El alma de Estados Unidos en juego
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El alma de Estados Unidos en juego

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El alma de Estados Unidos en juego

24/01/2020
Actualización 24/01/2020 - 13:57

Con la llegada de Trump a la Casa Blanca se perdió en Estados Unidos el equilibrio entre las fuerzas migratorias y antimigratorias.

Desde la mitad del siglo pasado, una especie de equilibrio que anteponía los valores sobre los intereses había prevalecido en el sistema migratorio vecino país. El objetivo más importante final que guiaba el sistema migratorio era el principio humanista de reunificación familiar. Desde luego que había intereses económicos que preferían una migración indocumentada, barata y dócil para la agricultura, para ciertos procesos industriales como las empacadoras y eventualmente para todo tipo de servicios.

El equilibrio estuvo sujeto a presiones durante las últimas dos décadas en que se empezó a debatir, como ya había pasado al inicio de los 80, la necesidad de una reforma migratoria.

Este equilibrio benévolo tuvo algunas consecuencias inesperadas, como fue impedir una reforma migratoria que empezó a ser planteada desde 2004. El presidente George W. Bush señaló en su campaña de reelección que el sistema migratorio estaba roto. Esto envalentonó a algunos legisladores, como los acaecidos Ted Kennedy (demócrata de Massachusetts) y John McCain (republicano de Arizona) para que intentaran en 2006 y 2007 una reforma migratoria integral y que hubiese traído amplios beneficios a la comunidad migrante.

El debate migratorio se tornó intenso. Los promigrantes establecieron una coalición importante con el apoyo de la clase empresarial, en especial la que se beneficiaba de la mano migrante no calificada, como la mexicana y centroamericana. Pero los antimigrantes resultaron más vociferantes. Varios comentaristas de la radio y la televisión, como Rush Limbaugh y Lou Dobbs, generaron la conciencia de que Estados Unidos no estaba controlando sus fronteras y que había una verdadera invasión de gente morena proviniendo de México y Centroamérica.

El impasse migratorio también tuvo otras consecuencias negativas. Los estados, como Arizona, Alabama y Utah entre muchos otros, se arrogaron prerrogativas migratorias. La ley 1070 de Arizona, que concede poderes antimigratorios y racistas a las autoridades locales, sentaría un terrible precedente.

A nivel federal, la práctica que más afectó a la comunidad migrante fue la deportación. Nada más en los ocho años de presidencia de Obama se deportaron a 3.5 millones de migrantes y en esta cifra los mexicanos están sobrerepresentados.

Sin embargo, el equilibrio migratorio mantuvo la narrativa de Estados Unidos como un país de inmigrantes; más aún, como una nación favorecida por su apertura a la migración. Durante su segundo cuatrienio, Obama corrigió algunos de los excesos de la deportación y esta se orientó únicamente a los criminales.

Habría otra medida que sembraría esperanza y optimismo: la Acción Diferida para quienes llegaron de niños con sus padres, DACA por sus siglas en inglés. Como bien documentó mi colega de la Universidad de California en San Diego, Tom Wong, los soñadores literalmente florecieron con su legalidad. Lograron colocarse en trabajos destacados y se aprendieron a cabildear su propia causa.

Sin embargo, con Trump llegó al poder un grupo antimigratorio puro y duro, quienes habían buscado un candidato republicano a modo para imponer un nuevo paradigma migratorio.

Este grupo de supremacistas blancos encabezado por Jeff Sessions, primer procurador general de Trump, Steve Bannon, primer jefe de estrategia política de la Casa Blanca de Trump y quien aún continúa siendo el arquitecto de la política migratoria actual, Stephen Miller, rompieron el equilibrio benévolo anterior.

En los tiempos de Trump y Miller hay un nuevo equilibrio que preferencia los intereses sobre los valores. El interés de Trump es electoral. El interés del grupo de Miller es establecer un nuevo paradigma migratorio para reducir el número de migrantes legales y desde luego indocumentados.

En la elección del próximo 3 de noviembre estará en juego qué equilibrio migratorio permanecerá. De ganar Trump, la narrativa de Estados Unidos como un país de inmigrantes quedará seriamente en entredicho.

El alma del vecino del norte, como un país crisol de migrantes, está en juego.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.