Fosalajara, una cara de la guerra
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Fosalajara, una cara de la guerra

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Fosalajara, una cara de la guerra

15/11/2019
Actualización 15/11/2019 - 11:26

Dentro de dos semanas comienza la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el evento literario más importante de México, y el más visible de nuestro país para los extranjeros.

Para viajar a la FIL, muchos toman avión. Al bajar de la aeronave, por los rumbos de Tlajomulco, esos muchísimos viajeros (se calcula que 90 mil cuartos para hospedaje se alquilan cada FIL) estarán recorriendo, al tratar de llegar a su hotel, una ruta de la muerte, una que este año en particular tiene forma de bolsa. De muerte embolsada.

Esa ruta, de Tlajomulco a Guadalajara, de Tonalá a Zapopan, de Tlaquepaque a El Salto, esos municipios de la zona metropolitana de la capital de Jalisco que uno bordea desde el aeropuerto, son un tiradero de cadáveres.

El diario El Universal calculaba el miércoles que durante 2019 han sido localizadas casi 300 bolsas con restos humanos en Jalisco. El periódico Mural del Grupo Reforma publicaba ayer, por otra parte, que “casi por seis se multiplicó la cantidad de cadáveres localizados este año en fosas clandestinas” en ese estado.

Mural agrega: “hasta el miércoles, en la entidad se habían encontrado 28 fosas cavadas por criminales, de las que se extrajeron 135 cuerpos, de acuerdo con cifras de la Fiscalía del estado” y un conteo de la cobertura periodística de esos sucesos. Según ese diario, en 2018 fueron 16 las fosas localizadas y de ellas se sacaron, ese año, 25 cadáveres.

En la recta final de la administración de Aristóteles Sandoval se conoció el drama de decenas de cuerpos sin identificar que deambulaban las calles de esa entidad en la caja de un tráiler, pues ya no había cabida en la morgue.

Durante días, la muerte se paseaba, pues, de un lado a otro. En un guion hubieran cortado la escena por inverosímil. Eso sin contar que fue más bien un accidente que la ciudadanía tuviera noticia de la existencia de esa fosa rodante. Así trataban tales autoridades a los cuerpos que tantas familias buscan.

Un año después la tragedia es diferente, pero no ha cambiado en lo esencial. Suena trillado pero es exacto: la zona neurálgica del estado de Jalisco está cuajada de cementerios clandestinos.

Los conteos de Mural y El Universal dan cuenta, de manera indistinta, sólo de bolsas y fosas. No de ajusticiados en tiempo real ni de desaparecidos (hay un dato escalofriante de que en este estado de poco más de ocho millones de habitantes, se reportan a las autoridades hasta siete personas desaparecidas cada día).

El colega Javier Garza recordaba hace no mucho que los periodistas debemos tener siempre en mente que los criminales desarrollan estrategias para lograr el mayor impacto posible. Que un muerto no será reportado con igual despliegue que el que logrará un cadáver descuartizado, es algo que calculan los delincuentes.

Creo que en el caso de Guadalajara, o Fosalajara, sin embargo, estamos ante otro fenómeno, uno que se tocó brevemente en la opinión pública luego del fiasco de Culiacán, y que hoy de nueva cuenta parece relegado en la agenda, esta semana por el folclor del Evo Show.

Estamos en una guerra. Las bajas de esa conflagración son de dimensiones industriales. Rondan el centenar diario. Y los bandos desechan los saldos de sus crímenes como en cualquier otra guerra: de la manera que menos cueste. Hubo y hay pozoleros, hubo y hay fosas clandestinas.

Lo que no hay es sociedad que quiera reconocer esa guerra. Somos esos turistas que vendrán a la FIL, transitando sobre cadáveres embolsados en busca de libros, tequila y mariachis, tóquense Fosalajara-Fosalajara.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.