En la mayoría de los casos, la construcción de un patrimonio depende más de evitar errores que de aciertos espectaculares. Resulta sencillo dejarse llevar por eventos ya ocurridos, como el alza del oro o del bitcoin, mientras pocos reparan en lo mucho que se perdió durante los ajustes de mercado, en parte porque casi nadie platica sus desaciertos.
Tendemos a imitar a quienes alcanzaron el éxito y pasamos por alto el aprendizaje de quienes quedaron en el camino. El llamado “sesgo del superviviente” describe esa inclinación a extraer conclusiones a partir de una muestra incompleta. Durante la Segunda Guerra Mundial, el estadístico Abraham Wald advirtió que los análisis sobre aviones dañados solo consideraban a los que regresaban. Sin embargo, los que no volvían aportaban la información más valiosa, porque ahí residía la verdadera vulnerabilidad.
En finanzas personales aparece un patrón similar. Escuchamos con atención las historias sobre el triunfo en los negocios o en las inversiones, mientras que rara vez revisamos los patrimonios perdidos en el proceso. Por ejemplo, cerca de uno de cada cinco emprendimientos cierra en su primer año y casi la mitad queda fuera antes del quinto.
Toda construcción patrimonial implica incertidumbre. La dificultad surge cuando alguien asume un riesgo sin comprender su probabilidad, ni sus posibles consecuencias. En cambio, cuando una persona invierte con plena conciencia en un proyecto incierto, gestiona su exposición de manera deliberada.
De ahí, el sentido de la diversificación, pues representa la aceptación de que desconocemos qué alternativa prosperará.
Además, habrá de considerar que, en muchos casos, la pérdida potencial es mayor a una posible ganancia extraordinaria.
Construir un patrimonio con criterio implica ampliar la visión. Antes de comprometer recursos relevantes, vale la pena preguntarse qué ocurre si uno forma parte del grupo perdedor. La moderación financiera convive con la ambición y la iniciativa; por eso es recomendable integrar en la decisión tanto el potencial de avance como la posibilidad de retroceso.
En un entorno en donde las historias de éxito circulan con rapidez, incorporar a los perdedores invisibles en el análisis se convierte en un acto de responsabilidad personal.
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