La IP, la cultura y las dudas canijas
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La IP, la cultura y las dudas canijas

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La IP, la cultura y las dudas canijas

21/03/2019
Actualización 21/03/2019 - 11:37

Hace un año, conducida por Gustavo Dudamel, la Filarmónica de Viena se presentó en nuestro país.

Dos de sus presentaciones fueron en el Palacio de Bellas Artes, que para esa ocasión hizo algo inusual: las autoridades de cultura decidieron cobrar por algunos boletos el máximo que les permitía el reglamento. Esas entradas, a pesar del costo de 4 mil pesos cada una, fueron las primeras que se agotaron.

Las tres presentaciones, una más ocurrió en el Auditorio Nacional, fueron de lleno total y gracias a patrocinios y a la buena organización, esos conciertos aportaron a las arcas de la Secretaría de Cultura más de 6 millones de pesos (eso sin contar un donativo de varias decenas de euros que aportó Rolex, uno de los patrocinadores).

Por supuesto que no en todos los conciertos se puede ganar dinero, como tampoco las actividades culturales que promueve un gobierno deberían ser sólo manejadas por un criterio ya no digamos de ganancia, ni siquiera de recuperación de costos. La programación cultural oficial debe obedecer a múltiples objetivos, no solo económicos, claro está.

Es posible que la prioridad de la actual administración no sea traer a la Filarmónica de Viena, o una parecida. Veremos en el tiempo y en las programaciones de salas de conciertos, museos y plazas públicas el talante de la nueva administración en esta materia.

Pero el criterio anunciado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha señalado que no dará ni un peso a organizaciones de la sociedad civil, podría igualmente afectar (uso esta palabra sin dramatismo) a actividades culturales que ocurren en nuestro país y que no necesariamente son gestionadas desde y por el gobierno, como es el caso del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México, un acontecimiento que este año llega a su 35 aniversario.

Este festival, creado y mantenido por un comprometido grupo de ciudadanos organizados en torno a una asociación civil, pasa por momentos de incertidumbre. Su patronato se reunió ayer con un moderado optimismo. Las actividades para la 35 edición, que arranca el 28 de marzo, si bien no tantas en comparación con otros años, están garantizadas gracias a sus propios esfuerzos y un apoyo de la Secretaría de Cultura capitalina y de la UNAM. ¿Pero qué ocurrirá en 2020 y años subsecuentes? ¿Subsistirá tan emblemático evento que cada primavera y durante dos semanas enriquece la oferta cultural de la Ciudad de México?

El futuro no luce prometedor. En el anexo 43 del Presupuesto de Egresos de la Federación aparecen, con montos específicos, los proyectos estatales, municipales y no gubernamentales que “se sugiere” apoye la Secretaría de Cultura. Por ejemplo, para el Festival Internacional de Cine de Morelia “se sugieren” 9 millones 500 mil pesos, o para el Festival Cultural del Lago de Chapala, 505 mil pesos. En ese listado, que no es definitivo, no aparece el Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México, que en años recientes había recibido entre 3 y 14 millones de pesos de fondos federales.

A mediados de abril, cuando la Secretaría de Cultura podría anunciar el listado definitivo de apoyos, ¿llegarán buenas noticias para este festival, que junto al Cervantino es de los más añejos del país?

Pero pensemos que no llegarán, que AMLO priorizará otras actividades y dejará fuera de los apoyos a la cultura. Si tal cosa acontece, y críticas aparte al gobierno, la verdadera pregunta es: ¿tiene México empresarios que metan el hombro para apoyar un festival que cuesta alrededor de un millón de dólares al año? Sí, ¿tendrán esos empresarios de apellidos que todo mundo conoce, la altura de sacar la chequera y apoyar la cultura de su país en estos nuevos tiempos? Qué dudas tan canijas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.