Colaborador Invitado

El legado de las señales

La definición de quién habrá de coordinar la defensa de la Cuarta Transformación en Chihuahua rebasa desde hace tiempo la competencia entre dos aspirantes. Morena está a punto de decidir también qué tipo de trayectoria quiere premiar y qué camino quiere mostrarles a quienes vienen detrás.

En política, las decisiones importantes rara vez terminan en el nombre de quien resulta elegido. También producen símbolos, fijan precedentes y, sobre todo, mandan señales.

Por eso la definición de quién habrá de coordinar la defensa de la Cuarta Transformación en Chihuahua rebasa desde hace tiempo la competencia entre dos aspirantes. Morena está a punto de decidir también qué tipo de trayectoria quiere premiar y qué camino quiere mostrarles a quienes vienen detrás.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente quién encabeza una encuesta.

También debería ser: ¿qué mensaje quieren dejar Citlalli Hernández y Ariadna Montiel con la decisión que finalmente adopten en Chihuahua?

¿Qué van a decirle a quienes llevan años recorriendo colonias, organizando comités, tocando puertas, compitiendo electoralmente y construyendo una trayectoria propia?

Porque en Chihuahua están frente a dos historias políticas muy diferentes.

Una es la de alguien que ha competido, perdido, ganado, gobernado y vuelto a someterse al juicio de las urnas. Cruz Pérez Cuéllar puede gustar o no. Tiene una larga trayectoria y, precisamente por tenerla, también carga episodios de su pasado que sus adversarios le recuerdan cada vez que pueden. Es legítimo que así sea.

Pero también existe un dato imposible de borrar: su fuerza política actual no nació ayer ni depende exclusivamente de la voluntad de una figura nacional. Ha construido una base propia, ganó Juárez y volvió a ganarlo. Tiene votos, territorio y estructura.

La otra historia es distinta.

Andrea Chávez ha tenido uno de los ascensos más vertiginosos de la política mexicana reciente. Y ese ascenso ha ocurrido acompañado de una cercanía política ampliamente documentada con Adán Augusto López Hernández, a quien respaldó en su aspiración presidencial y quien, a su vez, ha respaldado abiertamente su proyecto en Chihuahua.

Tener un padrino político no constituye un delito. Tampoco es una rareza. La política mexicana, de todos los colores, está llena de ellos.

La cuestión es otra: ¿quiere Morena convertir el padrinazgo en una vía ejemplar de ascenso?

Porque Adán Augusto ya no es solamente aquel poderoso secretario de Gobernación cercano al expresidente López Obrador. Sobre su gestión en Tabasco pesa inevitablemente el caso de Hernán Bermúdez Requena, quien fue su secretario de Seguridad y posteriormente fue señalado como cabeza de La Barredora. Bermúdez está detenido y enfrenta acusaciones por asociación delictuosa, secuestro y extorsión. Las responsabilidades penales son personales y nada de eso permite atribuir automáticamente delitos a quien fue su gobernador. Pero políticamente es imposible fingir que el episodio no existe.

Ahí es donde la decisión de Chihuahua adquiere una dimensión mayor.

Si Morena ha hecho de la honestidad, la austeridad y la separación entre poder político e intereses particulares parte esencial de su discurso, tendría que preguntarse qué señal enviaría si el ascenso político meteórico y el respaldo de un personaje poderoso terminan pesando más que una construcción electoral propia.

Y en las últimas horas apareció además una interrogante particularmente delicada.

Diversos medios y comunicadores han difundido la versión de que Andrea Chávez habría perdido su visa para ingresar a Estados Unidos. Hasta este momento no existe confirmación pública del Departamento de Estado estadounidense que permita afirmar que eso ocurrió, y por lo tanto sería irresponsable presentarlo como un hecho.

Pero precisamente porque Chihuahua no es cualquier estado, la duda tampoco debería despacharse con indiferencia.

Chihuahua comparte más de 900 kilómetros de frontera con Estados Unidos. Juárez y El Paso constituyen uno de los corredores económicos y sociales más importantes de América del Norte. La relación cotidiana con autoridades, empresarios y comunidades estadounidenses forma parte del trabajo ordinario de quien gobierna el estado.

Por eso la pregunta es legítima. Si la versión es falsa, debería ser sencillo despejarla.

Y si fuese cierta, Morena tendría que explicar si considera razonable postular para gobernar uno de los estados fronterizos más importantes del país a una persona imposibilitada para ingresar al territorio de su principal vecino y socio comercial.

No es un asunto menor ni una curiosidad migratoria. Sería una limitación política y diplomática que los chihuahuenses tendrían derecho a conocer antes, no después, de una elección.

Todo esto resulta especialmente paradójico mientras en columnas y espacios de opinión se desarrolla una ofensiva para convertir el pasado de Cruz Pérez Cuéllar en argumento suficiente para descalificar su presente.

El escrutinio es sano. Que se investigue, se cuestione y se recuerde todo. Pero tendría que funcionar en ambas direcciones.

No puede existir una vara moral para examinar cada relación política que Cruz sostuvo hace diez o quince años y otra mucho más complaciente para analizar las relaciones políticas que rodean hoy a Andrea Chávez.

No puede sostenerse que las compañías importan cuando se habla de uno y dejan de importar cuando se habla de la otra.

No se trata de escoger entre un santo y un pecador. Esa elección no existe en política.

Se trata de decidir qué atributos quiere privilegiar en alguien que aspira a gobernar Chihuahua: experiencia ejecutiva, resultados electorales, arraigo territorial y autonomía política; o una carrera extraordinariamente acelerada cuya cercanía con uno de los hombres más poderosos del sexenio anterior ha sido parte inseparable de su crecimiento.

Cruz deberá responder por Cruz. Andrea deberá responder por Andrea. Esa debería ser precisamente la regla.

Pero quienes toman la decisión también tendrán que responder algún día por lo que hayan decidido premiar.

Porque miles de jóvenes observan cómo funciona la política. Militantes, simpatizantes, funcionarios municipales, regidores, diputados y dirigentes locales están aprendiendo todos los días cuál es el camino que conduce hacia arriba.

¿Trabajar territorio? ¿Ganar elecciones? ¿Construir una organización propia? ¿Gobernar y entregar resultados? ¿O encontrar al padrino correcto?

La dirigencia de Morena puede resolver una candidatura en unas horas.

La señal que deje esa resolución durará mucho más.

Los nombres pasan y las coyunturas también. Pero cada decisión deja una señal sobre lo que vale la pena hacer para llegar al poder. Y cuando esas señales vienen desde arriba, terminan convirtiéndose en cultura. Ese, quizá, sea el verdadero legado que estará en juego en Chihuahua.

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