Clemente Ruiz Duran

CEPAL en México: 75 años de ideas para el desarrollo

La CEPAL cumple 75 años en México. Su legado influye en debates sobre crecimiento, desigualdad, nearshoring y desarrollo.

Este 16 de junio se han cumplido 75 años de la instalación en México de la sede subregional de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Puede parecer una efeméride burocrática, pero en realidad se trata de una fecha que invita a reflexionar sobre una de las instituciones que más ha influido en la forma en que América Latina —y particularmente México— ha pensado el desarrollo económico.

Cuando la CEPAL abrió sus oficinas en la Ciudad de México en 1951, el país vivía una etapa muy distinta. La industrialización apenas comenzaba a consolidarse, la pobreza afectaba a la mayoría de la población y las economías de la región dependían de la exportación de materias primas. El desafío central consistía en cómo transformar sociedades rurales y de bajos ingresos en economías modernas capaces de generar empleo, productividad y bienestar. La gran contribución de la CEPAL fue ofrecer una explicación propia de los problemas del desarrollo latinoamericano. Frente a la idea de que el mercado resolvería por sí solo las brechas económicas, los economistas cepalinos argumentaron que existían obstáculos estructurales que impedían a los países converger con las economías más avanzadas. La productividad, la capacidad tecnológica, la estructura productiva y la desigualdad importaban tanto o más que las variables monetarias.

Para México, esa visión resultó especialmente influyente. Durante décadas, buena parte de los debates sobre industrialización, sustitución de importaciones, desarrollo regional, integración económica, pobreza y desigualdad estuvieron marcados por conceptos surgidos o fortalecidos en la CEPAL. No es casualidad que algunos de los economistas mexicanos más destacados del siglo XX hayan estado vinculados a esta institución. Víctor Urquidi contribuyó a construir la visión de una integración económica centroamericana basada en la industrialización regional. Juan Noyola desarrolló la teoría de la inflación estructural, una de las aportaciones latinoamericanas más relevantes al pensamiento económico internacional. Ifigenia Martínez llevó el enfoque estructuralista al análisis de la distribución del ingreso y la desigualdad, temas que siguen ocupando un lugar central en la agenda pública mexicana.

Sin embargo, el aporte de la CEPAL no se limitó a la producción académica. Durante décadas ha acompañado a gobiernos en el diseño y evaluación de políticas públicas. Sus estudios han contribuido a la discusión sobre desarrollo regional, productividad, política industrial, mercado laboral, pobreza, protección social y equidad de género. En los últimos años, por ejemplo, la CEPAL ha participado activamente en el debate sobre el fortalecimiento del salario mínimo, la construcción de cadenas de valor regionales, la transición energética y la necesidad de impulsar políticas industriales que permitan aprovechar las oportunidades derivadas de la relocalización productiva y del nuevo contexto geopolítico internacional.

La historia económica reciente parece haber reivindicado algunas de las preocupaciones que la CEPAL planteó desde hace décadas. La pandemia, las tensiones geopolíticas, la competencia tecnológica entre potencias y la reorganización de las cadenas globales de suministro han vuelto a colocar en el centro temas como la autonomía productiva, la seguridad energética, la innovación y la capacidad del Estado para coordinar estrategias de desarrollo.

México enfrenta hoy una coyuntura que guarda ciertas similitudes con la de mediados del siglo pasado. El país tiene acceso privilegiado al mayor mercado del mundo a través del T-MEC, recibe crecientes flujos de inversión asociados al nearshoring y cuenta con una base manufacturera considerable. Sin embargo, también enfrenta desafíos estructurales persistentes: un crecimiento insuficiente, bajos niveles de inversión, rezagos tecnológicos, profundas desigualdades territoriales y una limitada articulación entre las grandes empresas exportadoras y los proveedores nacionales.

La propia CEPAL ha sintetizado estos desafíos en lo que denomina las tres trampas del desarrollo: baja capacidad para crecer y transformar la estructura productiva; alta desigualdad y escasa movilidad social; y debilidades institucionales que limitan la efectividad de las políticas públicas. Son problemas que describen con notable precisión buena parte de la realidad mexicana contemporánea. Por ello, la principal lección que dejan estos 75 años de presencia de la CEPAL en México no es una receta específica de política económica. Es algo más profundo: la convicción de que el desarrollo no ocurre espontáneamente. Requiere visión estratégica, instituciones sólidas, inversión productiva, innovación tecnológica y una clara orientación hacia la reducción de las desigualdades.

En una época marcada por la incertidumbre global, México necesita recuperar precisamente esa ambición de desarrollo que inspiró a varias generaciones de economistas y formuladores de política pública. La discusión ya no es si debe existir una política industrial, una estrategia tecnológica o una agenda de desarrollo regional. La discusión es cómo diseñarlas eficazmente para aprovechar las oportunidades que ofrece la nueva economía mundial. Setenta y cinco años después de su llegada a México, la CEPAL sigue recordándonos una idea que conserva plena vigencia: el desarrollo no es un resultado automático del mercado ni una consecuencia inevitable de la apertura económica. Es una construcción colectiva que exige visión de largo plazo, capacidades institucionales y una sociedad comprometida con el crecimiento y la igualdad. Esa sigue siendo, quizás, la lección más valiosa de la CEPAL para México.

Junio 16, 2026

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