La semana pasada planteé en estas páginas que la revisión del T-MEC podría abrir una discusión mucho más importante que la de los aranceles. México y Estados Unidos han comenzado a hablar de fortalecer las cadenas regionales de suministro, reducir la dependencia de importaciones provenientes de otras regiones y, de manera explícita, sustituir importaciones de Asia. Propuse entonces que México aprovechara esta coyuntura para impulsar una Estrategia de Sustitución Regional de Importaciones 2026-2035. Los acontecimientos recientes en Canadá obligan a ampliar esa reflexión.
La integración norteamericana ya no puede considerarse un marco inamovible. Ningún país puede hacer descansar su estrategia de desarrollo exclusivamente en la permanencia de un tratado comercial, por importante que éste sea. Esto no invalida la propuesta de sustitución regional; por el contrario, la vuelve más urgente. Durante más de tres décadas México construyó su estrategia económica alrededor del TLCAN primero y del T-MEC después. Sobre esa base desarrolló una formidable plataforma exportadora de automóviles, computadoras, televisores, equipo médico, maquinaria y equipo eléctrico. El éxito comercial ha sido extraordinario; el éxito en materia de desarrollo, mucho menor.
Ésa es la paradoja mexicana: exportamos mucho, pero construimos insuficientemente el entramado productivo nacional que debería abastecer nuestras exportaciones. Una proporción considerable de los componentes incorporados en los bienes que vendemos al exterior continúa siendo importada. La transformación de la política comercial estadounidense obliga ahora a reformular nuestra estrategia. Aranceles, reglas de origen, subsidios, restricciones tecnológicas y requisitos de contenido se han convertido en instrumentos de política industrial. Estamos pasando de una integración basada fundamentalmente en libre comercio y eficiencia a otra organizada alrededor de la seguridad económica, la resiliencia y la capacidad productiva. La respuesta mexicana no puede ser alejarnos de América del Norte. Más de cuatro quintas partes de nuestras exportaciones se dirigen hacia Estados Unidos y nuestras principales cadenas manufactureras están profundamente integradas regionalmente. La estrategia debería resumirse en una aparente contradicción: integrarnos más, pero depender menos. Integrarnos más significa producir dentro de América del Norte una proporción creciente de aquello que actualmente importamos de otras regiones. Depender menos significa construir capacidades productivas mexicanas suficientes para que nuestra economía pueda continuar creciendo aun cuando cambien las condiciones políticas o comerciales en Estados Unidos.
El caso de China muestra la dimensión del desafío. En 2025 México importó de ese país alrededor de 120 mil millones de dólares, mientras nuestras exportaciones apenas superaron los 9 mil millones. Pero más importante que el déficit es lo que importamos: componentes electrónicos, maquinaria, circuitos integrados, equipo eléctrico, autopartes, productos químicos, instrumentos médicos y numerosos bienes intermedios indispensables para nuestra propia plataforma exportadora. Esa vulnerabilidad comercial puede convertirse en un mapa de oportunidades industriales. La pregunta que México debería colocar sobre la mesa del nuevo T-MEC es: ¿qué parte de los cientos de miles de millones de dólares que América del Norte importa anualmente de Asia podría producirse competitivamente dentro de la región hacia 2035? Y habría que agregar otra: ¿qué parte de aquello que México importa puede aprender a producir México?
Durante treinta años preguntamos cómo exportar más. Durante la próxima década necesitamos preguntarnos también cómo producir más de aquello que incorporamos a nuestras exportaciones. No se trata de regresar a la antigua sustitución de importaciones basada en mercados cerrados y protección indiscriminada. Se trata de seleccionar cadenas donde México tenga escala, capacidades manufactureras, demanda regional y posibilidades de aprendizaje tecnológico. Cinco parecen particularmente importantes: electrónica y semiconductores; maquinaria y equipo eléctrico; automotriz y electromovilidad; farmacéutica y dispositivos médicos; y minerales críticos, energía y nuevos materiales. La expansión de la inteligencia artificial muestra claramente el desafío. México está aumentando sus exportaciones de equipo de cómputo vinculado con la infraestructura digital, pero buena parte de los componentes tecnológicos continúa produciéndose en Asia. El salto pendiente es pasar del ensamble a los componentes; de los componentes al diseño; y del diseño a la innovación.
Corea del Sur ofrece una referencia importante. Como mostró Alice Amsden, su éxito no provino simplemente de exportar, sino de utilizar las exportaciones como mecanismo de aprendizaje industrial. Raúl Prebisch había formulado el problema décadas antes: la inserción internacional solamente genera desarrollo cuando transforma la estructura productiva interna. México exportó mucho, pero transformó insuficientemente esa estructura. Por ello, la sustitución regional debe complementarse con una estrategia nacional de capacidades productivas.
Esto exige cambiar nuestra manera de evaluar la inversión extranjera. Ya no debería bastarnos preguntar cuántos miles de millones de dólares llegan al país, sino qué capacidades dejan: cuántos proveedores mexicanos desarrollan, cuánto contenido nacional incorpora, cuántos técnicos e ingenieros forman y cuánto invierten en investigación, desarrollo e innovación.
También necesitamos financiamiento industrial. NAFIN y Bancomext deberían financiar modernización tecnológica, ampliación de capacidad y capital de trabajo de proveedores nacionales. Un tratamiento fiscal favorable para las utilidades reinvertidas en maquinaria, digitalización, inteligencia artificial, investigación y nuevas plantas podría acelerar ese proceso. Las compras públicas de gobierno, CFE, Pemex e IMSS pueden utilizarse igualmente para desarrollar proveedores nacionales bajo criterios de productividad y escalamiento tecnológico.
Las universidades deben integrarse a esta estrategia. No podemos construir industrias de semiconductores, inteligencia artificial, electromovilidad o dispositivos médicos sin ingenieros, técnicos, laboratorios y centros de investigación vinculados directamente con las empresas. Existe además una dimensión territorial. La nueva industrialización no puede concentrarse exclusivamente en la frontera norte y el Bajío. Los corredores del Istmo, los puertos del Pacífico y del Golfo y los Polos de Desarrollo deben incorporar al sur-sureste. Incluso la construcción naval y la economía azul pueden convertirse en nuevas industrias estratégicas aprovechando los dos litorales mexicanos.
Plan México podría ser el marco para articular estos instrumentos, pero necesita metas concretas hacia 2035: qué importaciones queremos sustituir competitivamente, cuánto contenido nacional queremos incorporar, cuántas PYMEs mexicanas queremos convertir en proveedoras y cuánto queremos elevar la inversión tecnológica. Al mismo tiempo, diversificar no significa romper con Estados Unidos. México debe preservar su integración norteamericana y ampliar sus relaciones con Europa, América Latina y Asia. China, Japón, Corea, Taiwán e India no deben contemplarse exclusivamente como competidores; sus empresas pueden convertirse también en inversionistas estratégicos para producir desde México. El objetivo no debe ser cerrar América del Norte a Asia, sino lograr que una proporción creciente de aquello que Asia vende actualmente a Norteamérica se produzca en Norteamérica y que una parte importante de esa nueva producción se localice en México. Ello permitiría transformar el nearshoring en algo más ambicioso: near-production, near-technology y near-innovation.
Durante treinta años preguntamos: ¿cómo exportamos más? La revisión del T-MEC agregó una segunda pregunta: ¿cómo producimos regionalmente una parte creciente de aquello que importamos? La incertidumbre actual obliga a formular una tercera: ¿cómo construimos una economía mexicana capaz de crecer aun si las condiciones de acceso al mercado estadounidense se vuelven menos favorables? Las tres conducen a una misma respuesta: capacidad productiva. México debe defender el T-MEC y aprovechar la reorganización de las cadenas norteamericanas, pero no puede apostar todo su futuro económico a la permanencia de un tratado. La mejor protección frente a la incertidumbre comercial es construir una economía más compleja, tecnológicamente más capaz y con empresas nacionales más fuertes. Ésa debería ser nuestra propuesta para el nuevo T-MEC: no negociar solamente acceso a mercados, sino capacidad productiva; no defender únicamente las exportaciones actuales, sino construir las industrias de la próxima década. Porque el éxito de la integración norteamericana hacia 2035 no debería medirse solamente por cuánto comerciamos, sino por cuánto más somos capaces de producir juntos y, sobre todo, cuánto más es capaz de producir México.