El cambio y sus apellidos
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El cambio y sus apellidos

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El cambio y sus apellidos

30/08/2018

En una conversación reciente grabada por TvUnam, el colega José Casar propuso convertir al desarrollo en una obsesión nacional, de todos y para todos. Antes, Enrique Provencio había incorporado algunos temas de la Agenda 2030 como compromisos rectores del Estado y del nuevo gobierno. No hay cumplimiento de esa agenda, convinimos, si no hay mayor crecimiento económico que el habido en los últimos treinta años.

Preguntarnos por qué hemos tenido un desempeño económico tan insatisfactorio, en términos de crecimiento potencial, protección social, salud, educación, etc, es una cuestión que no podemos dejar de hacer(nos), no sólo porque no ha podido ser respondida de manera satisfactoria por sus promotores y ejecutantes, sino porque tampoco desde la sociedad en su conjunto, en la academia, los medios y los partidos políticos se ha podido ofrecer una “buena” explicación y, lo más gravé aún, ofrecer un camino adecuado capaz de erigir un consenso en torno al objetivo de crecer más y de empezar cuanto antes.

Es cierto que la coalición triunfadora propuso que la economía debía crecer al doble de lo registrado, es decir, en alrededor de 4 por ciento anual en vez del triste 2 por ciento o algo más desde 1985. También lo es que tal meta parece realista y, desde luego, indispensable para acometer una agenda como la mencionada. Pero aquí no puede terminar nuestro cuento sobre el desarrollo y su futuro. En realidad, apenas empieza.

De inicio, debe reconocerse que el crecimiento registrado no es fruto lineal de nuestras conocidas deficiencias y contracturas estructurales. Incluso con éstas, es imaginable un desempeño menos malo si cambiamos la orientación de algunas de las políticas centrales con que cuenta todo Estado moderno y si, además, agregamos otras a las que los gobiernos renunciaron sin el menor argumento ni una mínima consideración sobre lo que significaría ese abandono.

En el caso de las primeras, es claro ya que con haber aumentado la inversión pública hasta sus niveles históricos, se hubiera potenciado la inversión privada para romper la trampa del lento crecimiento en que estamos. Es decir, la hipótesis de que la inversión privada sustituiría con creces la reducción de la inversión pública es una ilusión. Juan Carlos Moreno-Brid ha consignado que en el periodo 1970-1981 la inversión pública representó 7.9 por ciento del PIB, mientras que para 2010-2015 pasó a 4.6 por ciento, una caída promedio de más de 5 por ciento en ese periodo.

De haber limpiado las anteojeras en los mandos del Estado, pronto se hubiera llegado a otra conclusión fundamental que tiene que ver con el carácter virtuoso que puede tener una complementariedad dinámica entre ambos tipos de inversión, sobre todo si opera en el marco de un programa nacional de inversiones, como de algún modo los tuvimos en el pasado.

De lo anterior podría haber resultado un crecimiento mayor del producto y con éste uno equivalente en los ingresos públicos, que ampliaría el espacio fiscal y allanaría el camino para una deliberación madura sobre la necesidad vital de hacer una reforma hacendaria dirigida a los ingresos y desde luego al gasto públicos. La deuda volvería a su cauce constitucional clásico y sería usada para invertir y así asegurar su pago gracias a un mayor crecimiento.

Habríamos así iniciado un nuevo círculo virtuoso para el desarrollo y, a partir de la reforma hacendaria, serían mejores las condiciones para una evolución económica menos vulnerable a los ciclos económicos nacional e internacional.

Si además, se hubiere asumido la necesidad de una nueva política industrial para “nacionalizar” la globalización y aumentar el grado de aprovechamiento nacional de las exportaciones, se podría incluso presumir de que la hipótesis sobre el crecimiento liderado por las exportaciones, la apertura, el TLCAN y demás, podría rendir los frutos prometidos. Al contribuir a ampliar los espacios para la inversión y los negocios pero, sobre todo, para afianzar un desarrollo liberado del yugo del déficit externo crónico que irremediablemente nos llevara en el pasado a un endeudamiento corrosivo.

Es tiempo de virar y la mira debe ser puesta en el desarrollo como un gran designio razonable; una obsesión nacional. Si nos animamos y dejamos atrás uno que otro dogma. Y una que otra (des) ilusión oligárquica. Si todos queremos el cambio, llegó la hora de ponerle apellidos. Y sin necesidad alguna de arreglar matrimonios a modo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.