejeros en hombres y mujeres, que al llegar a la “madurez” interponen dichos aspectos negativos ante los valores y el respeto que harían que la sociedad funcionara de un modo más simple, pero no por sencillo menos eficaz.

El cabildo de la ciudad de Pachuca, capital del estado de Hidalgo —cuna de la charrería y uno de los estados más importantes en cuanto a actividad taurina—, ha tenido la absurda idea de proponer la prohibición de que los niños puedan asistir a los festejos taurinos.

No me es fácil contenerme y cambiar el tono de mi discurso, me dan ganas de gritarles a la cara que su obligación es trabajar en favor de la sociedad, con valor, estudio, capacidad de análisis y respeto a lo que verdaderamente es México: un país cuya riqueza estriba en sus tradiciones, su color, su alegría y su libertad, nunca en gobernar a cambio de votos, “likes” o seguidores en redes.

Señoras y señores del cabildo, México lo formamos todos, seamos taurinos o no, ricos o pobres, de derecha o de izquierda. El respeto para gobernarnos a todos requiere honradez, valor, capacidad de negociación, y no la absurda visión aberrante del antihumanismo.

México es un país libre, donde la Constitución nos otorga el derecho a decidir si queremos asistir a una corrida de toros o no, espectáculo cultural con más de 450 años de tradición. Predicar con el ejemplo señores. La educación de los niños es obligación de los padres, no del Estado. Los valores, el respeto, la cultura, el deporte, etcétera, deben ser inculcados por la familia, que es y debe continuar siendo la base de la sociedad.

El gobierno tiene la obligación de trabajar para que con nuestros impuestos —de donde ustedes reciben su sueldo, casi siempre no justificado— se generen las estructuras para que las familias vivan mejor, esas estructuras son: hospitales, escuelas, espacios deportivos, recintos culturales (dentro de los que se ubica la tauromaquia), carreteras, y lo más importante para que todo esto encaje, seguridad y oportunidades reales.

El absurdo argumento de prohibir la entrada de los niños a festejos taurinos, bajo la estúpida idea de alejarlos de la violencia, es totalmente erróneo; no existe argumento empírico o científico que compruebe que un niño resulta afectado tras presenciar un espectáculo taurino, ¡todo lo contrario! La riqueza visual de una corrida de toros les maravilla, el sentir en vivo la heroica gesta de un hombre enfrentando a un animal que además de bello es inmensamente poderoso, juntos brindando la emoción que genera la belleza de esa danza y comunión entre la vida y la muerte.

No he visto en mi vida a un niño llorar dentro de una plaza de toros; sí que los he visto llorar tras la muerte por asesinato de un miembro de su familia debido a la inseguridad causada por incompetencia o complicidad de gobiernos cobardes, que lejos deberían estar de querer prohibirles el legítimo derecho constitucional de contar con la libertad de asistir o no a una corrida de toros, lo cual es elección familiar, no de gobierno.

La niñez con acceso a la tauromaquia goza del contacto directo con la ecología, las artes, el respeto a las jerarquías, al orden y al ciclo natural de la vida y la muerte.

Si su deseo es alejarlos de la violencia, en eso sí estamos de acuerdo, pero prohibirles no es el camino; protéjanlos de los cárteles de la droga, trabajen para que la seguridad regrese a nuestras calles y los niños puedan ir a jugar al parque sin el riesgo de que un maldito adulto les robe la inocencia o mueran por una bala perdida, alejémoslos de los sangrientos videojuegos, mejor pongamos un balón en sus manos, y de ser posible un capote o una muleta.

Si su idea se basó en la absurda recomendación —que es sólo eso, una recomendación, no un mandato— por parte de la ONU, elaborada por gente que desconoce los valores de la tauromaquia y la influencia positiva que de esta cultura emana, no hagan caso. Tenemos a nuestra disposición elementos científicos que prueban que los niños no son influenciados negativamente por los toros, sino todo lo contrario.

Sean valientes, respetuosos, cultos, y no legislen prohibiendo; esos tres aspectos son, por cierto, valores de esta cultura.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.