Mientras en México la agenda pública se vuelca hacia el caso del gobernador Rocha y su acusación en Estados Unidos, en lo económico, lo que puede afectar a la mayoría de las personas, nos enfrentamos a un capítulo de extraordinaria complejidad.
El repunte del petróleo, que ayer volvió a acercarse a los máximos de los últimos años, ya no es la reacción nerviosa de un mercado inquieto: es la confirmación de que los inversionistas dejaron de tratar el conflicto en Medio Oriente como episodio pasajero e incorporan una prima de escasez con vocación de permanencia.
Y esta semana esa prima se endureció por dos razones nuevas: Emiratos Árabes Unidos anunció su salida de la OPEP a partir del 1° de mayo y la Reserva Federal dejó la tasa sin cambios con una votación dividida 8-4, su mayor disenso interno en años.
Los números de ayer lo dicen todo. El Brent cerró en 118.03 dólares por barril tras tocar 120.30 intradía, máximo desde junio de 2022.
El WTI subió casi 7% a 106.88. La mezcla mexicana navegó en sintonía.
La explicación inmediata sigue en Ormuz. La falta de avance entre Estados Unidos e Irán, el rechazo de Trump a la propuesta iraní de reapertura condicionada al levantamiento del bloqueo, y unos inventarios estadounidenses que cayeron 6.2 millones de barriles —veinticinco veces lo esperado— alimentan la narrativa de que esto va para meses, no para semanas.
El mercado cambió de narrativa. Antes se hablaba de volatilidad geopolítica; ahora se habla de duración.
Oxford Economics calcula que, pese a las rutas alternas, la interrupción promedio del segundo trimestre rondaría 7.5 millones de barriles diarios. ING elevó su escenario base para el Brent a 104 dólares en el segundo trimestre y 92 al cierre del año, con riesgo de un piso superior a los tres dígitos si Ormuz sigue cerrado.
La salida de los Emiratos Árabes de la OPEP disuelve la ficción de que existe un coordinador disciplinado capaz de calmar al mercado con un comunicado, y eleva el piso de precios por dos vías simultáneas: menor capacidad de coordinación y percepción de fragmentación. Para los precios, ese tipo de noticia no se descuenta en una sesión.
Los inventarios confirmaron la tensión. Estados Unidos se convirtió en exportador neto de crudo, no por una explosión de producción, sino porque Europa y Asia están buscando barriles fuera del Golfo Pérsico.
Las exportaciones tocaron un récord de 6.44 millones de barriles diarios. El sistema encuentra sustitutos, pero lo hace consumiendo colchones y encareciendo la reposición.
Es el escenario de la EIA: Brent con pico cercano a 115 dólares en el segundo trimestre y por debajo de 90 hacia el cuarto. El de estancamiento: sin solución diplomática, el mercado puede acostumbrarse a un petróleo de tres dígitos sostenidos durante meses. El de escalamiento, en el que el Banco Mundial ubica al Brent hasta en 115 dólares promedio: daño adicional a infraestructura o nuevas restricciones logísticas.
Para los mercados, ninguno de esos carriles es neutral. Petroleras integradas, productores emergentes y servicios petroleros ganan atractivo; aerolíneas, petroquímicas, transporte y consumo discrecional cargan el costo. JP Morgan advierte que el choque no golpea igual: Asia luce más vulnerable —el yen ya cruzó 160 por dólar— mientras partes de América Latina están mejor paradas.
Para México, el episodio es ambiguo en el corto plazo y exigente en el mediano.
Los ingresos petroleros adicionales mejoran la fotografía fiscal del año y le dan oxígeno a Pemex en su perfil de amortizaciones. Pero el efecto neto se diluye conforme Hacienda absorbe el alza vía estímulo al IEPS de gasolinas y diésel para evitar trasladarla al consumidor.
Conviene observar un fenómeno reciente: el peso, que históricamente se aprecia con petróleo caro vía términos de intercambio, ayer se depreció. La correlación tradicional cedió ante el canal de aversión global al riesgo y el fortalecimiento del dólar. Es una señal de que el mercado está leyendo el episodio más como riesgo macro que como bonanza exportadora.
La recomendación de política tampoco es trivial. El Atlantic Council advierte que subsidios, topes de precio o restricciones a la exportación pueden aliviar el corto plazo, pero agravar la escasez si estimulan la demanda.
La alternativa menos popular, pero más racional, es administrar el consumo: priorizar combustibles para sectores críticos, cuidar inventarios estratégicos y evitar que el ajuste se convierta en inflación generalizada.
Para México, eso significa aceptar que el estímulo al IEPS, útil como amortiguador puntual, deja de ser política sostenible si el episodio se prolonga: financiar gasolina barata con ingresos petroleros que ya no llegan al fisco es exactamente la trampa que los organismos multilaterales están advirtiendo.
La AIE ya anticipa destrucción de demanda global; la pregunta para los gobiernos es si quieren administrarla o sufrirla.
Definamos en México qué queremos hacer.