Francisco Javier Gamboa, eminente jurista
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Francisco Javier Gamboa, eminente jurista

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Francisco Javier Gamboa, eminente jurista

27/09/2019

Trazar el perfil espiritual del abogado de ayer, puede resultar inspirador para el abogado de hoy y de mañana. Para comprender a los hombres y sus instituciones es muy conveniente estudiar su historia, porque en ella se da la realización del hombre por el hombre.

Francisco Javier Gamboa, nació el 17 de diciembre de 1717 en la ciudad de Guadalajara. Estudió gramática en el colegio jesuita de san Juan Bautista, luego pasó al colegio de san Idelfonso fundado en el siglo XVII por la Compañía de Jesús en la Ciudad de México. Descolló de modo excepcional en sus estudios, al grado de ser designado para sustentar un solemne acto académico filosófico-jurídico. El colegio de san Idelfonso fue semillero de cientos de estudiosos y sabios personajes en varias ramas del conocimiento: Francisco Primo de Verdad y Ramos, Francisco Javier Alegre, Antonio León y Gama, etc. Para destacar en la profesión de abogado, no basta conocer la ciencia jurídica, es menester poseer una amplia y sólida cultura y una formación humanista, la cual convirtió a Gamboa en un abogado fuera de serie.

José A. Alzate en su elogio a Gamboa escribió: “creyó deber dedicar parte de sus desvelos a estas facultades, que le sirvieron después infinito para elevar su reputación… con facilidad logró distinguirse entre sus contemporáneos. En efecto su estilo era claro, sencillo, su argumentación ordenada, precisa y bien estructurada. Su estudio de las ciencias exactas le sirvió para profundizar sus legislaciones sobre la minería”.

Gamboa trabajó como practicante en el despacho de José Méndez, abogado de gran renombre, cuando este falleció, sus clientes continuaron con Gamboa, que con gran acierto llevó a feliz término sus asuntos, en medio de la admiración general. La fama de Gamboa creció como la espuma, pero con mucha más solidez que esta, puesto que estaba cimentada en su dedicación al estudio, en su inteligencia penetrante, en el amor a la justicia y en la elocuencia. Su merecida fama llegó a oídos del rey de España, que en 1755 lo llamó a la Corte de Madrid para que realizara importantes negociaciones que condujo con gran éxito.

En España, Gamboa elaboró su célebre libro Comentarios a las ordenanzas de Minas que le dió prestigio internacional. Al regresar a México fue nombrado Alcalde del Crimen en la Capital de la Nueva España. Allí luchó contra el abuso de reducir a servidumbre, casi a esclavitud, a la gente del pueblo que se había endeudado o había cometido delitos de poca monta. Hizo además, reformas a la policía y ordenó la administración de la ciudad, que estaba infestada de amantes de lo ajeno. Un poco después Gamboa fue ascendido a Oidor de la Real Audiencia y designado como árbitro en el conflicto de la huelga de los mineros de Real del Monte, que denunciaban los abusos de Romero de Terreros, dueño de la mina. Gamboa sabía que en la mina había “vapores nocivos”: azufre, sulfuro de antimonio y arsénico, entre otros. El pago de los mineros lo designó como “salarios amargos”. Al año siguiente de la conclusión de la huelga, surgió un inesperado conflicto que afectó indirecta pero gravemente a Francisco Javier Gamboa. En la madrugada del 25 de junio de 1767, entró en vigor la Real Pragmática del rey Carlos III, por la que expulsaba a los jesuitas de todos sus dominios “por razones que guardaba en su real pecho”.

En algunas ciudades del país, para defender a los jesuitas, hubo connatos de violencia que fueron despiadadamente reprimidos. En la capital varios grupos mostraron su desacuerdo con la expulsión, entre ellos la Real Audiencia de la que Gamboa formaba parte. Por ese tiempo circularon algunos libelos que defendían la enseñanza moral de los jesuitas en contra de las interpretaciones rigoristas. Sin ninguna prueba se implicó a Gamboa en la redacción de estos libelos, por lo que el rey ordenó “promoverlo” a un puesto administrativo en España. Así se cumplió el famoso lema “promoveatur ut removeatur”: que se promueva con tal que se remueva. Sería muy prolijo detallar los numerosos conflictos en los que Gamboa triunfo gracias a su “ingenio vivo y penetrante”.

Gamboa también se distinguió por combatir la corrupción en la administración pública, tal fue el caso de la Lotería Nacional. Francisco Javier Gamboa murió el 6 de junio de 1794, a sus pompas fúnebres, asistieron los miembros de la Real Audiencia, los alumnos de san Idelfonso y numerosos escribanos, abogados y soldados de la corona. Merecido homenaje a un abogado íntegro y eminente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.