5 historias del amor en los tiempos de las ‘apps’
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5 historias del amor en los tiempos de las ‘apps’

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5 historias del amor en los tiempos de las ‘apps’

bulletA propósito del Día del Amor y la Amistad, aquí algunos relatos que dan una fotografía de cómo pueden ser las relaciones, y las personas, en algunas de las apps más populares.

Eduardo Bautista
14/02/2020
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Este sí, este no, este sí. Ser usuario de una app de citas es como ir al ‘súper’: eliges lo que te gusta, aunque lo que diga la publicidad no sea necesariamente el contenido.

Hay aplicaciones para diferentes gustos, y, claro, cada quien habla ‘como le va en la feria’. Buenas, malas, pésimas experiencias hay en en este mundo del amor digital.

A propósito de la fecha, buscamos 5 historias que dan una fotografía de cómo pueden ser las relaciones, y las personas, en estas apps. Por cierto, las aplicaciones de citas las usa el 35 por ciento de los mexicanos, de los cuales el 42 por ciento las instala inmediatamente al terminar una relación, según The CIU.

Alan, 27 años. Ejecutivo de Administración.

Adopta un Chico. Yo sí buscaba pareja. En esta app todo es diferente: ahí sí debes hacer más énfasis en tus gustos y actividades para tener coincidencias. No es como Tinder, donde casi todos se dejan llevar por la foto.

Un día hice match con una chica que me llamó mucho la atención. La primera vez que nos vimos fuimos a cenar al Hotel Condesa y ya, no le dimos mucho seguimiento a nuestra relación. Pero pasó que nos gustaba mucho ir a conciertos.

De pronto ya salíamos mucho y platicábamos diario. Nos enamoramos y nos hicimos novios. Ya llevo dos años con ella. Hace un año le propuse matrimonio y ya vivimos juntos. Nos casamos en un mes, estamos muy felices. La gente se saca de onda con nuestra historia, pero en nuestro círculo social vemos cada vez más parejas que se conocen por las apps. Llegamos a la conclusión de que nosotros jamás hubiéramos coincidido en el mundo real. Habernos conocido en un concierto de 70 mil personas era prácticamente imposible; un algoritmo lo hizo posible.

Marisol, 27 años. Comunicóloga.

Bumble y Tinder. Comencé a usar apps porque me encanta viajar sola. Mi propósito era conocer gente que me guiara por las ciudades. Durante mi viaje en Oslo hice match con un sueco. Vi sus fotos y creí que era ‘cool’. Me dijo que quería conocerme y que lo acompañara a una fiesta. Dudé: ir a una fiesta con un desconocido en Noruega no parecía lo más seguro. Al final acepté.

Cuando llegué, él estaba muy raro: era callado, serio y creo que estaba borracho. Me di cuenta de que no éramos compatibles. Sí hubo besos y toqueteos, pero la verdad no fue cómodo. Fue muy brusco. Yo sólo quería que todo acabara. Yo no llevaba llaves, ni tenía datos. Me espanté. En un momento dije: ¿qué hago aquí?

La fiesta fue el pretexto que utilizó para sacar un acostón. En estas apps hay muchos hombres que sólo quieren sexo. Y no está mal si ambos están de acuerdo, pero no era mi interés.

Seguí utilizando las apps porque no conocía a ningún hombre interesante en la vida real. En México salí con alguien que me interesó mucho, pero al poco tiempo se fue a estudiar a otro país. Al final, en Tinder la gente se va: todo es pasajero en esto.

Valeria, 37 años. Ingeniera en TI.

Tinder y Bumble. Las instalé porque quería cambiar de círculo social. Una vez, conocí a un ‘gringo’. Era entrenador fitness. Me pareció agradable. Salimos e hicimos clic. Tuvimos una relación de un par de años. Lo que no me dijo es que era alcohólico, y es lógico: en Tinder nadie anuncia sus traumas.

Cuando lo conocí, no bebía; era tan atlético que no imaginé que tuviera una adicción. Pero sí: recayó en el alcoholismo durante el noviazgo. Me enteré que su familia lo había corrido en Estados Unidos por caótico. Era agresivo, se peleaba en la calle con quien fuera. Me daba miedo. Decía que yo lo engañaba, era celoso y mentía mucho.

Los alcohólicos se vuelven chantajistas. Traté de apoyarlo, pero un día no pude más y terminamos. Hoy ya no uso ninguna app de citas. Llegué a salir con más personas, pero les molestaba que tuviera una carrera o que ganara más que ellos. Aprendí mucho. Creo que estas apps están llenas de gente desesperada por conocer a alguien o desesperada por escapar de algo. Y no está mal. Pero si hay una palabra que describa esto es esa: desesperación.

Hugo, 28 años. Emprendedor inmobiliario.

Bumble. Instalé la app porque acababa de terminar con mi novia y me sentía solo y enojado. Durante dos años, toda mi atención se enfocó en mi relación y me quedé sin círculo social. Estaba ansioso y bajé Bumble. Un día hice match con una chica. No me gustaba físicamente, pero su conversación parecía interesante: teníamos gustos musicales y literarios similares.

La vi en un bar, y luego cada quien se fue a su casa. La segunda vez yo estaba muy ebrio con mis amigos en un bar cuando de repente me escribió. Acepté verla. Bebimos y bailamos hasta muy noche. Yo ni siquiera le prestaba atención: sólo no quería sentirme solo. Ya borracho, comenzó a gustarme. Fuimos a su casa.

Al llegar, comenzó a hablar sobre sus problemas familiares. Dijo que odiaba a su madre y que su padre la había abandonado. Que no se dejaba controlar por nadie y hubo un punto en el que insinuó que ella mandaba en esta relación. Me desesperé: ya llevaba dos horas hablando sobre lo independiente y grandiosa que era. Me harté y la besé.

Fui al baño e inhalé algo de cocaína. Me sentí fuerte, capaz de tener contacto físico con alguien que ni siquiera me gustaba. Recordé a mi ex. Al terminar todo, me sentí peor que antes de instalar la app. Cuando se fue al baño, aproveché para vestirme y huir. No tenía pila; tuve que caminar hasta mi casa. Iba borracho y solo.

Le mandé mensajes por WhatsApp a mi ex que luego borré, así que nunca supe qué le escribí. Lo peor de todo es que a ella ni siquiera le importaron mis mensajes borrados. La chica de la app me contactó días después: “¿Qué, ya no vamos a acostarnos? Dejaste oliendo mi almohada a ti”. La bloqueé y eliminé su número.

Bernardo, 28 años. Profesor de Filosofía.

Grindr. Si quieres que pase algo y eres gay, esta app es la mejor opción. En mi perfil puse que quería practicar francés y no tardé mucho en conocer a un francés que resultó ser mi vecino.

Un día salimos y, en efecto, practiqué el idioma, pero de pronto me insinuó algo y acabamos en mi casa. Me dijo que los mexicanos teníamos la mala costumbre de ir muy rápido; él fue lento, paso a paso: hasta sentí que me volvió a enseñar a besar.

Todo iba bien hasta que supe que estaba casado con otro hombre. Me decía lo típico: que su matrimonio ya estaba en crisis. Era confuso, pero seguíamos saliendo.

Un día me dijo que ya no podía tener sexo conmigo porque estaba enamorado de alguien más, que obviamente no era yo, ni su esposo. Pese a eso, no dejé de usar la app.

Otro día, tuve un encuentro con un hombre de casi 50 años. Entre las fantasías gays más recurrentes está el acostarte con un ‘daddy’. Entonces, cuando me habló este hombre, que también era francés, pensé que era el momento de cumplirla. Me atrajo bastante, pero a la hora de intimar con él me arrepentí.

Es muy distinto estar con alguien mayor; su piel le colgaba, no fue agradable. Pero quizás la historia más loca fue cuando, una vez en el Kinky, ya bastante borracho, conocí a alguien de la app que me propuso hacer cruising: tener sexo en la calle. Estuvo chido.