Coordenadas

Barcelona: México vuelve al juego

Claudia Sheinbaum asistió a la IV Reunión en Defensa de la Democracia, sostuvo su primer encuentro formal con Pedro Sánchez, propuso ante el plenario una declaración contra una intervención militar en Cuba y cerró la visita el domingo en el Barcelona Supercomputing Center.

Lo que ocurrió este fin de semana en Barcelona fue más que una gira breve o una foto diplomática: fue una señal política.

Claudia Sheinbaum asistió a la IV Reunión en Defensa de la Democracia, sostuvo su primer encuentro formal con Pedro Sánchez, propuso ante el plenario una declaración contra una intervención militar en Cuba y cerró la visita el domingo en el Barcelona Supercomputing Center. En conjunto, deja ver un viraje relevante en la política exterior mexicana.

El primer contraste con los tiempos de López Obrador es evidente: México quiere volver a ser actor de la política global. Durante el sexenio pasado, la presencia internacional del país fue mínima, esporádica, selectiva y reactiva. Barcelona mostró otra lógica.

Sheinbaum acudió a un foro multilateral —junto a Lula, Petro, Orsi, Boric y Ramaphosa, entre otros— donde se discutió la defensa del orden internacional basado en reglas, la reforma de instituciones globales, la gobernanza digital y la desigualdad. No fue una visita protocolaria: fue la decisión de ocupar un espacio en una conversación que hoy importa, justo cuando el multilateralismo atraviesa una etapa de asedio.

El segundo contraste está en la relación con España. La visita contribuyó al deshielo tras años de enfriamiento. El deterioro comenzó en 2019, cuando López Obrador pidió a la Corona disculpas por los abusos de la conquista, y escaló con la idea de “pausar” la relación y la no invitación al rey Felipe VI a la toma de posesión presidencial en 2024.

En Barcelona el tono fue otro: Sheinbaum y Sánchez dieron por superada esa etapa y la presidenta afirmó que “nunca” hubo crisis diplomática. Las formas no lo son todo, pero anticipan la sustancia: México y España quieren volver a hablarse como socios.

No es solo simbolismo. México es el primer destino de las exportaciones españolas en América Latina y se mantiene como tercer destino mundial de la inversión española, solo detrás de Estados Unidos y Reino Unido. En sentido inverso, la inversión mexicana acumulada en España representa el 50.2% del total latinoamericano. Había una anomalía: una relación económica densa conviviendo con una política deteriorada. Barcelona corrigió esa incongruencia.

El tercer contraste es con Estados Unidos, y aquí el equilibrio es más delicado.

La propia Sheinbaum se desmarcó de una lectura anti-Trump y los organizadores insistieron en que la cumbre no era una movilización contra el presidente estadounidense. Pero su propuesta de declaración contra una intervención militar en Cuba —el momento más mediático del foro— marca el límite real del juego: México amplía interlocutores sin romper con Washington, pero no calla donde la doctrina de no intervención lo obliga a tomar postura. La estrategia es mantener la prioridad norteamericana sin renunciar a una red más amplia. En diplomacia, eso también es construir cancha.

Hay un componente de Estado en la escala tecnológica. En el Barcelona Supercomputing Center —que opera el MareNostrum, uno de los supercomputadores más potentes de Europa— se confirmó la colaboración con el proyecto Coatlicue, la futura supercomputadora mexicana. Detrás están más de cuatro décadas de cooperación científica con España y la formación de más de mil doctores. Si México quiere elevar su productividad, fortalecer capacidades en inteligencia artificial y reducir dependencias tecnológicas, necesita exactamente este tipo de alianzas.

Las objeciones existen. La más seria es la de Washington: en plena renegociación del T-MEC, una foto con líderes percibidos como “anti-Trump” puede generar ruido cuando México necesita oxígeno comercial, no fricción. Otras críticas —que la cumbre fue más densidad simbólica que resultados, que el acercamiento con España descansa en afinidades políticas más que en estrategia institucional— son atendibles, pero pesan menos.

Aun así, la lectura de fondo es favorable. México no puede darse el lujo de encerrarse en la bilateralidad con Washington, por importante que sea. Su geografía lo ata a América del Norte, pero su interés nacional le exige algo más que obedecer la brújula de la Casa Blanca. La reactivación con España, la presencia en un foro global y la apuesta por vínculos tecnológicos con Europa muestran a un gobierno que quiere diversificar sin romper, ampliar sin provocar, reposicionar a México en un tablero más complejo que el de hace unos años.

Si esa estrategia se sostiene y se traduce en resultados, Barcelona podría recordarse como algo más que una escala europea, sino como el momento en el que México dejó atrás la diplomacia del agravio, recuperó interlocución con España y empezó a construir un juego internacional más sofisticado frente a Estados Unidos.

No es poca cosa. En el mundo de hoy, la política exterior también es política económica. Y, a veces, también es política de supervivencia.

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