El Klezmer en Marienplatz
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El Klezmer en Marienplatz

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El Klezmer en Marienplatz

17/10/2019

A estas alturas de octubre es difícil ver aquí un día tan soleado y claro. Había caminado por Isartorplatz y su puerta medieval lucía espectacular. Como a muchos, para entender las ciudades, me gusta perderme entre sus calles. Esta urbe, increíblemente sabe construir futuro porque no sabe olvidar su pasado.

Comencé a caminar en Karlsplatz, luego me dirigí por toda la avenida peatonal que conduce hasta la Marienplatz. En el recorrido estaban los típicos puestos de fresas y cerezas de las que todavía estaban en temporada, en medio de bastantes tiendas de ropa de moda y de tecnología.

A lo lejos, el resplandeciente estilo neogótico del Ayuntamiento de Munich. Eran las once de la mañana en punto.

Justo al lado de la Columna de Santa María —la Mariensäule— un hombre con barba entrecana, con jeans y camisa a cuadros se robaba el espectáculo de la famosa danza de Cooper donde el Carillón acababa de empezar.

Un intenso sonido de un clarinete entonaba el Klezmer —el género musical judío de Europa del Este— en plena plaza, comenzó a entonar la “Mishkale” una mezcla de música gitana con tonalidades de Moldavia que atraía a turistas coreanos, chinos y población local.

Al escuchar, me fue imposible no recrear en mi memoria, cómo era esta ciudad en la Alemania de los 30’s del siglo pasado, donde era impensable ver a este hombre tocar en el pleno centro, donde el partido nazi edificó gran parte de su ideología.

Después del breve lapsus, el círculo de turistas que se había hecho alrededor del músico, había desaparecido y nos quedamos prácticamente solos frente a frente. Entonces, se acercó a presentarme su CD de música que tenia como portada una fotografía de él y un título que decía: “El Klezmer de Konrad”.

Qué bien toca Konrad, ¿es usted músico profesional? Le pregunté.

Se carcajeó y me dijo: “nunca estudié profesionalmente música, soy un alumno de la vida”, tomó aire y dijo “me dedico a ser feliz” sentenció de nueva cuenta con un inglés con acento bávaro.

Me gustó su respuesta y actitud. Me volvió a mostrar su disco, para insistirme se lo comprara. Le comenté que no tenía forma de usar un CD; entonces sacó de su bolsa de pantalón, un iPhone y me mostró magistralmente desde iTunes cómo descargarla.

Lo felicito, es usted no sólo un buen músico sino un muy buen vendedor. Le extendí la mano para despedirme y cuando me iba a retirar me dijo:

“Hace dos semanas me despidieron de mi último trabajo y me pidieron jubilarme, porque mi trabajo ya es automatizable. Me han sustituido con un robot, pero para mí el retiro no existe”.

“El retiro no es una opción para mí. La vida es reinvención; atreverte a ser lo que siempre quieres, pero por razones menos importantes de lo que parece, no puedes lograrlo”.

Me quedé sin palabras. Para pensar qué decir, volteé alrededor y de reojo, miré la pequeña librería que estaba a nuestro lado. En la vitrina, “El Capital” de Marx junto a otros libros que hablaban de la cuarta revolución industrial.

Entre tantos símbolos del momento, volví a pensar en la silenciosa transformación que estamos viviendo. Es verdad, —me dije al interior— lo que mata ahora también a la gente es el ocio y la depresión por los vacíos del tiempo.

Si antes las luchas de la burguesía versus el proletariado dieron auge a un movimiento de valores antagónicos entre seres humanos, hoy el nuevo paradigma de la confrontación está en un nuevo lumpen; los seres humanos que no están preparados y están marginados frente a los robots; el nuevo “Capital” y el paradigma de la emancipación humana está en el entendimiento de la creación de valor para afrontar una nueva marginación, más orientada a la plusvalía de rendimientos exponenciales que las ganancias marginales del pasado.

La Marienplatz me estaba dando una lección para entender cómo construir progreso frente a dos grandes realidades que vive la humanidad: seres humanos que tienen exceso de tiempo convertido en ocio y aquellos quienes requieren más de 3 o 4 trabajos para subsistir en medio de la automatización.

Konrad me hizo recordar la necesidad de luchar contra la esclavitud de hoy: el exceso de libertad, ocio y poca durabilidad del conocimiento. Me hizo volver a pensar en los universitarios que no encuentran trabajo para lo que estudiaron; en los adultos que se jubilan prematuramente y en la crisis mundial de las pensiones.

Es curioso: en esta época en que todo esta dado para emprender y ser más libres para decidir, nos educan a ser más dependientes de un empleo y de una rutina. En lugar de enseñarnos a pensar, nos educan a consumir dependencia; ser consumidores en lugar de creadores.

Volví del lapsus a la realidad, entonces al decirle adiós, pude entender la felicidad de Konrad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.