Costo de oportunidad

El problema de México

El principal problema de México está en las finanzas públicas, la deuda y la gobernanza, no en su relación comercial con Estados Unidos.

Hay quienes piensan que el problema de México es comercial. Que las condiciones en Estados Unidos se están endureciendo, y se endurecerán más. Sin embargo, las cifras de comercio, dicho por especialistas y exnegociadores comerciales, son espectaculares. Hemos ganado mercado en los Estados Unidos por encima de China y cualquier otro país del mundo. Somos el principal socio comercial de los Estados Unidos. De ahí el superpeso. Claro, eso es defender un campeonato de pesos pesados, y tendremos que hacer un enorme esfuerzo por defender ese título, pero ahí estamos.

Lo que sigue para México no lo vamos a resolver con negociaciones comerciales, ni con una administración estadounidense más favorable a México. El modelo gravitacional de comercio, a la Krugman, más sencillito, predice de manera inequívoca que México comerciará con Estados Unidos en el futuro, a menos que nos volvamos violentos y volátiles como el próximo Afghanistán, cosa que de repente se ve probable y cercana. Aún así, los prospectos comerciales para México son muy favorables, a pesar de que las negociaciones comerciales se vean muy complejas porque la administración Trump, a diferencia de cualquier otra en el pasado, es impredecible y proteccionista.

El problema de México, si vemos el desempeño reciente de algunos instrumentos mexicanos de deuda pública, es el financiamiento del Estado. No del desarrollo. Del Estado. El Estado mexicano no ha garantizado nunca, ni garantizará, el desarrollo nacional. De repente ayuda, de repente no tanto. Al grupo gobernante le gusta decir que la pobreza se ha reducido. Dado que hay muchas maneras de medirla, y hay asegunes, citaré al clásico: “yo tengo otros datos”. El economista que escribe estas líneas no tiene bronca con que un porcentaje del gasto público vaya en efectivo a los hogares. Ellos cuidan el dinero mejor que muchas agencias del Estado. Me preocupa más que, por bien que hagan su trabajo en Hacienda, financiar la deuda pública costará arriba de un billón de pesos anuales, incluso 1.5 billones como estiman algunos analistas, en una economía que en el mejor de los casos crecerá en 300-400 mil millones por año, y donde el Estado podrá fiscalizar una tercera parte de esos recursos, en el mejor de los casos. Me preocupa que pensemos que solamente el gobierno desarrollará al país y que hay que darle más recursos. El Estado ya posee y moviliza recursos ingentes. Me preocupa que estén financiándose con déficit, deuda pública y “contabilidad creativa”. Ni Pemex, ni las pensiones, están consideradas en sus cálculos.

El problema de México es de finanzas públicas y gobernanza. Un híbrido de Afghanistán y Argentina en su peor momento son una posibilidad real. Y me preocupa – sobremanera – que realmente la interlocución de la sociedad con el gobierno es poca. Al gobierno le preocupan periodistas o políticos incómodos, y está a la caza de las libertades que amparan a gente que escribimos estas cosas. Por otro lado, al sector privado le preocupa decir algo. Es como si no supieran que, si México se mete más profundamente en una crisis de gobernanza y finanzas públicas, las consecuencias para sus negocios serán irreversibles.

A la mejor el cálculo de los magnates mexicanos que se benefician del actual sistema es que “los Estados no quiebran”. No, pero hay Estados fallidos, y recuperarse de ellos toma décadas. No creo que cuestionar en qué debería gastar el Estado funcione, porque el gobierno es refractario a toda crítica. Eso sí, saldrá más barato rescatar mexicanos pobres que a las empresas públicas del sector energía. No tienen remedio.

A la mejor el problema no es solamente del gobierno actual. Los hemos acumulado desde administraciones pasadas, como las pensiones, como nuestras empresas públicas “estratégicas” y deficitarias. Pero, la imposibilidad de levantar la mano, y decir “hay cosas que arreglar”, sin recibir oprobio y rechazo, es lo que más me preocupa. En una de esas, nuestros problemas llegarán a un nivel en que se podrán resolver después de décadas, o siglos.

Perder el grado de inversión es malo, pero quizá es lo único que hará recapacitar al gobierno y a la sociedad. Los problemas requieren enfrentarse, no barrerse debajo de la alfombra. Es el momento para hacer reformas estructurales, que equilibren el gasto, alineen los incentivos, y mejoren la calidad de los bienes y servicios que provee el Estado, aunque no tengamos el gobierno más proclive a ellas.

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