El pasado domingo por la noche se confirmó la victoria aplastante del opositor Peter Magyar en Hungría, poniendo fin a una oscura noche de 16 años bajo el mando de Víktor Orbán.
Se trata de un resultado trascendente y significativo. Porque se revierte una tendencia clara del populismo de derecha, por controlar procesos electorales, disminuir instituciones y libertades, restringir derechos ciudadanos.
Orbán representó a un sistema centralista, cada vez más autocrático, que modificó las leyes para someter a los tribunales y restarles independencia.
Cualquier semejanza con México es una mera coincidencia.
A lo largo de 16 años, aprovechó su membresía en la Unión Europea para bloquear decisiones y sanciones en contra de la Rusia de Putin: beligerante, belicosa e invasora.
Fue un factor de alto riesgo para la OTAN al convertirse en una correa de transmisión de información confidencial y de seguridad europea, al servicio de Moscú.
Más aún, su posición conservadora, pro familia, anti-woke, lo condujo a una relación estrecha con Donald Trump, lo que convirtió a Orbán en una bisagra entre ambos líderes mundiales.
Más de una vez sirvió como correo entre Putin y Trump para temas exclusivos y delicados, como seguridad europea, el conflicto con Ucrania, el apoyo e involucramiento de Estados Unidos en respaldo a Zelenski y tantos otros de elevada confidencialidad.
Tal vez Orbán, un autócrata en crecimiento, pensó que su cercanía con ambos líderes le garantizaba la permanencia en el poder. Y a pesar de las alteraciones al aparato electoral para controlar los resultados por una década y media, el pasado domingo millones de ciudadanos se volcaron a las urnas y decidieron votar por un cambio.
Peter Magyar, del movimiento opositor Tisza, obtuvo más de 3.3 millones de votos —siguen los cómputos finales— que muy probablemente le otorgará dos tercios en la conformación del parlamento húngaro con 199 escaños.
Eso significa que tendrá la capacidad para reformar la Constitución y revertir algunos de los cambios antidemocráticos que Orbán había instalado en el sistema jurídico, electoral, legislativo y de gobierno.
Es una auténtica epopeya del pueblo húngaro que salió masivamente en defensa de su país el pasado domingo.
Orbán no tuvo más remedio que reconocer los resultados, aceptar la derrota e iniciar su retiro del gobierno.
Hungría es un país europeo que, como tantos otros, se rige bajo una democracia parlamentaria. La fuerza política que obtiene el mayor número de asientos en el Parlamento tiene el derecho a gobernar e integrar gabinete.
En su discurso de victoria el domingo por la noche, Peter Magyar anunció el regreso a los valores y tradiciones europeas, al fortalecimiento de la democracia y de las instituciones libres y autónomas que conforman el Estado.
Es una fantástica noticia para Europa, para la Unión, para la OTAN y para el mundo.
Pensar que los tiranos puedan ser expulsados del poder resulta cada vez más increíble en el mundo actual: Putin lleva 27 años como amo absoluto de Rusia, en la manipulación total de las elecciones y en el juego de los cargos entre la presidencia y la jefatura de gobierno.
Orbán se había declarado fiel servidor de Putin, para convertirse en los últimos años en su espía, agente e informante en el corazón de la Unión Europea.
Según datos de la Oficina de Estadística de la Unión Europea, Hungría es el país más pobre y con más elevados niveles de corrupción, líneas que aprovechó Peter Magyar para atacar al centro del gobierno de Orbán.
Lo interesante en el espectro político europeo es que se trata de un conservador a ultranza, defensor de la familia y la patria (Orbán), que es derrotado por otro conservador, pero que fue capaz de exhibir la corrupción y servidumbre a Moscú que tanto ha lastimado a Hungría a lo largo de la historia.
Magyar representa una nueva esperanza para el fortalecimiento europeo, para el frente unificado en contra de las agresiones y amenazas de Putin, y para sumar a un líder joven (45 años) que buscará renovar a su país.