En una cochera de Bangalore...
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En una cochera de Bangalore...

14/11/2019

Hace 20 años dejé todo lo que me daba seguridad y confort rumbo a mi inseguridad para abrazar el riesgo. Adopté retos y rechacé la calma. Hoy, a la distancia de esos años, donde nada había que perder y tenía todo por ganar, sigo pensando que la tranquilidad a destiempo es tóxica para quien quiere seguir construyendo.

La forma en como me educó mi papá —en medio de Spinoza, Asimov, Bacon y Konrad— me hizo siempre rechazar la tranquilidad y la autocomplacencia. A él no le gustan las etiquetas, “no importa si eres de izquierda o de derecha, lo importante es que sepas resolver necesidades para los demás y aprendas a crear soluciones que den valor a la sociedad”, me sigue diciendo hasta hoy.

Alex Williams en su libro “Inventar el futuro” dice: “en la actualidad, buena parte de las demandas clásicas de la izquierda —menos trabajo, la eliminación de la escasez, la democracia económica, la producción de bienes útiles para la sociedad y la liberación de la humanidad—son materialmente más factibles que en cualquier otro momento de la historia”.

Si estas demandas significan ser de izquierda, que me apunten en la lista.

Mi paso por China, me hizo entender todo lo que me dijo mi papá pero sobre todo ver cómo la ideología no se convierte en ataduras sino en guía para no perderse en la vida.

En el camino, pude ver los efectos prácticos de la innovación, la resiliencia cuando millones de seres humanos transgredieron todas las reglas de su origen para salir de la pobreza creando riqueza y un nuevo destino. El gobierno no mitigaba por sí solo la pobreza, creaba ecosistemas para que la gente pudiera transformar su realidad con más rapidez.

Ni siquiera fue en China; fue en una cochera en Bangalore, conectada a wifi, con teléfonos inteligentes convertidos en terminales de punto de venta; en mesas de trabajo convertidas en escritorios de un call center, lo que me hizo entender el significado de la resiliencia y la posibilidad de derrotar la dictadura del origen donde nacimos.

Cuando veía a jóvenes que usaban la globalización, y no a la inversa, pude comprender que el éxito económico de cualquier sociedad, está en romper las barreras estructurales —incluyendo las raciales— de la movilidad social y en crear ecosistemas de ventajas competitivas, para romper las desigualdades de los monopolios y oligopolios. Así atestigüé la metamorfosis entre subdesarrollo y emergencia económica.

Habiendo entendido esto, empecé a creer en una izquierda que ve el futuro y no se ancla en el pasado. Vi que el mundo sí puede construir progreso, cuando conocí emprendedores en Madras, quienes me enseñaron la importancia de la infraestructura mental: trabajo, trabajo y lo mas importante nunca ser esclavo de un lugar físico sino adoptar la ubicuidad a través de la tecnología.

Entonces, ¿qué hace diferente a alguien que nació en pobreza en Bangalore y a otro que nació en Iztapalapa? Ambos tienen barreras, la diferencia es la resiliencia para romperlas y utilizar el ecosistema para hacerlo. La pobreza no es una cuestión de decisión, sino una mezcla de circunstancias-entorno frente a reacciones individuales para mudarse o aprender a crear ecosistemas competitivos. Es más fácil cambiar de lugar que el lugar.

Para la izquierda que visualiza construir esos ecosistemas que rompen barreras entre pobreza y riqueza, la globalización solo puede funcionar si la libertad de los mercados en lugar de aumentar la desigualdad, favorece la competitividad y la meritocracia para tener más autoempleo, más emprendimientos y menos trabajadores con seres humanos con reloj checador.

Por todas estas razones, hace exactamente 10 años, decidí publicar “La Era Microglobal” un compendio de las experiencias que me hicieron emprender en Asia, y una de las principales conclusiones a las que llegué fue que la tecnología en el capitalismo occidental ha servido para impulsar más castas sociales mientras que en Oriente para democratizar oportunidades.

La cochera cuando tiene wifi de buena calidad, cuando deja de guardar automóviles para crear soluciones en otras partes del mundo, cuando en lugar de ser un espacio medio muerto, se vuelve un generador de servicios para jóvenes que se conectan con el mundo para hacer presentaciones corporativas porque hablan inglés, entonces uno entiende el poder transformador de los seres humanos sobre los espacios.

Hoy está de moda elegir a quien creerle en lugar de formar una visión propia. Ésta es la época donde tenemos una opinión sobre casi todo basada en casi nada. Los sesgos mentales, nos hacen considerar como cierto, no lo que es real sino lo que coincide con lo que pensamos. Por eso es tan importante ver la alquimia entre pobreza material y una de conciencia. Creo que este es el primer paso para aprender a transformar una cochera.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.