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Si gobierna se enferma

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Si gobierna se enferma

20/11/2020

El Presidente que rehúsa gobernar, mojarse los pies, descender a la tierra, enfrentarse a sus paisanos tabasqueños; prefiere volar en helicóptero por primera vez y realizar una inútil crónica desde el aire, hablar sesudamente de metros cúbicos por segundo de caídas de agua o de capacidades de presas.

Porque Andrés Manuel López Obrador™ tiene una clara visión del México que desea, un proyecto de nación madurado en su larguísima campaña. Nunca un hombre atravesó México tantas ocasiones desarrollando ideas y acciones concretas, listas para ser puestas en marcha apenas se calzara la banda presidencial.

Un proyecto de nación fantasioso cimentado en concepciones erróneas y diagnósticos ingenuos. Pensar que dar algo de dinero a jóvenes los alejaría del crimen, o que las mafias criminales aceptarían su “abrazos, no balazos” son los frutos de ese simplismo. Lo mismo que argumentar extraer petróleo no es ninguna ciencia, y que de golpe una paraestatal puede transformarse en un modelo de eficiencia. O que el crecimiento económico estallaría ante el impulso de una inversión privada que respondería entusiasta ante los estímulos públicos, y que el gobierno tendría dinero para gastar a raudales gracias a la “austeridad republicana” y la erradicación, de un plumazo, de la corrupción. ¿El avión presidencial? Se lo arrebatarían de las manos.

El Presidente no sale de esa tierra de fantasía porque se enferma. Vive feliz en ella, confiado, con toda la certeza del mesiánico, que eventualmente será realidad. Porque gobernar no es ninguna ciencia cuando se tiene el apoyo del pueblo bueno.

Una rancia ideología digna del PRI setentero, cuando AMLO se afilió al tricolor, es parte del espejismo. La energía de esa época enciende el entusiasmo presidencial y alimenta la llama de la soberanía nacional. Petróleo como palanca de desarrollo económico, electricidad generada por un monopolio público con combustóleo y carbón. Iniciando la tercera década del siglo XXI, el Presidente de México está embelesado por la energía sucia, como lo está por la tecnología del trapiche. El tabasqueño vive feliz en el pasado, en esa era dorada que nunca existió. El presente lo enferma y el futuro le es incomprensible.

No todo es fantasía, porque también la hipocresía y el cinismo son ingredientes esenciales del obradorismo. La corrupción sin pruebas es el pretexto para cerrar programas (incluso aquellos enfocados en los más pobres), cancelar fideicomisos y recortar gasto. La corrupción del entorno cercano, el efectivo en sobres, los lujos de la familia, las numerosas propiedades de los colaboradores, las asignaciones directas a los cuates, no entran en el imaginario presidencial.

Se enferma cuando se le enfrenta con las acusaciones, con la evidencia de las abundantes raterías. La mirada se vuelve torva, el coraje asoma al rostro cuando fugazmente debe enfrentar esa realidad. Pero la respuesta es rápida, contundente, y lo restaura a la salud: pasquines inmundos, columnistas que perdieron privilegios, intereses oscuros de la defenestrada mafia del poder. Ningún Presidente ha sido tan atacado desde Francisco I. Madero, señal de que esos fifís están amargados porque el poder ya no les pertenece.

Es la paradoja de AMLO: el Presidente más enfermo de poder, necesitado de concentrarlo todo en sus manos, evita encontrarse con los resultados de sus acciones. Es el permanente evasor de esos espejos que lo enferman porque lo confrontan con su persona y gobierno.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.