Repulsión. Esa es la palabra que describe la sensación que inevitablemente produjo el exceso de vanagloria y verborrea que escuchamos la noche del martes desde el Capitolio en el discurso sobre el Estado de la Unión. Una retahíla autocomplaciente de Donald Trump que incluyó el adjudicarse pomposamente la caída de Nemesio Oseguera El Mencho.
Sí, Estados Unidos colaboró con información de inteligencia para la localización del líder del Cártel Jalisco, pero la ejecución del operativo corrió a cargo de las Fuerzas Armadas mexicanas. No fueron vidas de estadounidenses las que arrojó como saldo la operación. Son 25 familias mexicanas las que hoy están de luto por los guardias nacionales que murieron en el enfrentamiento, más un custodio y un agente de la fiscalía estatal.
Pero en efecto, la colaboración ahí estuvo, y provino de la recién creada Fuerza de Tarea Conjunta Interagencial Anticárteles del Comando Norte. Una cooperación que cada día se hace más presente y evidente. El 17 de febrero el Senado autorizó el ingreso de 12 integrantes del Ejército de Estados Unidos para la “capacitación” de elementos de la Defensa Nacional. Esos militares estadounidenses del Séptimo Grupo de Operaciones Especiales del Comando Norte estarán aquí desde mañana y hasta el 15 de julio. Cinco meses en instalaciones del Estado de México y Quintana Roo.
Antier por la tarde, dos días después del operativo en Jalisco, Sara Carter, jefa antidrogas del gobierno de Trump, fue recibida por la plana mayor del gabinete de seguridad, incluidos García Harfuch y los secretarios de Marina y Defensa. La funcionaria, acompañada del embajador Ronald Johnson y colaboradores estadounidenses, aseguró que su país trabaja “día y noche” con México para “eliminar” a los cárteles.
El 19 de febrero, en el 113° aniversario del Ejército, Ricardo Trevilla, titular de la Sedena, sostuvo que “nuestras Fuerzas Armadas son garantía de que México decidirá su destino con independencia. La soberanía no es una consigna abstracta, es la capacidad real de nuestro pueblo para gobernarse sin imposiciones”.
Podría entonces caber la pregunta: si nuestras Fuerzas Armadas son la garantía, ¿es necesaria tanta cooperación de un país extranjero para combatir el crimen en México? La respuesta es sí. Parece absurda la interrogante, pero hay quienes por lo visto no lo tienen claro, como el senador Gerardo Fernández Noroña, quien se pronunció en contra del ingreso de soldados con fines de adiestramiento. “En este momento la entrada de Fuerzas Armadas de Estados Unidos a México no debería autorizarse ni para plantar arbolitos”, consideró.
Ojalá fuera así de fácil. Pero en un momento tan delicado en términos de seguridad, y considerando que las organizaciones criminales tienen una dimensión transnacional, la cooperación –sin subordinación, como acota una y otra vez Sheinbaum– es, no solo necesaria, sino inevitable.
El Mundial de la FIFA, que será ya en poco más de tres meses, es solo una prueba más de que la colaboración, sobre todo en inteligencia, es hoy más que nunca imprescindible. Quienes van a venir a la Copa del Mundo tienen “todas las garantías” de seguridad y no correrán “ningún riesgo”, aseveró la mandataria mexicana. Esas garantías, máxime tomando en cuenta que es una sede compartida entre los tres países de Norteamérica, tienen que ser dadas mediante un trabajo conjunto de servicios de inteligencia de México, Estados Unidos y Canadá, para evitar cualquier hecho que altere la paz antes, durante y después de la justa deportiva. Tendremos aquí visitantes de todo el mundo, no solo estadounidenses, y procurar su integridad debe ser tarea colaborativa de autoridades de los tres países sede.
Cierto, los servicios de inteligencia en México han dejado mucho que desear. Fallaron en prevenir el asesinato del alcalde de Uruapan, como fallaron en proteger la vida de funcionarios clave de la jefa de Gobierno. Pero también el aparato de inteligencia estadounidense ha fracasado, no pudo evitar el atentado contra Trump durante la campaña presidencial, y a un tipo armado le fue posible ingresar fácilmente a Mar-a-Lago, la casa de descanso del presidente de Estados Unidos en Florida, al grado que tuvo que ser abatido ya una vez dentro.
Pero aun con sus fallas y defectos, el estadounidense sigue siendo quizá el aparato de inteligencia más sofisticado del mundo, con la tecnología más avanzada, y debe ser puesto en marcha para la solución conjunta de un problema compartido entre México y Estados Unidos, como el de la criminalidad derivada del tráfico de drogas.
Y esto nos lleva a otro aspecto, el de la corresponsabilidad, y aquí sí tiene un punto el senador Noroña, al criticar que Washington no ha hecho lo suficiente para combatir el consumo de estupefacientes en su territorio, que alimenta la demanda de drogas, ni para frenar el flujo de armas a México desde el lado norte del río Bravo.
Los datos ahí están, 18 mil armas decomisadas en poco más de un año en el actual gobierno, de las cuales 78 por ciento proviene de Estados Unidos. A ello hay que sumar que la Misión Cortafuegos (Firewall en inglés), anunciada en septiembre pasado en el marco del Grupo de Implementación de Seguridad EU-México, carece de métricas públicas, lo que dificulta su evaluación, pues no se conocen “totales de armas rastreadas hasta su origen, el número de investigaciones iniciadas por trazabilidad forense y el número de condenas obtenidas” (El Universal, 24/02/2026).
Se requiere comprender la necesidad de colaboración bilateral como algo inevitable, un mal necesario si se quiere, más allá de soberanía mal entendida o patrioterismo. Pero se debe también seguir exigiendo con más firmeza un mayor compromiso para que Estados Unidos, más allá de aportar inteligencia y adiestramiento, haga su parte para frenar el consumo de drogas y cortar el suministro de armas a los cárteles.