La felicidad del infeliz
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La felicidad del infeliz

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La felicidad del infeliz

24/01/2020

El número de los ancianos y su maltrato es un problema nacional y mundial que va en continuo aumento. Según cálculos de la ONU, en el año 2021 a nivel mundial, los adultos mayores serán el 16.7% de la población. En 2025 habrá 113 millones de ancianos en la Unión Europea. Actualmente en México existen aproximadamente 16 millones de ancianos. En 20 años el número de personas de la tercera edad se incrementará notablemente. El índice de envejecimiento del año 2000 al 2015 subió 18% y en 2050 el crecimiento será de 21.5%.

Los problemas de salud afectan de modo especial a los adultos mayores. En México un anciano de setenta y nueve años podría vivir con relativa salud once años más, pero el país no está preparado para enfrentar este problema. Debería haber un geriatra por cada cuatro mil personas mayores, por lo que se requerirían al menos 20 veces más.

La cultura de un pueblo, el cultivo de lo humano, el aprecio de la persona, está por encima del progreso científico. La compasión por los miembros más débiles de la sociedad y su promoción psicológica y espiritual es un relevante aspecto de la justicia social. La dignidad de la persona humana no se pierde con la edad avanzada ni con los achaques y limitaciones que deterioran la salud, tanto psíquica como corporal. Al joven se le pide adaptarse a la sociedad, a la sociedad se le pide adaptarse al anciano.

Ante el declive de la salud física, se puede mantener una salud del espíritu que algunos psicólogos denominan salud psíquica. Esta puede caracterizarse por la lucha contra la depresión, por una actividad intelectual razonable y por la vivencia de los valores del espíritu. No se descartarían del todo los fármacos tranquilizantes y/o antidepresivos y algunas actividades físicas y psíquicas gratificantes como la lectura, la música y películas que fomenten la reflexión, la meditación y el silencio interior.

El avanzar en edad no es un retroceso, se acrisola la sabiduría que se fue aprendiendo a lo largo de la vida: el cultivo de la vida interior, la redimensión de los valores espirituales y la supremacía del ser sobre el tener. Sin duda la juventud es una etapa extraordinaria de la vida, pero no se debe exacerbar su valor. El culto a la juventud se podría convertir en una idolatría. A este propósito el general Douglas McArthur tenía esta consigna en su mesa de trabajo: “la juventud no es un período de la vida, sino un estado del espíritu”.

Ahora bien, una especial cualidad de la vejez debería ser el procurar vivir los valores y prepararse a morir. Como decía Pablo de Tarso “aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día. (2 Cor 4,16). Asimismo, se debería recordar la ley del grano de trigo, que muere para resurgir con una nueva vitalidad (Jn 12,24). Jean Paul Sartre, que se definía como el ateo perfectamente lógico, casi ciego al final de su vida confesaba en la última entrevista a Benny Levy: “la esperanza forma parte del hombre… fue más tarde cuando me vino la idea del valor de la esperanza”.

Las consideraciones anteriores las plasmó de modo genial Giovanni Papini en uno de sus últimos artículos en el Corriere della Sera, titulado La felicidad del infeliz; “me asombran aquellos que se asombran de mi calma en este estado miserable al que me ha reducido la enfermedad. He perdido el uso de las piernas, de los brazos, de las manos; he llegado a estar casi ciego, casi mudo... No puedo ya leer y casi me es imposible conversar y dictar. Son pérdidas irremediables y renuncias tremendas, sobre todo para quien tenía el vicio de caminar con pasos rápidos, de leer continuamente y de escribir todo por sí mismo: cartas, pensamientos, artículos y libros.

Sin embargo, no hay que desestimar lo que me ha quedado, que es más y es mejor.

He conservado –es cierto, al precio de diarios combates– la fe, la inteligencia, la memoria, la imaginación, la fantasía, la pasión de meditar, de razonar, y esa luz interior que se llama intuición o inspiración. He conservado igualmente la facultad de amar incluso a aquellos que no he conocido en persona y la alegría de ser amado por aquellos que me conocen solamente a través de mis obras. Y puedo todavía comunicar a los demás, si bien con torturante lentitud, mis pensamientos y mis sentimientos…los signos esenciales de la juventud son tres: la voluntad de amar, la curiosidad intelectual y el espíritu agresivo… por más que parezca risible delirio, tengo la audacia de afirmar que me siento aún hoy levantado en el mar inmenso de la vida, por la marea implacable de la juventud”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.