Microcuentos de confianza
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Microcuentos de confianza

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Microcuentos de confianza

28/11/2019

Hugo estaba terminando de tomar un jugo de zanahoria en la nueva frutería de la colonia. Observaba su bicicleta todo el tiempo; no obstante que la había dejado amarrada a un poste de la esquina, no confiaba en los alrededores. En dos horas tenía que entregar la presentación que estaba preparando para su primer cliente, pero la falta de concentración, el nerviosismo de haber fallado por la necesidad de entregarla el día anterior, le impedían reflejar todos los conceptos que prometió y que había explicado con una claridad espectacular.

Cuando llegó a su casa, recibió un correo pidiendo que enviara por adelantado la presentación para poder evaluarla y poder comenzar a autorizar el pago por la misma. No quería enviarla y el primer cliente terminó pagándole, pero ambos dejaron de continuar la relación profesional.

Un gobierno acaba de lanzar la licitación para construir el primer edificio inteligente de la ciudad; la promesa era que los inversionistas aportarían el capital de riesgo y el gobierno le permitiría generar servicios de procesamiento de datos para la ciudadanía y de ahí recuperar su inversión y ganancias. Se hizo todo el procedimiento legal y un proceso cívico de participación ciudadana para construir los servicios que la comunidad quería. Las autoridades en turno, no pudieron inaugurar la obra y cuando llegó un partido político diferente al gobierno, anunció más obras de edificios inteligentes, pero cancelando el proyecto original. Después de seis años, no había arrancado ningún otro proyecto de inversión.

Las vacaciones más esperadas del año estaban por llegar. La planeación del viaje y todos sus detalles habían tomado más de cuatro meses. Restaurantes, hoteles, circuitos y todos los festejos iban tomando forma. En la mañana en que Alberto le iba a enseñar a Mariana todo el viaje en su iPad, entró un SMS que desvió completamente la atención de ella y en lugar de ilusión, un enorme nubarrón iniciaba. Alberto, por más que quiso explicarle que no pasaba nada, Mariana ya no quiso viajar. Se perdió no solo todo lo pagado, sino los servicios contratados y los gastos planeados en Puerto Escondido, Bahía de Banderas y Guanajuato. Javier y Morán que estaban contratados como guías, fueron despedidos. Un conflicto sentimental impidió generar beneficios económicos.

Como éstos, hay millones de casos en que las expectativas y la necesidad de confiar en los demás se ve superada por los miedos, la carencia por la verdad y sobretodo, la ausencia de voluntad para creer en que se puede crear, por la enorme barrera que se produce previamente para juzgar. El mundo vive —dentro de sus profundas crisis— una muy sonora y grave: la sociedad de la confianza se desmorona todos los días en aras de construir la sociedad de las expectativas.

Yuval N. Harari dice que “de forma individual, los humanos saben vergonzosamente poco acerca del mundo, y a medida que la historia avanza, cada vez saben menos... Nos basamos en la pericia de otros para casi todas nuestras necesidades”.

Lo mismo que se reproducen noticias falsas, las personas construyen juicios sin pensar; calificativos sin razonar que se reproducen como verdades absolutas en medio de las profundas microheridas que se van produciendo todos los días en las relaciones humanas.

¿En qué consisten los efectos económicos de la falta de confianza en una sociedad, en una relación humana y en una comunidad? La economía, lejos de ser una ciencia exacta que puede predecir patrones en relación a la oferta y demanda, hoy más que nunca, son los efectos emocionales los que rompen la regla de todo lo que antes podía permanecer constante. Los algoritmos ya no son suficientes para descifrar las emociones humanas.

El crecimiento económico depende de aprender a construir sociedades de confianza; personas que sean capaces de mirarse a los ojos y puedan sostener miradas en lugar de construir evasivas y distancias. Las enormes crisis económicas de hoy, como en el tiempo, radican en la sustitución de la productividad por la especulación. Como en una pareja, cuando la confianza se rompe, no hay forma de volver a pegar los vidrios rotos. El símil, entre sociedad y gobierno, es dramáticamente similar.

Así como hoy, el negocio de todas las aplicaciones móviles es descubrir al amor de tu vida, —para que dure solo un par de horas— mientras llega el que sigue; así como ese negocio no consiste en la durabilidad de una relación, sino en la versatilidad para conocer más y más personas, los capitales solamente van a donde haya una tasa de interés atractiva de corto plazo o donde un gobierno sepa sustituir los obstáculos de la especulación con estímulos a la confianza.

Hoy, la sociedad de la confianza, no se construye con declaraciones políticas, se construye aprendiendo a mirar a los ojos para iniciar la cura de las heridas, donde ahí solamente, se descifran las verdades más poderosas y se descubren las causas de recesiones racionales. Solo ahí, detrás de profundos mapas de sentimientos que crean geografías enteras de carencias de confianza están las respuestas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.