Por Mtro. Nahum Elias Orocio Alcantara
Coordinador Universitario para la Sustentabilidad
Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad de la
Universidad Iberoamericana
El 1º. de abril de 2026, un cohete de 98 metros despegó desde Cabo Cañaveral con cuatro personas a bordo. Por primera vez en más de cincuenta años, la humanidad enviaba una misión tripulada en dirección a la Luna. Artemis II es un logro extraordinario que refleja años de ingeniería, miles de personas coordinadas, una voluntad colectiva sostenida durante más de una década. Mirarlo despegar provoca algo que difícilmente se puede argumentar en contra, y es la capacidad humana de proponerse algo extraordinario y lograrlo.
Frente a eso, vale preguntarse qué otras cosas estamos siendo capaces de proponernos al mismo tiempo.
Mientras Artemis II trazaba su trayectoria hacia la Luna, en la Tierra operaba una dinámica paralela, igualmente constante. Los últimos diez años han sido los diez más calientes desde que existen registros. En 2024, la temperatura media global superó en 1.55 °C los niveles preindustriales, el valor más alto jamás registrado. Ese calor no es una abstracción, se expresa en temporadas de huracanes más intensas, en glaciares que no se recuperan entre invierno e invierno, en comunidades costeras que negocian su permanencia con el mar año tras año.
Es como si hubiera dos carreras paralelas. Por un lado, pasos acelerados hacia el espacio. Por otro, una carrera de degradación, fragmentación y pérdida de las condiciones básicas del planeta que habitamos.
La pregunta no es si la exploración espacial vale la pena. Vale. La pregunta es hacia dónde dirigimos la voluntad, la organización y los recursos cuando se trata de lo que ya tenemos. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente publicó recientemente un informe que lo pone en términos concretos: por cada dólar que el mundo invierte en proteger la naturaleza, gasta treinta en destruirla. Los flujos financieros que dañan los ecosistemas suman 7.34 billones de dólares anuales, mientras que la inversión en restauración, conservación y manejo de ecosistemas alcanza apenas 220,000 millones.
No es un problema de ignorancia. Es un problema de decisiones.
En abril coincide el Día Internacional de la Madre Tierra. La coincidencia con Artemis no es una ironía para el reproche, es una oportunidad para sostener las dos ideas al mismo tiempo sin que una cancele a la otra. Se puede admirar lo que la humanidad hace cuandose coordina en torno a un objetivo, y al mismo tiempo exigir que esa misma capacidad se aplique a los problemas que ya están ocurriendo aquí, con la intensidad y los recursos que requieren.
La ciencia ha catalogado poco más de dos millones de especies en el planeta. Sin embargo, se estima que el 86% de las especies terrestres y el 91% de las marinas todavía no han sido descritas. Una diversidad que los sistemas económicos dominantes erosionan a una velocidad que supera la capacidad de registro y respuesta, y que sostiene servicios esenciales como el agua, el suelo, el clima regional y el alimento de los que dependen millones de personas.
¿Qué tan en serio estamos tomando lo que decimos que nos importa? No como individuos, por que la carga individual de los problemas sistémicos es una trampa conocida, sino como sociedades que asignan presupuestos, diseñan políticas y construyen instituciones.
Las universidades tenemos algo que decir, y no solo en términos de declaraciones. La formación de personas capaces de leer la complejidad socioambiental, de diseñar respuestas que no reproduzcan las lógicas que generaron los problemas y de vincular el conocimiento con las comunidades que viven el deterioro, es también movilizar recursos hacia donde hacen falta.
Artemis II regresó a la Tierra a mediados de abril. Sus tripulantes vieron el planeta desde una distancia a la que muy pocas personas han llegado. El astronauta y piloto Victo Glover lo dijo mucho antes de aterrizar: “La Tierra es el oasis en el universo vacío... es una nave espacial creada para darnos un lugar donde vivir en el cosmos.” Esa percepción no requiere orbitar la Luna. Requiere tomarse en serio la información con la que ya contamos, las comunidades que habitamos este planeta, y la brecha cada vez más evidente entre lo que somos capaces de hacer y lo que elegimos hacer.
El Mtro. Nahum Elias Orocio Alcantara es Coordinador Universitario para la Sustentabilidad del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.