México cerró 2025 con la mayor inversión extranjera directa (IED) de su historia.
El número es real y merece reconocimiento. Pero detrás de los 40 mil 871 millones de dólares que ingresaron hay señales de advertencia que no deben ser opacadas por el optimismo derivado del dato sin precedentes.
Pero, vamos por partes.
El crecimiento de 10.8 por ciento en la IED respecto a 2024 consolidó una tendencia alcista ininterrumpida por quinto año consecutivo. En un mundo donde los flujos de capital hacia economías en desarrollo retrocedieron 2 por ciento en el mismo periodo —según datos de la UNCTAD—, el contraste es visible. México nadó a contracorriente con éxito, y eso es algo significativo.
Un dato muy revelador del reporte no es solo el total, sino su composición. Las nuevas inversiones —capital fresco que llega por primera vez al país— crecieron 132.9 por ciento en un solo año: de 3 mil 168 millones de dólares en 2024 a 7 mil 378 millones en 2025. No se trata de empresas que ya operan en México y simplemente reinvierten sus ganancias, sino de capital externo que apostó de nuevo por instalarse aquí. Eso es nearshoring en acción. Eso es la reconfiguración de cadenas de suministro globales aterrizando en territorio nacional.
Nuevo León lo sabe bien: su captación de IED creció en 72.9 por ciento, consolidando al corredor industrial del noreste como uno de los polos más dinámicos de todo el continente.
Sin embargo, al ver las cifras con lupa hay detalles que obligan a atemperar el festejo.
La reinversión de utilidades —que sigue siendo el motor dominante con 67.7 por ciento del total de la IED— registró una contracción de 3.7 por ciento, explicada por una mayor distribución de dividendos. En otras palabras, las empresas que ya operan en el país repartieron más entre sus accionistas y reinvirtieron menos en México. No es una señal catastrófica, pero sí una advertencia sobre la confianza de largo plazo del capital ya establecido.
Tampoco puede ignorarse la concentración geográfica. La Ciudad de México absorbió 54.8 por ciento de toda la IED nacional —22 mil 381 millones de dólares—, con un crecimiento de 55.1 por ciento respecto al año previo.
La localización de las inversiones siempre ha sido un tema polémico, pues frecuentemente las inversiones físicas están fuera de la CDMX pero la domicialización las ubica en la capital.
Cinco entidades concentraron el 80.2 por ciento del total y registraron un crecimiento conjunto de 42 por ciento.
El resto del país captó apenas uno de cada cinco dólares que llegaron y la inversión realizada en ellas decreció en 41.5% respecto a 2024.
El récord histórico, celebrado con justa razón, coexiste con una realidad incómoda: el sur-sureste de México sigue siendo invisible para el capital productivo global. Los beneficios del nearshoring no se distribuyen solos.
Mención aparte merece el comportamiento del cuarto trimestre, donde la IED registró un flujo negativo de 5 mil 26 millones de dólares. La Secretaría de Economía explica que este desempeño obedece a pagos de dividendos y operaciones financieras corporativas, no a cancelaciones de inversión.
El ajuste neto al cierre del año no fue menor y la claridad con la que se expliquen estos episodios es fundamental: en un entorno de creciente escrutinio sobre las estadísticas oficiales, la claridad metodológica no es un detalle menor, es un activo de credibilidad institucional.
Otro detalle que aparece en la estadística que también dio a conocer el Banxico es la que indica que la inversión neta del año pasado, es decir, la IED recibida menos la IED hecha por residentes mexicanos en el exterior, sumó 31 mil 797 millones y fue inferior en 657 millones de dólares a la de 2024.
Ese hecho algo nos dice a propósito de inversionistas que optan por canalizar sus recursos al extranjero.
El gran riesgo del récord de la IED de 2025 es que se interprete como el estado natural de las cosas. No lo es.
Casi 47 por ciento de la IED provino de Estados Unidos y Canadá, socios del T-MEC. El tratado es el pilar invisible que sostiene buena parte de la confianza inversora en México. Cualquier turbulencia en la relación bilateral —aranceles, revisiones al acuerdo, tensiones migratorias— puede erosionar ese andamiaje con rapidez.
En el frente interno, las condiciones también importan. La certeza jurídica, la disponibilidad de energía confiable y a precio competitivo, la infraestructura logística y la seguridad pública no son variables secundarias: son los cimientos sobre los que descansa la decisión de invertir.
El récord de hoy es resultado de decisiones que se tomaron —o se evitaron— años atrás. Las políticas de hoy determinarán si el resultado del 2025 fue un punto de partida o un pico.
Ya lo veremos.