La Aldea

El ajedrez de Claudia

El ajedrez de Claudia Sheinbaum apunta a controlar las listas y la selección de candidatos para el 2027. Su gente, su equipo, que responda a sus iniciativas y directrices, no a los intereses oscuros y los negocios de Palenque.

Algunos lo han notado, han reportado y escrito algunas líneas al respecto. Otros, sorprendidos, se niegan a reconocerlo o aceptarlo y consideran que se trata solo de una colección de eventos y decisiones unidas al azar.

Pero lo cierto es que la presidenta ha demostrado mesura y una enorme paciencia ante la herencia caótica y desordenada de su antecesor (Dos Bocas, Tren Maya, CNTE, Pemex, etcétera). También ha mostrado extrema prudencia en el movimiento y acomodo de piezas en el tablero.

Tal vez el partido final alcance el nombre de “Por la recuperación del poder” o “A la reconquista de la Presidencia”. Aún está por escribirse, pero paso a paso, con un perfil discreto, de lealtad indiscutible, de veneración incluso a su antecesor, Claudia Sheinbaum ha ido recuperando engranajes vitales para el ejercicio del poder.

El viejo sistema político mexicano, en tiempos del PRI, el presidente, al retirarse del cargo formal, entregaba a su sucesor los controles totales del poder nacional: los institucionales, los constitucionales, los simbólicos, pero sobre todo —tal vez los más importantes— los legales y formales.

Este ritual se cumplía inevitablemente al momento de la entrega-recepción, aunque con ciertas excepciones, algunas veces tiempo antes del formalismo institucional.

Ya en la etapa de la transición democrática, era obligatorio. Cuando el PAN llegó al poder, al PRI no le quedó más remedio que hacerse a un lado, aunque la historia registra que, a nivel de paraestatales, gobiernos de los estados y muchas distintas instancias del poder con mayúsculas, pasaron dos o tres años antes de que el PRI desapareciera por completo de la escena gubernamental. Fueron muchos años, solo 70 con el control absoluto.

Existen amplios y abundantes estudios históricos, políticos, sociológicos acerca del cambio de poderes, de la entrega del aparato, los mandos, las líneas de control, pero sobre todo, del partido. El presidente era no solo el jefe de Estado y de Gobierno, sino además, muy relevante, el jefe del partido que mandaba y organizaba los procesos y grupos de sucesión. Bartra, Castañeda, Cosío Villegas y tantos otros han escrito al respecto.

Lo que hizo Andrés Manuel, con seguridad profundo discípulo y admirador de Plutarco Elías Calles, fue reservarse para sí no solo posiciones en el gobierno federal, estatales, paraestatales, sino sobre todo lo que ellos conocen como “El Movimiento”.

Morena no responde a Claudia, sino a Andrés Manuel, y esta diferencia esencial en las riendas del poder es la que gradualmente la presidenta de México está aún por corregir.

Pero a nivel del aparato de gobierno, su trabajo primario, los cambios están a la vista.

Solo por enlistar: hay un cambio en la forma y el fondo de la estrategia de seguridad nacional, pero no en el discurso. También se observa la colaboración con Estados Unidos y el incremento en la frecuencia de operativos y detenciones. Adán Augusto López fue retirado de la poderosa coordinación del Senado. Alejandro Gertz Manero dejó la Fiscalía. Además, el impresentable activista Marx Arriaga salió de la SEP, no sin raspones y aspavientos.

Y hay muchos más, imperceptibles, sutiles incluso. Este lunes circuló un boletín en el SAT anunciando el cambio en la Administración de Grandes Contribuyentes. Una señorita Jennifer Krystel Castillo con estudio de posgrado en el ITAM —aquí no hay desprecio por la elevada formación universitaria, aunque venga de escuelas privadas—, con más de 18 años de experiencia y con servicio en el entonces Gobierno del Distrito Federal asumió la estratégica responsabilidad.

El más trascendente y con implicaciones no solamente económicas para México, sino también energéticas, es su anuncio de abordar el fracking con el análisis de expertos, académicos y estudiosos de las principales universidades públicas de México.

Otra enorme y radical diferencia con su antecesor es que él se autonombraba sabio y conocedor de todos los temas. Sin embargo, quienes trabajaron a su lado lo describieron como un improvisado, caprichoso e ignorante en muchas áreas, que ordenaba sobre materias que desconocía por completo.

Claudia valora y aprecia el conocimiento. Lo defiende y, por ello, rodearse de un grupo tan sólido para abordar el vetado tema del fracking es sin duda un acierto.

El ajedrez de Claudia apunta a controlar las listas y la selección de candidatos para el 2027.

Su gente, su equipo, que responda a sus iniciativas y directrices, no a los intereses oscuros y los negocios de Palenque y su grupo enquistado en el poder.

AMLO hizo de su hipotética “honestidad valiente” un acto de propaganda, bajo el cual amigos, familiares y colegas se han beneficiado con contratos, obras y multimillonarias concesiones.

Claudia cree y defiende la honestidad real, sin cortapisas ni matices. Otra diferencia capital.

Por último, el regreso de México a la escena internacional; abandonar la política de kiosko que caracterizó a su antecesor. Nuevo juego, nuevo tablero, con piezas distintas.

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