Ha transcurrido un año
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Ha transcurrido un año

29/11/2019
Actualización 29/11/2019 - 14:55

El próximo domingo López Obrador llegará a cumplir un año como presidente constitucional. Para nadie que lo hubiera visto y escuchado en los últimos cuatro lustros, su primer peldaño no debe resultar sorpresivo.

Él siempre ha querido ser diferente, su larga, sudorosa, frustrante carrera como opositor, ahora se enfrenta a una realidad en la que, a veces con claridad y otras veces a tientas, persigue una utopía: aspira a una reorientación de valores. Es sin duda, lo más difícil a lo que puede aspirar un político. Se requiere un contexto tan dramático que solo Churchill pudo intentar: Solo ofrezco sangre, sudor y lágrimas.

El pasado día 9, el mundo ha celebrado el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín y Francis Fukuyama declaraba en su célebre libro El fin de la historia que la democracia y el capitalismo habían triunfado; una nueva era de prosperidad mundial nos aguardaba. A esa declaración parecían avalar los fracasos socialistas en Albania, Ucrania, Cuba, Camboya, Alemania del Este, Afganistán, la URSS, Laos, Venezuela, etc.

Pero, un gran pero fue la crisis financiera del 2008, que mostró que el capitalismo no era ni eficaz ni estable. Se nos reveló que en tan solo veinte años, los ricos se volvieron inmensamente poderosos al punto que desataron el voto antistema en los dos lados del Atlántico, el Brexit en Inglaterra y la elección de Trump en Estados Unidos.

México no estuvo al margen del descontento y AMLO lo aprovechó.

Nuestro país ha visto en los últimos tiempos cómo una pequeña élite controla una parte determinante de la economía en tanto que crece una población cada vez mayor, ajena a los recursos que le permitan una vida digna, decente. No es gratuito que en la tríada de los hombres más adinerados, en el mundo, se encuentre un mexicano: Carlos Slim. De este contexto emerge AMLO, permanentemente irritado contra los hombres del dinero que lo lleva a la desmesura de querer destruir e inundar un símbolo icónico del poder económico: el aeropuerto de Texcoco.

Ha transcurrido un año en que la corrupción y la austeridad son sus principales banderas para ondearlas entre los pobres que son primero. No obstante, los obstáculos están ahí: imposible que nuestro sistema de salud llegue al nivel de Noruega o Canadá; el huachicol continúa y crece; la educación básica en manos de rufianes; nos sometemos a Trump y nuestras fuerzas armadas persiguen migrantes venidos de Centroamérica y Bangladesh; si colocamos uno tras otro en forma horizontal a los asesinados y desaparecidos este año, serían más de 80 kilómetros (de la CDMX a Cuernavaca); la economía creció 0.01 por ciento.

En un espacio tan pequeño no puedo continuar con los datos duros e innegables, acusatorios de un gobierno improductivo, intolerante e incapaz de reconocer que la verdadera riqueza de una nación se da por su capacidad de asegurar, por medios durables, un alto nivel de vida a todos sus ciudadanos. Para ello es necesario invertir como lo hicieron Singapur, Corea del Sur, Hong Kong, Japón, Canadá, Holanda, Alemania y los países escandinavos en educación y más educación.

Ha transcurrido un año en que las promesas han tenido que ser recalendarizadas: más tiempo para ofrecer seguridad, más tiempo para sacar a Pemex del quebranto, más tiempo para ofrecer salud integral, más tiempo para regalar dinero aquí y allá sin tener acuse de un recibo para un futuro prometedor. Más tiempo para que penetre masivamente la idea que vivimos en una transformación que ya debiera tener rumbo y meta, pero no encuentra las coordenadas ni los asideros.

Ha transcurrido un año donde ya no es posible culpar a Hernán Cortés ni a López de Santana de cochineros, desaparecidos y asesinatos, como tampoco convivir entre los notables de un régimen austero con Bartlett y Napoleón Gómez Urrutia.

Ha transcurrido un año en que los organismos autónomos, contrapeso y balanza para que nadie se erija como soberano y continúe la democracia, dejen de ser asaltados.

Ha transcurrido un año en el muchos sufren y se acongojan ante el presente y futuro. Solo los muy ricos no lloran. Ellos colaboran porque ganarán aún más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.