Destruir el gobierno desde adentro
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Destruir el gobierno desde adentro

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Destruir el gobierno desde adentro

22/05/2019

Este martes, el presidente Andrés Manuel López Obrador se reía de quienes en columnas periodísticas creen que ya debería renunciar.

“Uno lee a los columnistas y están ya pidiendo la renuncia del Presidente, pero la gente está en otra sintonía”, comentó López Obrador en la mañanera.

Tiene razón el mandatario. Quien a estas alturas del sexenio –cuando no ha transcurrido ni la mitad del primer año– demande su renuncia suena desubicado, prematuro, cantamañanas, etcétera.

Es lógico, además, que esas peticiones en los medios sean desatendidas por un mandatario con alta popularidad, que confía sobre todo en la fuerza de su monólogo y en el regular contacto popular, donde, en efecto, poco se escuchan reclamos de gran calibre.

Sin embargo, más que atender esas columnas, el Presidente debería escuchar otras señales, por ejemplo las de sus propios colaboradores, que desde hace meses resienten el empoderamiento de la Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda, Raquel Buenrostro, a quien va dirigida, claramente, la carta de renuncia de Germán Martínez al IMSS, documento que ayer sacudió a la opinión pública.

Buenrostro estuvo hace meses a punto de ser corrida de Hacienda. Su jefe, Carlos Urzúa, le reclamó el envío de un oficio que definía a distintas dependencias recortes específicos. Esa instrucción provocó distintos reclamos en el gobierno, y Urzúa llamó a cuentas a su subalterna. Ésta salvó el cuello al prometer que no se saltaría de nueva cuenta las trancas, pero en las semanas subsiguientes, antes que cumplir lo ofrecido al secretario ha logrado que el Presidente deposite en ella más poder de decisión, lo cual ha derivado en parálisis del gasto y en negociaciones bizantinas sobre la reestructuración gubernamental emprendida por AMLO.

Hoy ha quedado al desnudo la disfuncionalidad del modelo concentrador del presidente López Obrador. La carta de renuncia de Germán Martínez debe ser leída no como el anticipo de una crisis en el Instituto Mexicano del Seguro Social, sino como un diagnóstico puntual de lo que ha de ser corregido por el Presidente si no quiere que su administración tropiece con su propio pie.

Los motivos esgrimidos por Martínez permiten varias lecturas. Más allá de discursos oficiales, por supuesto, desveló que la marcha de la inversión en infraestructura en el IMSS está en 0%, que al instituto se le regatea presupuesto para la atención de los más pobres, que el personal del instituto está castigado en número y remuneraciones, y que el abasto de medicamentos vive al filo de la navaja. Por delicado que sea ese diagnóstico, atribuible a decisiones donde interviene Buenrostro, es tan sólo uno de los componentes de la carta.

Destacaría dos más: Martínez advierte en su renuncia que si al IMSS se le quitan, cosa que instruyó Buenrostro en un memorándum fechado el 29 de abril, sus delegados, se vulnera de grave manera la capacidad recaudatoria del instituto y la prestación de los servicios a los derechohabientes. Esto sin contar que un superdelegado nombrado por AMLO no tiene las facultades para nombrar un delegado del IMSS dado que este organismo tiene una composición tripartita, que le confiere gobierno propio, incluidos los mecanismos para nombrar a sus delegados estatales.

Y, segundo, el hoy exfuncionario advierte claramente que hay una intención de desviar dinero del IMSS a otras funciones. Si damos por sentado que los programas sociales del gobierno sí tienen presupuesto, es fácil leer entre líneas que a lo que Martínez se refiere es a Pemex: quitar dinero a atención médica para meterlo a comprar gasolina no suena muy “primero los pobres” que digamos.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador puede desoír a sus críticos cuanto quiera. Pero no debería desatender la carta-renuncia de Martínez, quien incluye en ella gestos de fraternidad hacia el mandatario. Porque al final, no sería raro que el Presidente tuviera razón cuando ayer también decía en la mañanera que los columnistas a veces ni en nuestra casa tenemos influencia.

Sin embargo, el real peligro para el gobierno, y por consiguiente para el país, está en decisiones que, aunque cargadas de buenos propósitos (combatir la corrupción y el dispendio), pueden atascar la marcha de la administración. Decisiones como las que se achacan a Buenrostro, a quien López Obrador escucha en demasía.

Primera llamada, primera. Ojalá el Presidente sepa conjurar errores de su equipo que podrían dañar severamente a su administración… desde el corazón de la misma.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.