Vivimos una transformación populista
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Vivimos una transformación populista

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Vivimos una transformación populista

18/10/2019
Actualización 18/10/2019 - 13:14

PARÍS.– Las siempre atractivas librerías parisinas tienen, entre otras, una publicación que pareciera estar dirigida a nosotros mexicanos. El libro tiene un título provocador: Tout va basculer! (Todo se va a desequilibrar) del prestigiado investigador François Lenglet.

El trabajo arranca con los cambios geopolíticos que actualmente se dan en todo el orbe y que tienen como denominador común al populismo.

De esa marea mundial sobresalen el Brexit en Gran Bretaña, Alternativ en Alemania, la victoria de Matteo Salvini en Italia, Rodrigo Duterte en Filipinas, Donald Trump en EU, Jair Bolsonaro en Brasil, Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Viktor Orban en Hungría y López Obrador en México.

En apariencia, cada país ha desarrollado sus propias variantes, pero todos tienen un denominador común que podemos resumir en la férrea voluntad de debilitar las instituciones y centralizar el poder en un solo hombre. Treinta años después de la caída del muro de Berlín se produce un fenómeno inverso a lo que privaba entonces, el ansia de libertad.

Ahora las democracias basadas en la lucha partidista, en el voto y la representación, han transitado a dejar de lado todo aquello por lo que se luchó obstinadamente. En países emergentes, naciones ricas o pobres, democracias o regímenes autoritarios, se da la misma evolución para caer en lo que se conoce como 'populismo'.

A fines de 2018, 14 países sobre 28 en Europa, estaban gobernados por coaliciones de partidos minoritarios, frecuentemente heterogéneos como el hundimiento de la socialdemocracia que había reinado en los territorios escandinavos y con ello su modelo de organización social. En todos los casos, las masas han acusado irritación y desencanto con lo conseguido libremente hasta llegar a entregar el poder lo mismo a un cómico, que a un sacerdote o un supuesto mesías que les brindará la oportunidad de llegar al paraíso.

El caso mexicano es elocuente. Se descubre la corrupción como segunda naturaleza. Un Congreso dominado por la voluntad del Ejecutivo, una Suprema Corte sumisa, el control sobre el Banco Central, la autocensura en los medios de difusión, inexistencia de partidos opositores, satanización de las organizaciones no gubernamentales, el agotamiento de las clases medias que atenuaban el antagonismo entre los grupos sociales y con ello se revive la lucha de clases, ejemplificar que se obra con autoridad moral y se encarcela a personas cuyos perfiles son alimentados como enemigos de la comunidad. Pero si hiciera falta, el nuevo modelo de transformación mexicana se ve robustecido por actos que buscan el aplauso inmediato como son, la venta del avión presidencial, el abandono de las instalaciones de Los Pinos para convertirlas en salones de subastas y ventas de lo que se quiera. A esto agreguemos la nula observancia de leyes y reglamentos, el ensayo para extender mandatos locales como el de Bonilla en Baja California con encuestas manipuladas como las del NAIM. Y los grandes peligros de la Revocación de mandato y la equivalencia del fraude fiscal a crimen organizado. Incluso la opacidad en la muerte de la gobernadora de Puebla para ungir a Miguel Barbosa como jefe del gobierno poblano.

A lo anterior tenemos los cortes de presupuesto que, entre otras calamidades, ha puesto a los institutos de salud al borde del colapso, la disfunción del Conacyt, el abaratamiento del Fondo de Cultura Económica y la entrega de la educación a los integrantes de la CNTE.

¿Queremos más para darnos cuenta?

François Lenglet advierte que el próximo año dos curvas se van a cruzar: la crisis financiera global y el populismo para crear una situación explosiva en la que se dará puerta abierta al autoritarismo.

A esta proyección deberemos agregar la violencia sin más límite que la que los criminales quieran imponernos. De ese sabor es el cóctel que ya comenzamos a apurar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.