Un Presidente falaz
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Un Presidente falaz

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Un Presidente falaz

19/08/2019
Actualización 19/08/2019 - 13:55

En las mañaneras del Presidente muchos de sus dichos son falsos por falaces. La falacia es una figura retórica que se usa para argumentar, de manera aparentemente lógica, la validez de una conclusión que se sostiene en un discurso, debate o diálogo. Andrés Manuel lo hace todos los días y sus seguidores le creen. El Presidente usa las falacias y con ellas cala en la psique de sus seguidores. Él tiene calidad moral y por tanto no se equivoca cuando descalifica a quienes llama sus adversarios, por ejemplo. A nadie consta lo primero, pero con base en esa premisa, que no se ha comprobado, le creen, se enardecen y lo secundan.

Aristóteles decía que la falacia es un razonamiento que a pesar de parecerse a un argumento válido no lo es. Es un error y por tanto no puede aceptarse, al menos en la lógica; lo que no ocurre en nuestra política ni en la psicología social que subyace de la persuasión arrolladora del tabasqueño.

Al margen de si la conclusión a la que se llega con una falacia es verdadera o no (hay coincidencias), el proceso con el que se concluye es defectuoso, porque tergiversa lógica y verdad. Un ejemplo: que el Presidente viaje en avión comercial no ahorra recursos, pues su tiempo es mucho más valioso y necesario que lo que destina en esperas aeroportuarias.

La conducta irracional se ha vuelto regla por la ideología extrema y la fe en el caudillo: “Antes robaban y por eso soy pobre”; “ahora nos ayudan porque antes no estaban primero los pobres”; “las órdenes judiciales adversas, como todo lo que nos afecta, es obra de nuestros adversarios, quienes quieren que nos vaya mal”. Parece que en nuestra vida pública congruencia y racionalidad son la excepción, pues las emociones y los impulsos son poco racionales.

La lógica estudia las falacias en sí mismas, la psicología el modo en que se utilizan y la sociología cómo permean en las masas. Los falsos argumentos están presentes en los discursos del Presidente.

Hay distintos tipos de falacias y parece que el Presidente, voluntaria o involuntariamente, echa mano de varias de ellas:

La falacia Ad ignorantiam procura dar por hecha la veracidad de una idea por el simple hecho de que no se puede demostrar que es falsa, como la mafia del poder, por ejemplo.

La falacia Ad verecundiam, o falacia de autoridad, vincula la veracidad de una proposición a la autoridad de quien la defiende, como si eso proporcionase una garantía absoluta. “Nosotros somos honestos”, “no soy un vulgar ladrón”, “somos diferentes”, “vivimos en la cuarta transformación”, “vamos bien”, “tengo otros datos”… son frases que ejemplifican perfectamente la falacia de autoridad.

Hay quienes definen a las falacias como violaciones a las reglas de discusión; algo así como la forma en que el Presidente responde a las preguntas que le incomodan; ejemplo extremo, aquella vez que terminó contestando cómo entrenaba béisbol en lugar de responder si confrontaría a una de tantas ofensas de Donald Trump.

Una falacia muy común en el razonamiento presidencial, y en todo debate superficial, es la Ad hominem, que consiste en desacreditar a quien dice o hace algo; lo que suele calificarse como erróneo, falso o malvado por el Presidente. La mafia del poder, los de antes, nuestros adversarios, los conservadores, fifís, etcétera.

Hay otro tipo de falacia que se conoce como argumento Ad consequentiam, con el que se trata de aparentar que la validez de una idea descansa en que aquello que se puede inferir de ella resulta deseable o indeseable. Por ejemplo: el aeropuerto de Santa Lucía funcionará porque el pueblo quiere vivir bien; nuestro gobierno es bueno porque no seremos como los otros…

Me parece que la falacia preferida del Presidente es el Argumentum ad populum, que también es llamado sofisma populista, y consiste en atribuir la opinión propia al parecer de la mayoría y deducir de ahí, que si la mayoría piensa esto o aquello, eso debe ser cierto. Nuestro Presidente mezcla este argumento con el resto de falacias para construir un discurso con una estructura fantasiosa pero penetrante: “el pueblo es bueno y sabio”; “lo quiere, por eso actuó así”; “ello es contrario y diferente a lo que hacen los conservadores, la mafia del poder”.

Las falacias pertenecen al mundo de la filosofía, pero el Presidente las usa con un instinto de psicología social altamente eficaz. Me preocuparía más qué tanto de lo que dice no fuera retórica y también se creyera a sí mismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.