En su Justa Dimensión

Claudia en Barcelona, momento de definiciones

Con este viaje a Barcelona, Claudia Sheinbaum rompe la tendencia obradorista al ostracismo diplomático y ya comienza a generar reacciones en el bando facho.

Que la presidenta Claudia Sheinbaum no acudiera a foros internacionales de la talla de Davos o la COP 30, pero, en cambio, sí se haya animado a asistir a la IV Reunión en Defensa de la Democracia, en Barcelona, es contradictorio. Pero la decisión de asistir a Cataluña es la correcta.

En el comunicado oficial enviado por Gobernación al Senado para notificar que la mandataria se ausentará del país, se tuvo el cuidado de especificar que la citada reunión es una iniciativa lanzada en el marco de la 79.ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, en septiembre de 2024.

En la pasada edición de ese encuentro, Naciones Unidas describió esta iniciativa contra el extremismo como “una plataforma que busca fortalecer la cooperación entre Estados democráticos afines frente a desafíos como la erosión institucional, la desinformación, los discursos de odio y la desigualdad social”.

Los críticos de la presidenta dirán –y no de gratis– que es una incongruencia ir a pugnar por la democracia afuera, cuando adentro la extinción del Inai, la captura del Poder Judicial, la conquista del INE y el acoso a las ONG –vía el SAT– apuntan precisamente en sentido contrario, es decir, a mermar la democracia.

Habrá quien cuestione también la autoridad moral del anfitrión, Pedro Sánchez, cuyo gobierno y su partido siguen envueltos en un escándalo de corrupción conocido como caso Koldo o caso Ábalos, un juicio que continúa abierto en estos días y al cual se suma ahora el proceso contra su esposa, Begoña, también por presunta corrupción. Criticarán también la integridad de otros asistentes, como el presidente colombiano, Gustavo Petro, quien tendría investigaciones abiertas en Estados Unidos por presuntos vínculos con el crimen, o Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, quien estuvo preso por una compleja trama de supuesta corrupción ligada a Odebrecht, aunque él sostiene que fue persecución política.

Pero si nos vamos a clavar en los trapos sucios de todos los mandatarios, no habría uno que supere la prueba del ácido; nadie, sin distingo de ideologías, estaría libre de pecado, lo mismo de izquierda que de derecha. Y entonces nadie tendría legitimidad para organizar foros sobre democracia.

Aquí el punto es que son momentos de definición. La extrema derecha ha venido cobrando relevancia en el mundo. Tenemos en nuestro hemisferio nada menos que los casos de José Antonio Kast, en Chile, y Javier Milei, en Argentina, por no hablar de las políticas regresivas y antiderechos de Donald Trump.

Ya los gobiernos de derecha tuvieron en marzo su cumbre con Trump, el denominado Escudo de las Américas, en Florida, donde, además de Milei y Kast (quien acudió de mirón, pues aún era presidente Boric, a quien obviamente no invitaron), estuvo Nayib Bukele, de El Salvador, y Daniel Noboa, de Ecuador, entre otros.

Es decir, es normal, o debería serlo, que los gobernantes afines a una postura ideológica busquen encuentros y traten de consolidar bloques para defender e impulsar intereses en común. Es natural que gobiernos progresistas –o que al menos dicen serlo– traten de alinear sus esfuerzos ante gobiernos conservadores o ultraconservadores.

Pero resulta que Lula, Petro y Sánchez estarán, además de en la IV Reunión en Defensa de la Democracia, en otro foro que se llevará a cabo a la par, casualmente en la misma capital catalana y en las mismas fechas, denominado Global Progressive Mobilisation. A este encuentro, auspiciado también por el presidente del gobierno español, pero en su calidad de presidente de la Internacional Socialista, acudirán también el presidente uruguayo, Yamandú Orsi; el de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, y otras figuras relevantes y de peso, como el portugués António Costa, presidente nada menos que del Consejo Europeo, así como Stefan Löfven, presidente del Partido de los Socialistas Europeos.

¿Por qué Sheinbaum no acude también a este encuentro? ¿Teme que la critiquen por participar en un evento menos institucional y más de corte partidista? ¿Es acaso una medida precautoria para no estar en el mismo foro en el que alzarán la voz quienes se han enfrentado a Trump –como Sánchez y Lula– y evitar así una molestia del republicano? Pero si al evento de la defensa de la democracia van los mismos personajes, ¡qué más da!

Quizá, para no contravenir tanto la heredada y rancia directriz de no figurar en escenarios internacionales, decidió ir únicamente al evento ligado a las Naciones Unidas. Al menos eso ya es un avance.

Ahora, ¿a qué va realmente? El mensaje que Sheinbaum llevará, según compartió ella misma, es: “la paz, el reconocimiento de ‘por el bien de todos, primero los pobres’. El que no se gaste tanto en guerras y se atienda a la humanidad”.

Bien, si esa va a ser su postura, y ya que decidió entrarle a los temas internacionales, a ver si de una buena vez se dejan a un lado las tibiezas y se condena abiertamente la invasión rusa a Ucrania; a ver si se reprueba con todas sus letras el genocidio del gobierno israelí sobre el pueblo palestino. Pero no, no se aventurará demasiado. Solo refrendará ese discurso hueco de la “autodeterminación de los pueblos”, que se ha usado a conveniencia en la autodenominada ‘4T’.

Como sea, insisto, ya es un avance: con ese viaje, Sheinbaum rompe la tendencia obradorista al ostracismo diplomático y ya comienza a generar reacciones en el bando facho, como la del eurodiputado Hermann Tertsch, del partido de ultraderecha Vox, quien señaló que Sheinbaum “acude a una cumbre de los jefes del narcosocialismo, del crimen organizado gobernante”. Es precisamente para plantar cara a esos ultraderechistas que esta cumbre en Barcelona tiene lugar. Ojalá no sea la única vez que la veamos en estos foros y asuma un rol más protagónico y menos proclive al aislamiento.

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