Carlos Serrano Herrera

PACIC: buenas intenciones, mala solución

El problema es siempre el mismo: si el precio fijado por decreto queda por debajo del precio de equilibrio, los productores pierden el incentivo para abastecer el mercado. La escasez es la consecuencia.

El pasado 29 de mayo, la presidenta Claudia Sheinbaum encabezó en Palacio Nacional la renovación del Paquete Contra la Inflación y la Carestía (PACIC), acuerdo mediante el cual el gobierno y 20 empresas se comprometieron a mantener en $910 pesos el precio máximo de una canasta de 24 productos básicos. El objetivo es contener la inflación y proteger el poder adquisitivo de las familias mexicanas, especialmente las más vulnerables. El propósito es, desde luego, loable. La solución, sin embargo, es equivocada y conviene explicar por qué.

El primer problema del PACIC es conceptual: confunde inflación con cambios en precios relativos. La inflación es un fenómeno monetario: un aumento sostenido y generalizado en el nivel de precios, provocado típicamente por un exceso de demanda agregada o por una expansión monetaria descontrolada. Lo que México ha experimentado en los meses recientes es algo distinto: el alza en algunos precios específicos derivada de dos choques de oferta bien identificados. El primero fue la modificación al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) a ciertos productos. El segundo, más reciente, ha sido el conflicto en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, que ha presionado los precios internacionales del petróleo y, con ello, los costos del transporte y algunos insumos agrícolas. Estos son aumentos en precios relativos, no inflación generalizada. La distinción importa enormemente para el diagnóstico y, sobre todo, para la política económica.

Cuando suben los precios de algunos bienes por razones de oferta, la respuesta correcta no es congelarlos: es dejar que los mercados hagan su trabajo. Un precio más alto envía señales simultáneas a consumidores y productores. A los primeros les dice que consuman menos de ese bien y busquen sustitutos. A los segundos les indica que hay rentabilidad en producir más de ese artículo, lo que eventualmente incrementa la oferta y modera el precio. Este mecanismo de ajuste, que describe Friedrich Hayek como el sistema de señales más eficiente que conocemos, es precisamente lo que los controles de precios distorsionan.

La historia económica es contundente al respecto: los controles de precios no funcionan. El ejemplo más ilustrativo en el mundo desarrollado fue el programa implementado por el presidente Richard Nixon en agosto de 1971. Ante una inflación creciente, Nixon congeló precios y salarios por noventa días, prorrogando luego el programa en distintas fases hasta 1974. El resultado fue el opuesto al deseado: escasez generalizada de productos, mercados negros, y una inflación que al levantarse los controles fue aún más virulenta de lo que hubiera sido sin ellos. El problema es siempre el mismo: si el precio fijado por decreto queda por debajo del precio de equilibrio, los productores pierden el incentivo para abastecer el mercado. La escasez es la consecuencia.

México tiene su propia evidencia reciente. El gobierno de López Obrador lanzó el PACIC por primera vez en 2022, cuando la inflación rozaba el nueve por ciento. El programa no modificó en nada la trayectoria de los precios ni las expectativas de los especialistas: la inflación sólo se redujo cuando los choques globales de oferta se disiparon. Las encuestas de expectativas de inflación de Banxico de aquel periodo muestran que los analistas nunca incorporamos el PACIC como un elemento que fuera a cambiar el panorama inflacionario. El mercado, en otras palabras, no le creyó entonces. No hay razón para que le crea ahora.

Por otra parte, hay un riesgo adicional que merece mencionarse. Si las empresas participantes enfrentan pérdidas por cumplir con el acuerdo, eventualmente deberán compensarlas subiendo precios en otros productos o reduciendo la producción. Si no pueden hacerlo, simplemente reducirán la disponibilidad de los bienes incluidos en la canasta o los sustituirán por versiones de menor calidad. En cualquier caso, el consumidor terminará pagando el costo.

La inflación en México ya está disminuyendo. En mayo se redujo a 3.9% (desde el 4.21% del cierre de 2025). Y está cayendo porque los choques de oferta mencionados han comenzado a disiparse. Por cierto, esta bajada en la inflación debería ayudar a silenciar a todos los que criticaron los recortes del Banco de México bajo el argumento de que el banco central había perdido toda autonomía; como mencionamos en estas páginas, esas opiniones carecían de sentido.

El PACIC parte de una buena intención: proteger a las familias de menores ingresos. Pero las buenas intenciones no son garantía de buenos resultados. Si se quieren menores precios para los consumidores de forma estructural, se debe trabajar en otra vertiente: fomentar la competencia en los diferentes sectores de la economía mexicana.

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